viernes, 19 de diciembre de 2014

Infantilocracia


El filósofo alemán Immanuel Kant, decía que «Un gobierno basado en el principio de la benevolencia hacia el pueblo, como el gobierno de un padre sobre los hijos, es decir, un gobierno paternalista (imperium paternale), en el que los súbditos, como los hijos menores de edad que no pueden distinguir lo que es útil o dañino, y son obligados a comportarse pasivamente para esperar que el jefe de Estado juzgue la manera en que deben ser felices y esperar su bondad, es el peor despotismo que se pueda imaginar».

Hasta ahora el capitalismo occidental se ha posicionado en un paternalismo seudo-democrático donde el ciudadano medio es visto y tratado como un niño, alguien incapaz de responsabilizarse de sí mismo y decidir sobre su futuro. La versión más patológica de este paternalismo es el autoritarismo, más propio de países sudamericanos, africanos y asiáticos, donde el Estado, haciendo el papel de padre riguroso y «benefactor», impone órdenes y reglas de manera arbitraria y sin contar con la opinión o las necesidades de los ciudadanos, a quienes se les prohíbe decir lo que piensan y actuar por cuenta propia. Bajo la amenaza del castigo, al pueblo se le mantiene en un permanente estado de terror infantil y conformismo fatalista. Al juez, al policía, al político, a cualquiera que ocupe un cargo de responsabilidad no se le exige capacidad sino lealtad. Así, el adulto tratado como niño (temeroso de ser encerrado en el cuarto oscuro de la sociedad) no desarrolla jamás sus capacidades emocionales y es incapaz de alcanzar un sistema de pensamiento propio.

Afortunadamente, gracias al liberalismo financiero y a las redes sociales que estimulan la lucidez del ciudadano y fomentan la rebelión, estos regímenes están en claro declive, siendo sustituidos subrepticiamente por un paternalismo populista menos brutal pero sí más sutilmente manipulador y disuasorio, evitando así una excesiva mala imagen ante la comunidad internacional, de la que dependen para sus negocios. Así pues, a los sectores menos afines al poder ya no se les castiga o persigue, más bien se les controla mediante trabas administrativas e impuestos desorbitados. Subsidia a otros sectores no en función de su eficiencia sino por los votos que representa y por sus contribuciones políticas. En vez de apostar por la investigación y el desarrollo, recurre a la dádiva para fomentar la dependencia del pueblo al gobierno, y por ende su agradecimiento. Su meta no es que los pobres superen su situación y se valgan por sí mismos, sino más bien lograr su adhesión ideológica. Siendo la pobreza el mejor generador de la ignorancia y la dependencia, le conviene que los pobres se multipliquen.

Tanto el populismo como el autoritarismo, que son lo mismo bajo diferente disfraz, destruyen los incentivos para que los ciudadanos prosperen autónomamente y los enfrenta entre sí por el reparto de ingresos o subsidios. Su objetivo no es tanto la paz o el bien común como su permanencia en el poder.

No muy diferente es el actual paternalismo «democrático», propio de países europeos como España, Grecia o Italia, donde sutilmente se controla la voluntad del ciudadano haciéndole creer que es libre en la toma de decisiones, pero imponiéndole una obediencia disfrazada como «medida necesaria de austeridad». A diferencia del dictador o el populista, que busca la permanencia indefinida en el poder político, el paternalista demócrata busca el enriquecimiento económico a corto plazo sin preocuparse demasiado por el poder político, que más bien es un medio para forrarse. Al contrario que los otros, que son autoritarios con las minorías privilegiadas mediante impuestos abusivos o violando sus derechos de propiedad –«por el bien de la colectividad»–, éste se muestra adulador y permisivo con las minorías privilegiadas (permisividad ante la corrupción, relajamiento de la inspección tributaria, facilidades a la evasión de impuestos mediante paraísos o amnistías fiscales, etc.), de los que recibirá réditos a medio plazo, y autoritario y desdeñoso con la mayoría de los votantes ya sea mediante impuestos desorbitantes o vulnerando sus derechos democráticos con leyes desmedidas y oportunistas, desmantelando de paso el estado de bienestar mediante la privatización de administraciones públicas como la educación y la sanidad.

