martes, 13 de enero de 2015

El radicalismo ideológico



El peligro de las ideologías es que cada individuo delega su integridad, su compromiso moral, en las instituciones (sean políticas, deportivas o religiosas), así no se ve en la obligación de cargar con la responsabilidad de sus actos, pues la organización decide, actúa por todos. Si ésta se equivoca nadie tiene la culpa, pues la masa señalará a los organizadores y estos se señalarán entre sí sin asumir su responsabilidad. Todos serán víctimas inocentes. En algunas manifestaciones o actos multitudinarios, por ejemplo, hay quienes tratan de olvidar su mediocridad y sus miserias evadiéndose del sentido común para experimentar el subidón de la violencia gratuita. Un hombre incapaz de matar una mosca puede matar a golpes a otro hombre movido por el frenesí de la turba. La masa canaliza la ira o el odio reprimido de cada persona sin ser ella misma consciente de lo que está haciendo, pues uno cae irremediablemente en trance, es poseído por la colectividad, por el instinto de manada, siente las vibraciones del ambiente como propias, creándose una resonancia emocional en toda su extensión. En medio del éxtasis no se necesita más que un gesto, un amago de ataque hacia el «enemigo», para que, simultáneamente, estallen las tensiones y todos se dejen llevar por el desenfreno, interconectados como hormigas o abejas en un sólo cuerpo multiforme.

Puesto que las masas son fundamentalmente pasionales, pueden sacar lo mejor y lo peor del ser humano. El nacismo y el comunismo se sirvieron de esta hipnosis colectiva para llevar a cabo sus purgas, sus genocidios, sus crímenes masivos. Los congresos multitudinarios del nacismo hitleriano y sus megadesfiles sirvieron para implantar en la mente de las masas la semilla del odio y la discriminación; en tales momentos de exaltación, ¿quién no querría imaginar que formaba parte de una raza superior, de un nuevo orden que transformaría el mundo «para mejor»? También las organizaciones religiosas se han servido de la colectividad para crear un ambiente de devoción propicio para la credibilidad de sus dogmas. De igual manera se pueden canalizar energías positivas o sentimientos constructivos de solidaridad, como las grandes manifestaciones por la paz o la igualdad de derechos.

Los terroristas que se inmolan o secuestran a mujeres y niños en pro de un idealismo incuestionable son los mismos que vivieron una infancia secuestrada en aras de otro idealismo no menos incuestionable. En realidad no hacen sino repetir con otros lo que hicieron con ellos. Quienes se someten voluntariamente a esta negación de la realidad son los mismos que en su día fueron sometidos a una negación de su infancia, los mismos que tuvieron que reprimir sus impulsos vitales y sentimientos a manos de familiares y profesores. De ahí esa necesidad vital de asumir la autoridad represiva que padecieron para sentirse por fin poderosos, aniquilando a través de sus víctimas o rehenes al niño frágil y desamparado que una vez fueron, y que emocionalmente siguen siendo.

Hay que tener muy presente que el mayor temor del ser humano no es morir sino carecer de una identidad bien definida. Es la identidad, por encima de la razón, la moral o el intelecto, lo que realmente le da un poco de sentido a su vida. Capaz es de asesinar o de apoyar el asesinato de vidas humanas si eso le sirve para defender o reclamar su identidad: su cultura, su ideología, su religión. Incluso se podría decir que busca el enfrentamiento no tanto para defender su identidad como para reforzar, consolidar la ilusión de tener una identidad, y por ello una responsabilidad, un destino, una meta. El radicalismo ideológico es un refugio para personas inseguras, sin autoestima, desbordadas por el desengaño. Funciona como un sistema de ilusiones retroactivas que les permite desconectarse de la realidad a la vez que les confiere un poder, una motivación: la responsabilidad de ser o sentirse un elegido, un justiciero de Dios, de Hitler o de Lenin, sensación incomparablemente más estimulante que aquella otra que le ofrecía la «cruda realidad».

