domingo, 30 de noviembre de 2014

La artrosis del capitalismo


Hasta ahora el capitalismo ha tenido un índice de crecimiento moderado pero continuo. Si pudiéramos equipararlo al ser humano se podría decir que  ha gozado de una salud relativamente buena, excepto algunos episodios cíclicos de crisis que podrían definirse como gripes ocasionales –o el ya lejano Crack del 29, que fue algo así como una larga fiebre de la pubertad que marcó una transición entre la infancia y la adolescencia–. Actualmente el capitalismo vive una etapa artrítica y artrósica que es consecuencia de su propio principio de acción y modus operandi.

Hace unas pocas décadas, cuando había más países subdesarrollados que desarrollados, la capacidad de consumo superaba con mucho la capacidad de producción, ya que los países subdesarrollados carecían de industria propia y servían de filiales a las grandes industrias occidentales para abaratar costes de producción, cuyos productos iban dirigidos mayormente a esos mismos países occidentales. Hoy, en plena era de la globalidad, cada vez son menos los países subdesarrollados y muchos los llamados países emergentes o en desarrollo que han apostado por ese mismo sistema (China, India, Brasil...), abaratando progresivamente los costos de producción y por lo tanto el precio de venta de los productos, lo cual no hace sino aumentar la crisis del propio sistema capitalista que ya no encuentra su razón de ser, ya que la oferta empieza a superar la propia demanda. No olvidemos que el capitalismo solo es viable mediante el crecimiento progresivo e indefinido, obteniendo cada año un beneficio mayor que el anterior, sin importar los medios éticos y legales para llevar a cabo dicho fin.

Instalados en el carro del capitalismo desenfrenado, las potencias emergentes ya están montando sus propias industrias e importando sus productos al mundo entero a precios más bajos que las industrias occidentales. Cuanto mayor es la competitividad entre países, menores son sus beneficios. Cada vez son más los países productores y menos los consumidores, lo cual trae consigo una lucha feroz no por sacar al mercado el mejor producto sino el más barato en cuanto a calidad.

Cuando la capacidad mundial de producción supera la capacidad mundial de consumo, el capitalismo se desmorona. Si antes unos pocos países producían para la mayoría de la población, ahora muchos países producen para minorías. Si antes el sistema financiero se fortalecía generando crisis, ahora es una crisis interna la que lo está destruyendo. 

La falta de crecimiento del sector industrial y la escasez de recursos naturales como el gas natural y el petróleo -el mayor sustento del dólar-, genera una disminución global del crecimiento económico y por ende una gran crisis financiera de la que solo unos pocos privilegiados pueden sacar provecho (es decir abaratando costos de producción en este nuevo mercado mundial de "las rebajas").  No es de extrañar, por tanto, que las cien personas más ricas del mundo hayan aumentado en más de un 30% de media su fortuna, y que cada vez más empresarios e industriales decidan abaratar costos y evadir impuestos llevando sus industrias o fábricas a países del Tercer Mundo, aumentando así la brecha entre ricos y pobres y desintegrando de paso el sistema de bienestar y la llamada clase media, que deberá conformarse, cada vez más, con sueldos propios de países en desarrollo, lo que a su vez conlleva la pérdida de importantes derechos sociales y la privatización masiva de bienes públicos (algo que ya empieza a ser habitual ante la impotencia o indiferencia de nuestros políticos, que no son más que los títeres del poder financiero). Pero ¿por cuánto tiempo resistirá este desesperado y brutal capitalismo sin que surja una rebelión generalizada?  Por si fuera poco, a esto hay que añadir la progresiva automatización del sector industrial, que cada vez necesita menos mano de obra humana, lo que conlleva mayor desempleo.

 Por suerte o por desgracia, estas estrategias perversas de financiación solo pueden ser viables a corto plazo, pues al menguar el poder adquisitivo de la población mundial -en especial la maltrecha clase media-, será cada vez más difícil acceder a la oferta de productos, y por lo tanto la rueda de la economía dejará de seguir girando, llevándonos al colapso definitivo.     

Ahora bien, ¿será esta agonía del sistema capitalista el principio de un cambio a mejor, de un nuevo sistema financiero más inteligente y equitativo, o el principio de una decadencia sin visos de solución?         
     


José Carlos Andrade García

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