Aunque unos y otros persiguen poderes diferentes, las consecuencias de su política no difieren demasiado, ya que fomentan la pobreza y la precariedad social por interés propio. Tampoco difieren demasiado en imponer una determinada moral o limitar las libertades democráticas de los ciudadanos (sobre todo los partidos de derecha) con leyes discriminatorias contrarias al aborto, al matrimonio entre parejas homosexuales, a la huelga o a la manifestación. Ni tampoco difieren mucho en cuanto a la elección de políticos y jueces, donde la lealtad prima sobre la capacidad.

Hay quienes defienden este modelo de paternalismo capitalista como el mejor de todos los modelos posibles, ya que fomenta la competitividad y por lo tanto el progreso, aun a costa del empobrecimiento de una buena parte de la población. Es la llamada «ley del más apto». Según ellos, el papel del Estado consiste en fomentar la competitividad y en premiar a quienes consiguen sus objetivos financieros, ignorando o marginando a quienes se quedan en el camino o carecen de las posibilidades de subirse en el dorado carro del capitalismo. Así pues se preguntan: «¿Por qué ha de ser el Estado y no los propios ciudadanos los que deban ocuparse de su porvenir? En la analogía familiar, ¿es justo, por ejemplo, que la educación de los hijos aptos se sacrifique para compensar a un hijo minusválido?» Sorprende la poca consciencia de estos defensores del capitalismo liberal a ultranza, que no tienen en cuenta que los no privilegiados son la mayoría de la población y que a través de sus impuestos  dan de comer al Estado y de llevar al poder precisamente a los más «aptos», que necesitan de las clases medias y bajas para mantenerse en el carro.

Otros confunden la prestación de subsidios con el populismo antes mencionado, pero dejemos claro que una cosa es aplicar la Constitución y las Leyes Internacionales de Derechos Humanos, donde toda persona tiene derecho a una vivienda mínimamente en condiciones o a recibir un subsidio en caso de estar desempleado, y otra cosa es interferir en la libertad de derecho y en la vida privada de los ciudadanos con leyes  discriminatorias. No confundamos el derecho de dignidad del ser humano con el paternalismo. La dignidad intrínseca del ser humano empieza por el que hace la ley. No es indigno el ciudadano que duerme en la calle sobre cartones sino el político que ignora derechos constitutivos básicos denegando subsidios, desahuciando y empujando a la calle a ciudadanos en situación de extrema precariedad. El humilde trabajador que paga religiosamente sus impuestos no lo hace precisamente para enriquecer a los más privilegiados sino para aportar su granito de arena en pro del bienestar generalizado. La historia de las especies nos ha demostrado que quienes siguen la "ley del más fuerte" son los primeros en perecer; mientras que aquellos otros que siguen la "ley del más colaborador" sobreviven y se adaptan a cualquier entorno, facilitándole el camino a las siguientes generaciones. El sistema autoritario o "persuasivo" de la infantilocracia no permite al ciudadano tomar decisiones que le incumben y responsabilizarse de sí mismo, manteniéndolo, como ya hemos dicho, en un estado emocionalmente infantil. Por lo tanto no le prepara para desenvolverse constructivamente ante la singularidad de un acontecimiento que haga inoperable dicha ley o autoridad, como pueda ser un inesperado desastre natural o climático. Al no saber conducirse responsablemente sin la autoridad oficial, no le quedará más remedio que convertirse él mismo en una autoridad, agravando el caos y convirtiendo cualquier desastre natural en un desastre incomparablemente mayor.  

Lo ideal sería un gobierno que fomente la igualdad de oportunidades entre clases sin desfavorecer a unos en favor de otros. Algunos países del norte de Europa como Suecia, Noruega, Islandia y Finlandia han demostrado que con inteligencia y buenas maneras es posible conjugar desarrollo con sostenibilidad social mediante inversiones en investigación y subsidios a las clases desfavorecidas sin caer por ello en un paternalismo populista o dictatorial, hasta el punto de que prácticamente han desaparecido las mencionadas clases desfavorecidas. Sólo en estos países se ha adoptado un enfoque realmente democrático y respetuoso hacia los ciudadanos, donde se les empieza a tratar como seres adultos capaces de valerse por sí mismos y con poder en la toma de decisiones políticas y judiciales, como encarcelar o echar de su cargo a cualquier político que se beneficie a costa de la ciudadanía o incumpla sus promesas.

