viernes, 12 de diciembre de 2014

Peor que el demonio es el exorcista


Lamentable el reciente exorcismo al que ha sido sometida una joven de Burgos poco antes de su intento de suicidio, a raíz de un cuadro de ansiedad y nerviosismo presuntamente provocado por una anorexia, y que los progenitores supuestamente interpretaron como posesión diabólica.

Pero vayamos por partes. ¿Qué se entiende clínicamente por posesión espiritual o demoníaca? La psiquiatría lo define como un trastorno disociativo de la personalidad. Ahora bien, no es lo mismo el trastorno de personalidad múltiple, cuya causa tiene que ver en la mayoría de casos con reiterados abusos físicos o sexuales en la infancia y la incapacidad de asimilarlos conscientemente, que el trastorno de histeria o posesión demoníaca, cuyas causas tienen que ver más con la represión emocional y el sentimiento de abandono en la infancia, potenciado todo ello por un ambiente familiar de fanatismo religioso. Esa  implacable represión de los auténticos sentimientos en la infancia trae consigo una creciente tensión emocional que puede explotar en forma de violencia, adicciones o enfermedades mentales como la histeria, que a veces origina en los afectados la sensación de rapto o de estar poseídos. Lo cual pone en marcha una jugada verdaderamente genial: excusados de ser las víctimas inocentes de fuerzas primigenias o demoníacas, pueden por fin estas personas dar rienda suelta (consciente o inconscientemente) a todo lo «pecaminoso y maléfico» que había quedado reprimido en el subconsciente, sin ser por ello castigados o juzgados. Que el llamado ente o fantasma sea una manifestación inconsciente del propio paciente o, como defienden muchos, una manifestación externa y real, un ente desencarnado, no cambia nada ya que el poseído, en este último caso, se sirve –o se deja utilizar– inconscientemente por este «ente» para llevar a cabo sus propósitos vitales: llamar a gritos la atención de quienes no supieron comprenderle o estar a su lado, pero también como mecanismo de evasión ante un pasado traumático que se repite. Por desgracia el ritual de exorcismo llevado a cabo por las religiones, en especial el cristianismo, lejos de liberar o mejorar al «poseído» sólo consigue recluirlo aún más en su disfunción, ya que la demanda de atención del poseído es generosamente satisfecha por el exorcista de turno, que no dudará en realizar para su cliente-paciente toda suerte de invocaciones y rituales inauditos. De esta manera ambos ponen en marcha un dantesco espectáculo que sólo sirve a sus intereses particulares: el uno, para sentirse notoriamente atendido y escuchado nada menos que por un portavoz de Dios que tiene el poder de invocar a todas las fuerzas del bien; y el otro, para enaltecer su «divino» ego y confirmar sus creencias o temores infantiles. Un teatro muy entretenido que no soluciona nada. Es lógico que estos exorcismos deban repetirse regularmente, pues lejos de solucionar el problema lo alimenta y cronifica. También es lógico que el paciente experimente tras cada exorcismo una mejora mental y una renovación del ánimo, fruto de la gran descarga emocional acaecida, similar en algunos aspectos al estado de placidez que obtiene un drogodependiente tras su dosis habitual.

Mientras el paciente no lleve a cabo un proceso de exploración psíquica que le permita sacar a la luz traumas, nudos y recuerdos reprimidos de la infancia –más una posterior confrontación terapéutica con los causantes de dichos traumas–, seguirá desviando en sí mismo (mediante otros yoes ficticios) el odio y la rabia reprimida. Si entendemos que la atención que demanda el paciente es la misma que demanda cualquier niño incomprendido, debería aplicarse la primera regla de la pedagogía: atender y compensar un estado de ánimo positivo de la misma manera que desatendemos un estado de ánimo negativo o indeseable, sin jamás combatirlo, castigarlo o censurarlo. Así pues, lejos de seguirle el juego o combatir sus demonios, sean o no proyecciones subconscientes, se debería hacer algo tan simple como desatender sus demandas y no acceder a ninguno de sus desafíos o provocaciones. El cuidador, por así llamarlo, jamás será un sacerdote o miembro de alguna congregación religiosa, sino un psicoterapeuta secular cuya finalidad no será otra que evitar que el paciente se autolesione, pero siempre con firme y serena disposición, sin caer, como ya he comentado, en provocaciones (puede, si quiere, hacer como que lee un libro o habla por teléfono). Este método es igualmente efectivo para quienes creen literalmente en supuestas entidades demoníacas, pues dicho «ente» dejará de manifestarse una vez compruebe que todos sus esfuerzos por llamar la atención no son atendidos. Tengamos en cuenta que un «demonio» es simplemente un individuo emocionalmente infantil que desvía en los demás el odio y la ira que siente hacia sus progenitores o educadores. Lo único que lo diferencia del «poseído» es que éste último desvía su odio y su rabia hacia sí mismo. Unos y otros se siguen el juego.