En el caso de los llamados terroristas «islámicos» la religión es solo una excusa. Una buena excusa. Por sus actos se demuestra claramente que no creen en lo que tanto defienden: «la palabra de Dios». Más bien utilizan el nombre de Alá para justificar lo injustificable. Tales ilusiones, sin embargo, suelen degenerar en graves crisis psicológicas, pues el sujeto mantiene una constante lucha entre su conciencia, que desea con vehemencia someterse a la ilusión, y su inconsciente que la niega sutilmente. Sólo mediante un golpe de efecto contra la realidad conseguirá materializar la ilusión en acontecimiento, forzando al mundo, a la realidad, a convertirse en testigo y víctima de una ilusión que ya no lo parece tanto: "si puedo someter a víctimas inocentes en nombre de Dios, motivo de peso para no dudar de la providencia". En contra de las apariencias, no es la convicción lo que les lleva a defender con tanto fanatismo su verdad sino todo lo contrario: es la inseguridad, el miedo a profundizar en ella y descubrir grietas, ligeras malformaciones que podrían terminar con la ilusión y derrumbar todo su edificio mental.      

Cuanto mayor es la fe de un creyente más pesada y torturante se vuelve su duda, pues la certeza total sólo puede alcanzarse mediante la experiencia, y no mediante la creencia. La fe religiosa sólo puede ser forzada o muy forzada, pero no asimilada o percibida. Y una creencia forzada sólo puede conducir a la ansiedad, a la inquietud, a la agitación colectiva, a la violencia. Buena prueba de ello lo encontramos en quienes idearon las Cruzadas y la Inquisición, personas que actuaron de acuerdo a su gran fe, pero sin la más mínima intuición y sentido común. ¿Qué otra cosa es el actual terrorismo religioso sino un intento vano y destructivo de unos cuantos desequilibrados para convencerse de su fe? Morir por la fe se convierte entonces en la única alternativa posible para «vencer» la duda y encontrar en el otro mundo la certeza prometida. Pero esa aparente victoria es en realidad el fracaso definitivo, pues es la imposibilidad de eliminar la duda lo que lleva al disparate total, al mal llamado martirio, que no es más que un suicidio cobarde y sanguinario. Es como el niño enrabietado que por no conseguir lo que quiere rompe lo que tiene, con la diferencia de que el primero destroza juguetes y el segundo vidas humanas.

Toda creencia ciega funciona como un arma de doble filo: nos proporciona un mayor sentimiento de seguridad, de pertenencia a un clan, a la vez que nos vuelve más rígidos e inflexibles, encorsetándonos en una visión existencial muy reducida y totalitaria. Muchos nazis que participaron en el exterminio de los judíos tenían títulos universitarios, doctorados, algunos eran teólogos, grandes científicos, pero absolutamente ignorantes en cuanto al sentido común. Si en vez de memorizar la Biblia la hubieran analizado sin temor y entendido correctamente de manera metafórica, no habrían tomado a los judíos como enemigos de Dios ni los habrían perseguido por matar a Jesús, cuando en realidad fueron los romanos. Como les enseñaron desde la infancia a no dudar jamás de las escrituras  bajo pena de castigo eterno, tomaron ambiguas afirmaciones bíblicas de manera literal sin cuestionar ni profundizar su sentido y trasfondo, creándose así un odio legitimado y apoyado durante siglos por instituciones políticas y religiosas, y dando como resultado el más grande genocidio de la historia humana.

No es una creencia ciega afirmar que la Tierra es redonda y que gira alrededor del sol, sino un hecho. Sé que el sol existe, ¿por qué iba a creer en él? La creencia ciega en Dios es el resultado de la imposibilidad de conocer a Dios, pues el que cree en Dios es porque no lo conoce, ni siquiera sabe si es real, por eso necesita creer. Y cuanto más ciega sea su fe, menos lo conocerá.  Siendo la creencia religiosa un sentimiento frágil y voluble, necesita de leyes intolerantes y totalitarias para salvaguardarla, de ahí que las religiones hayan asesinado a millones de inocentes en nombre de Dios.

La creencia es producto del deseo espiritual, y este deseo nace cuando no aceptamos la realidad, lo que la vida nos ofrece. Para creer en algo, un ideal, una doctrina, primero tienes que desearlo. Si te conviene, crees. Si no te conviene, no crees. El deseo no es la realidad, no es Dios. Si yo deseo ser un hombre más alto, no me convierto en un hombre más alto. Si yo deseo creer en Dios, no por ello existe Dios. Así pues, la creencia en Dios es el resultado de un fracaso: la imposibilidad de conocer a Dios, pues el que conoce a Dios no necesita creer. No necesita matar ni huir de la realidad.

Puedo decir que tengo una gran fe en que el sol saldrá mañana, pero esta fe no es religiosa, es natural, lógica, sana, producto de la experiencia, no de la creencia. No es forzada, no lucha contra nada, no trata de desafiar o reprimir la duda, es pura como la verdad. Esa es la verdadera fe.


José Carlos Andrade García

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