Aunque este sistema democrático todavía está en pañales, su crecimiento es progresivo. No es casualidad que estos países lideren el índice mundial en calidad de vida y de que su sistema educativo sea el más desarrollado del mundo, ya que la verdadera democracia sólo es posible a través de una educación de calidad. 


José Carlos Andrade García

viernes, 12 de diciembre de 2014

Peor que el demonio es el exorcista


Lamentable el reciente exorcismo al que ha sido sometida una joven de Burgos poco antes de su intento de suicidio, a raíz de un cuadro de ansiedad y nerviosismo presuntamente provocado por una anorexia, y que los progenitores supuestamente interpretaron como posesión diabólica.

Pero vayamos por partes. ¿Qué se entiende clínicamente por posesión espiritual o demoníaca? La psiquiatría lo define como un trastorno disociativo de la personalidad. Ahora bien, no es lo mismo el trastorno de personalidad múltiple, cuya causa tiene que ver en la mayoría de casos con reiterados abusos físicos o sexuales en la infancia y la incapacidad de asimilarlos conscientemente, que el trastorno de histeria o posesión demoníaca, cuyas causas tienen que ver más con la represión emocional y el sentimiento de abandono en la infancia, potenciado todo ello por un ambiente familiar de fanatismo religioso. Esa  implacable represión de los auténticos sentimientos en la infancia trae consigo una creciente tensión emocional que puede explotar en forma de violencia, adicciones o enfermedades mentales como la histeria, que a veces origina en los afectados la sensación de rapto o de estar poseídos. Lo cual pone en marcha una jugada verdaderamente genial: excusados de ser las víctimas inocentes de fuerzas primigenias o demoníacas, pueden por fin estas personas dar rienda suelta (consciente o inconscientemente) a todo lo «pecaminoso y maléfico» que había quedado reprimido en el subconsciente, sin ser por ello castigados o juzgados. Que el llamado ente o fantasma sea una manifestación inconsciente del propio paciente o, como defienden muchos, una manifestación externa y real, un ente desencarnado, no cambia nada ya que el poseído, en este último caso, se sirve –o se deja utilizar– inconscientemente por este «ente» para llevar a cabo sus propósitos vitales: llamar a gritos la atención de quienes no supieron comprenderle o estar a su lado, pero también como mecanismo de evasión ante un pasado traumático que se repite.

Por desgracia el ritual de exorcismo llevado a cabo por las religiones, en especial el cristianismo, lejos de liberar o mejorar al «poseído» sólo consigue recluirlo aún más en su disfunción, ya que la demanda de atención del poseído es generosamente satisfecha por el exorcista de turno, que no dudará en realizar para su cliente-paciente toda suerte de invocaciones y rituales inauditos. De esta manera ambos ponen en marcha un dantesco espectáculo que sólo sirve a sus intereses particulares: el uno, para sentirse notoriamente atendido y escuchado nada menos que por un portavoz de Dios que tiene el poder de invocar a todas las fuerzas del bien; y el otro, para enaltecer su «divino» ego y confirmar sus creencias o temores infantiles. Un teatro muy entretenido que no soluciona nada. Es lógico que estos exorcismos deban repetirse regularmente, pues lejos de solucionar el problema lo alimenta y cronifica. También es lógico que el paciente experimente tras cada exorcismo una mejora mental y una renovación del ánimo, fruto de la gran descarga emocional acaecida, similar en algunos aspectos al estado de placidez que obtiene un drogodependiente tras su dosis habitual.