Esos curas que se hacen llamar exorcistas no luchan contra el demonio sino contra Dios, que es su propia consciencia. Si fueran más valientes e inteligentes, fácilmente podrían desafiar al llamado “Satanás” poniendo a prueba su poder. Podrían decir: “Si realmente existes, Satanás, desafío tu poder haciendo conmigo lo que quieras. En nombre de Dios te doy permiso para que en este momento me arranques los ojos, me tires al suelo o me quemes la piel. Si de aquí a un minuto nada me ha sucedido, se demostrará que tú y todo tu poder no son más que un mito, una absurda invención de los hombres, y que este pobre diablo enganchado a este cuerpo no es más que un alma perdida en su propia fantasía”. Por desgracia la mayoría de los curas son niños emocionales que creen en Satanás de la misma manera que antes creían en el Coco, y ese temor solo sirve para empeorar las cosas. En vez de enfocarse en lo positivo y lo sanador, prefieren la lucha y la condena: el bien contra el mal, ¡como si la luz tuviera que luchar contra la oscuridad! No comprenden que donde hay luz no hay oscuridad.

Ya sea real o imaginario, el supuesto demonio ha de ser conducido hacia la luz, pero no expulsado, pues eso solo serviría para hacerlo psicológicamente más resistente. Ha de ser conducido con amabilidad, comprensión y firmeza. En este proceso terapéutico el paciente habrá de imaginar a su diablillo envuelto en una nube de luz, dirigiéndolo hacia un túnel igualmente luminoso. Simplemente se necesita que el paciente quiera liberarse de su “demonio” para que éste desaparezca rápidamente de su vida. Si realmente quiere, no tendrá el menor problema en conseguirlo, puesto que nunca estuvo sometido ni poseído. Él manda sobre su mente, por lo tanto no tiene que hacer ningún esfuerzo, simplemente darse cuenta, comprender que él solito se había encerrado por conveniencia en una jaula mental, aun siendo libre en todo momento. De no hacerlo seguirá utilizando otros yoes ficticios o sirviéndose de espíritus errantes para dar rienda suelta al odio y a la rabia reprimida, utilizando igualmente su cuerpo energético para autolesionarse, mover objetos a distancia, levitar, hablar otras lenguas... .

En cuanto el paciente recupere el control y alcance un estado de ánimo positivo, será compensado
emocionalmente y sus demandas atendidas. Más adelante el terapeuta realizará diferentes tipos de psicoterapias donde, metafóricamente, el paciente podrá revivir conscientemente sus traumas y dirigir hacia «sus familiares» –personificados por actores– todas las emociones reprimidas sin necesidad de recurrir a subterfugios inconscientes. Hay que entender muy claramente que todos los traumas reprimidos –no resueltos–, lejos de permanecer inactivos o aletargados en el subconsciente, se repiten obsesivamente en el presente mediante una recapitulación –recreación– indefinida, por lo que es necesario crear una catarsis, una vía de escape que permita al paciente salirse de su obsesión, de su pasado traumático y verse desde otra perspectiva. Despertarlo de su automatismo, por así decirlo. Una vez pueda sentirse escuchado y tenga la libertad de indignarse por el daño recibido, desaparecerán las llamadas posesiones demoníacas. Una vez pueda conducir adecuadamente su rabia y dirigirla hacia quienes la causaron, se abrirá el camino de la curación, que sólo finalizará tras una confrontación terapéutica con sus verdaderos familiares, sea cara a cara o frente a sus tumbas, si acaso fallecieron. Es muy importante que el paciente desvíe la mórbida carga de atención de sí mismo hacia los demás, que deje de sentirse permanentemente una víctima y tome consciencia del mundo que le rodea, instándole a colaborar como voluntario en asociaciones humanitarias y a expresar sus emociones reprimidas a través de especialidades artísticas como escultura, pintura, danza, música, literatura o teatro, lo cual le aportará nuevas y muy beneficiosas perspectivas de la realidad y un estado psíquico más fluido y liviano, que sin duda reparará los agujeros energéticos por donde, según afirman algunos, se apoderan ciertas entidades «malignas». 


José Carlos Andrade García

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.