Mientras el paciente no lleve a cabo un proceso de exploración psíquica que le permita sacar a la luz traumas, nudos y recuerdos reprimidos de la infancia –más una posterior confrontación terapéutica con los causantes de dichos traumas–, seguirá desviando en sí mismo (mediante otros yoes ficticios) el odio y la rabia reprimida. Si entendemos que la atención que demanda el paciente es la misma que demanda cualquier niño incomprendido, debería aplicarse la primera regla de la pedagogía: atender y compensar un estado de ánimo positivo de la misma manera que desatendemos un estado de ánimo negativo o indeseable, sin jamás combatirlo, castigarlo o censurarlo. Así pues, lejos de seguirle el juego o combatir sus demonios, sean o no proyecciones subconscientes, se debería hacer algo tan simple como desatender sus demandas y no acceder a ninguno de sus desafíos o provocaciones. El cuidador, por así llamarlo, jamás será un sacerdote o miembro de alguna congregación religiosa, sino un psicoterapeuta secular cuya finalidad no será otra que evitar que el paciente se autolesione, pero siempre con firme y serena disposición, sin caer, como ya he comentado, en provocaciones (puede, si quiere, hacer como que lee un libro o habla por teléfono). Este método es igualmente efectivo para quienes creen literalmente en supuestas entidades demoníacas, pues dicho «ente» dejará de manifestarse una vez compruebe que todos sus esfuerzos por llamar la atención no son atendidos. Tengamos en cuenta que un «demonio» es simplemente un individuo emocionalmente infantil que desvía en los demás el odio y la ira que siente hacia sus progenitores o educadores. Lo único que lo diferencia del «poseído» es que éste último desvía su odio y su rabia hacia sí mismo. Unos y otros se siguen el juego.

Esos curas que se hacen llamar exorcistas no luchan contra Satanás sino contra Dios, que es su propia consciencia. Si fueran más valientes e inteligentes, fácilmente podrían utilizar la estrategia del hipnoterapéuta Aurelio Mejía, diciendo: “Si realmente existes, Satanás, desafío tu poder haciendo conmigo lo que quieras. En nombre de Dios te doy permiso para que en este momento me arranques los ojos, me tires al suelo o me quemes la piel. Si de aquí a un minuto nada me ha sucedido, se demostrará que tú y todo tu poder no son más que un mito, una absurda invención de los hombres, y que este pobre diablo enganchado a este cuerpo no es más que un alma perdida en su propia fantasía”. Por desgracia la mayoría de los curas son niños emocionales que creen en Satanás de la misma manera que antes creían en el Coco, y ese temor solo sirve para empeorar las cosas. En vez de enfocarse en lo positivo y lo sanador, prefieren la lucha y la condena: el bien contra el mal, ¡como si la luz tuviera que luchar contra la oscuridad. No comprenden que donde hay luz no hay oscuridad.

Ya sea real o imaginario, el supuesto diablillo ha de ser expulsado por las buenas o por las malas, poco importa la forma. Puede ser conducido hacia la luz con amabilidad y firmeza, tal como un niño enrabietado. En este proceso terapéutico el paciente habrá de imaginar a su diablillo envuelto en una nube de luz, dirigiéndolo hacia un túnel igualmente luminoso. Simplemente se necesita que el paciente quiera liberarse de su “demonio” para que éste desaparezca rápidamente de su vida. Si realmente quiere, no tendrá el menor problema en conseguirlo, puesto que nunca estuvo sometido ni poseído. Él manda sobre su mente, por lo tanto no tiene que hacer ningún esfuerzo, simplemente darse cuenta, comprender que él solito se había encerrado por conveniencia en una jaula mental, aun siendo libre en todo momento. De no hacerlo seguirá utilizando otros yoes ficticios o sirviéndose de espíritus errantes para dar rienda suelta al odio y a la rabia reprimida, utilizando igualmente su cuerpo energético para autolesionarse, mover objetos a distancia, levitar, hablar otras lenguas...


Algunos espíritus elementales y desencarnados se hacen llamar demonios para causar un mayor temor en la víctima y así manipularla más fácilmente. El miedo es su mayor arma. Pero nada pueden hacer mientras la persona no les dé, consciente o inconscientemente, permiso para “entrar” en su misma frecuencia energética. Una vez los dejas “pasar”, están bajo tu voluntad, a merced de tu frecuencia, y tú decides si se quedan o se van. La voluntad es consciencia. A mayor consciencia, mayor voluntad. Por lo tanto nadie puede interferir o imponer su voluntad sobre nosotros si antes no lo permitimos o lo favorecemos. Es como el adicto a las drogas… No son las drogas quienes se han enganchado a él, sino al contrario. Y esa dependencia, por muy dolorosa y miserable que sea, le conviene de alguna manera, le ayuda a olvidar, a evadirse. De la misma manera que su voluntad ha consentido esa adicción, puede también rechazarla en cualquier momento. Solo necesita valor, un instante de lucidez que encienda de nuevo la llama de su propia voluntad para así liberar de una vez esas dolorosas emociones reprimidas. Por desgracia hay adictos que prefieren dejarse morir antes que recordar sus tormentos, sus traumas de la infancia… No han encontrado el valor, la motivación… O bien a la persona que les motive, que les ayude a mirarse de frente, a valorarse. Y esta debilidad puede aplicarse a cualquier modelo de dominación, ya sea hacia una mujer maltratada, un presidiario, un trabajador explotado, el miembro de una banda... Nadie puede controlar o poseer a nadie si no hay un consentimiento implícito o explícito. Nadie puede tener control sobre nuestra voluntad o libre albedrío. 

No descarto que puedan existir entidades espirituales o interdimensionales que, mediante una serie de amenazas veladas, traten de controlar a una persona con desequilibrios emocionales, pero  puesto que somos espíritus libres, ningún acuerdo o contrato hecho de manera consciente o inconsciente tiene validez alguna, y menos si se ha realizado bajo coacción. Paradójicamente es esta supuesta entidad manipuladora la que se encuentra en una situación de indefensión y vulnerabilidad una vez "el poseído" le permite sintonizarse en su misma frecuencia vibratoria, de ahí que solo se necesite una orden clara y firme de expulsión para que esta entidad desaparezca al instante. Pero ni siquiera hace falta una orden. Un simple deseo de amor hacia este diablillo será suficiente para expulsarlo bien lejos. Nada desestabiliza más a estas entidades que los cambios drásticos de vibración; y nada les gusta menos que una alta frecuencia energética, de ahí que solo se sientan atraídos por personas mentalmente disfuncionales con una baja vibración.

Una vez la víctima deja de sentirse una víctima, una vez alcanza una mayor autoconfianza, un mayor control de sus emociones, habrá elevado su frecuencia energética lo suficiente como para desestabilizar  energéticamente a este demonio, que ya no se sentirá tan cómodo en esa nueva frecuencia. ¿Se entiende esto? En realidad es este demonio quien está a merced del poseído, de ahí que necesite asustarlo, amenazarlo, amedrentarlo regularmente para tratar de mantenerlo en una baja frecuencia acorde a la suya. Es lo único que puede hacer, puesto que ni siquiera puede tocar nada físico sin intermediación del otro, de su energía vital. La frecuencia energética del odio y la rabia de este supuesto demonio solo puede sintonizarse con el miedo y la rabia reprimida de la víctima o del poseído, pues no hay mayor depresor de la energía vital que el miedo. No obstante, como ya hemos dicho, el mal llamado poseído puede muy bien sentirse inconscientemente atraído por la furia de este demonio a fin de canalizar o exorcizar sus "malos" sentimientos reprimidos en la infancia, al punto de no estar claro quién está sometiendo a quién.

Algo similar sucede con esos brujos/as negros/as que practican el llamado “mal de ojo”. Se sabe que necesitan dos requisitos indispensables para llevar a cabo el hechizo, y aun así no hay garantía de éxito. Primero, que la “víctima” padezca disfunciones mentales como traumas, complejos o una gran inseguridad en sí misma. Y segundo, que sea consciente de que se le está produciendo tal hechizo, para que así su propia sugestión haga el trabajo. Sólo una mente fragmentada cumple ambos requisitos. Puesto que el yo divisorio es prisionero de la creencia, tiende a cumplir las profecías, sobre todo las negativas (por su propia mecánica sádico-masoquista). Pero es el  pánico de la víctima a enfermar o sufrir un contratiempo  lo que la debilita o le lleva a cometer errores “inconscientes”, autoprogramándose para sucumbir. Lógicamente una persona con un nivel de conciencia superior no podrá ser “hechizada” ni aunque sea consciente de tal hechizo, pues su alto nivel energético de vibración no puede ser afectado por las bajas vibraciones del miedo ni el odio. Paradójicamente es el propio brujo quien realmente se está produciendo un mal de ojo a sí mismo, pues es bien conocido el principio universal que dice que “todo mal que infringimos a otro nos lo estamos infringiendo a nosotros mismos”. El universo, que es nuestro propio inconsciente, nos devuelve multiplicado el bien o el mal que le hacemos a los demás. Esta afirmación es tan sólida como la gravedad, y cualquiera que tenga una mínima capacidad sensitiva puede fácilmente confirmarlo.
  
En cuanto el paciente recupere el control y alcance un estado de ánimo positivo, será compensado emocionalmente y sus demandas atendidas. Más adelante el terapeuta realizará diferentes tipos de psicoterapias donde, metafóricamente, el paciente podrá revivir conscientemente sus traumas y dirigir hacia «sus familiares» –personificados por actores– todas las emociones reprimidas sin necesidad de recurrir a subterfugios inconscientes. Hay que entender muy claramente que todos los traumas reprimidos –no resueltos–, lejos de permanecer inactivos o aletargados en el subconsciente, se repiten obsesivamente en el presente mediante una recapitulación o recreación indefinida, por lo que es necesario crear una catarsis, una vía de escape que permita al paciente salirse de su obsesión, de su pasado traumático y verse desde otra perspectiva. Despertarlo de su automatismo, por así decirlo. Una vez pueda sentirse escuchado y tenga la libertad de indignarse por el daño recibido, desaparecerán las llamadas posesiones demoníacas. Una vez pueda conducir adecuadamente su rabia y dirigirla hacia quienes la causaron, se abrirá el camino de la curación, que sólo finalizará tras una confrontación terapéutica con sus verdaderos familiares, sea cara a cara o frente a sus tumbas, si acaso fallecieron. Es muy importante que el paciente desvíe la mórbida carga de atención de sí mismo hacia los demás, que deje de sentirse permanentemente una víctima y tome consciencia del mundo que le rodea, instándole a colaborar como voluntario en asociaciones humanitarias y a expresar sus emociones reprimidas a través de especialidades artísticas como escultura, pintura, danza, música, literatura o teatro, lo cual le aportará nuevas y muy beneficiosas perspectivas de la realidad y un estado psíquico más fluido y liviano, que sin duda reparará los agujeros energéticos por donde, según afirman algunos, se apoderan ciertas entidades «malignas». 


José Carlos Andrade García

domingo, 7 de diciembre de 2014

El gran negocio de la deuda


Cuanto más crece la población mundial más rápidamente se agotan los recursos naturales propios de un país, por lo que muchos gobiernos buscarán tales recursos en países del Tercer Mundo –a los que son fáciles de explotar– sin importarles «la vida de la gente que les están dando las ganancias» (Justina Mumba). Si antaño  invadieron África llevándose a su gente como esclavos, ahora se llevan sus recursos naturales. Así por ejemplo, el dinero que ofrece China a los gobiernos africanos rara vez se orienta hacia inversiones en salud o educación sino en proyectos de infraestructuras que no hacen sino enriquecer a gobiernos corruptos y empobrecer aún más a sus habitantes, que son precisamente quienes más necesitan de esos recursos. Está claro que a las potencias mundiales no les interesa que África despegue de su miseria, pues así lo tendrían más difícil para controlar las redes de su política interior, pero sobre todo para no pagar un precio cada vez mayor por sus recursos naturales. 

      Los países desarrollados que prestan grandes sumas de dinero a países en desarrollo no lo hacen con la finalidad de que se lo devuelvan con intereses –eso no sería negocio– sino más bien con la finalidad de que no puedan devolvérselo jamás. Sólo así tendrán vía libre para explotar sus recursos naturales, crear centros estratégicos, bases militares, fábricas o influir en su política interna. Hoy día las guerras ya no son rentables: dan mala publicidad al poder. Más inteligente es arrasar un país endeudándolo.



José Carlos Andrade García