domingo, 22 de febrero de 2015

La inmoralidad de ser feliz


Existe un placer generalizado en la desdicha. Hay quienes siendo desdichados pueden identificarse con la desdicha de los demás y sentirse arropados, protegidos. Pero siendo felices… ¿Con quiénes van a compartir su felicidad? ¡Casi nadie es feliz! Además, ¿para qué buscar la felicidad cuando en la desdicha todo el mundo se preocupa y se compadece por ellos? ¿Quién quiere ir en busca de una felicidad que quizá sólo sirva para humillar a los demás, para evidenciar su cobardía y falsedad? ¿Quién quiere convertirse en el blanco de todas las iras y envidias? Como el placer de la desdicha no les llena lo suficiente, se han inventado un paraíso en la otra vida para seguir soñando con la felicidad. De esta manera la esperanza les sirve como excusa para no cambiar nada, lo que a su vez les sirve para hacer más soportable el sufrimiento. Y tanta esperanza tienen de que les llegará la felicidad, que cuando llega o se aproxima la dejan pasar para no perder nunca la esperanza.

Solventar sus problemas significaría responsabilizarse de sus actos y entrar en un terreno desconocido. Solos en un paraíso inexplorado, sin filtros... ¿Por cuánto tiempo resistirían? “Más vale malo conocido que bueno por conocer”, dicen. Antes que afrontar el más mínimo riesgo prefieren suicidarse en el sopor del hastío. No obstante buscan calmantes ideológicos que les alivien el sufrimiento, la depresión. 

Los autores bíblicos que idearon el paraíso terrenal se imaginaban un lugar donde todo venía ya dado por obra y gracia de Dios. Ahora bien, si la comida te cae de los árboles o del cielo, ¿para qué buscarla? ¿Para qué cultivarla? Si no hay un lugar a dónde ir porque todo es bello y perfecto, ¿para qué moverse? ¿Para qué caminar? Si la tecnología no es necesaria porque Dios ya provee, ¿para qué pensar? Es de imaginar que con el paso del tiempo los habitantes de este infierno terrenal mutarán por obra y gracia de la inactividad hasta convertirse en una especie de gusanos hipermórbidos sin cerebro y con pequeños apéndices en los costados que sólo utilizarán para alcanzar la fruta caída o cambiar de postura.

Entendamos la felicidad en toda su dimensión. No es vivir como bebitos sin responsabilidades en una especie de jardín de infancia o en una burbuja de placer de espaldas al dolor y la “injusticia”. La felicidad no surge de eliminar todo lo “malo” sino de asimilar con valor y entereza las cosas buenas y “malas” que nos ofrece la vida. La felicidad nace de la honestidad, del sentimiento de realización, del sentido de la responsabilidad y el compromiso. Lo importante no es lo que nos sucede sino la actitud ante lo que nos sucede. ¿Acaso eliminando todos los virus y gérmenes del planeta eliminaremos las enfermedades? Al contrario: debilitaremos las defensas del cuerpo humano y generaremos nuevas y muy variadas enfermedades mortales. Si eliminamos a los depredadores eliminaremos también a los herbívoros, que se multiplicarían sin freno hasta arrasar con toda la vegetación, lo que conllevará su propia extinción y la del resto de seres vivos. Cualquier eslabón es necesario aunque parezca torcido. Si todos los días fueran soleados la vida sería un desierto sin vida.

Lo que llamamos “el bien” y “el mal” son dos caras de una misma moneda, como lo es el día y la noche, la inspiración y la expiración. Lo uno no es lo contrario de lo otro sino su complemento. La aberración no surge de lo malo sino de intentar  silenciar, abominar todo lo supuestamente malo. La vida es Una, los opuestos se complementan. Elegir el bien es invitar al mal. Elegir la santidad es invitar al sadismo. Elegir la virtud es invitar a la indecencia. A mayor esfuerzo por apartar el objeto indeseado, más irreconocible se vuelve con el objeto deseado, a tal punto que uno ya no sabe distinguir dónde empieza uno y dónde acaba el otro. Podemos elegir una cosa y creer que nos hemos separado de la otra, de su antítesis, pero eso es una falsa ilusión que paradójicamente nos volverá cada vez más dependientes del objeto indeseado. Así funciona la vida. Quien desecha la memoria de la infancia para no enfrentarse a sus miedos, a los traumas de la niñez, quedará emocionalmente preso en ese mismo nivel infantil. La humildad elegida por el “santo”, por ejemplo, le llevará inevitablemente a la vanidad, que cada vez tomará más fuerza gracias a los “admirables” esfuerzos de éste en su vano esfuerzo por ser humilde. El creciente temor a la tentación le incitará al ayuno y a las flagelaciones, pasando de santo a torturador y verdugo de sí mismo. El objeto indeseado es como un gigantesco termitero que poco a poco nos va devorando.

Esto no significa que debamos aceptar la injusticia sin jamás combatirla sino al contrario: debemos combatir la injusticia sin jamás huir de ella o resignarnos, pues ya he dicho que cuanto más huimos de lo “malo” más nos encerramos en lo malo. Pero no es cuestión de elegir una cosa y abominar lo contrario, sino de confiar, de amar. El amor sabe en todo momento, no necesita elegir porque es puro, espontáneo, hace lo que tiene que hacer en este mismo instante sin mirar al pasado ni al futuro. El amor combate la injusticia sin otro fin que combatir la injusticia; no condena ni juzga, no está a favor o en contra de nada, no trata de ser más democrático o crear un nuevo orden social (que bien podría degenerar en otra dictadura), pues el amor no es idealista ni político sino espiritual, universal, sabe que no existirá paz ni libertad social mientras no exista paz ni libertad en el interior de cada ser humano. La auténtica revolución está en la consciencia. El amor es como una lente que nos permite ver la realidad de cerca, sin ilusiones, miedos o esperanzas. Puede ver algunas cosas aparentemente negativas como positivas, y viceversa. Por eso digo que no es cuestión de elegir sino de vivir, de aceptar con regocijo todo lo “bueno” y “malo” que nos sucede. ¿No es mejor vivir la vida como una aventura, sin prejuicios ni ideas preconcebidas que sólo sirven para dividirnos y enfrentarnos? ¿No es mejor abrirnos a la energía universal y dejar que nuestras acciones vengan dadas de manera natural, espontánea, sin las interferencias del prejuicio y las ideologías?

    Un granjero vivía en una pequeña y pobre aldea. Sus vecinos le consideraban afortunado porque tenía un caballo con el que podía arar su campo. Un día el caballo se escapó a las montañas. Al enterarse los vecinos acudieron a consolar al granjero por su pérdida. "Qué mala suerte", le decían. El granjero les respondía: “Buena suerte, mala suerte, quién sabe”. Unos días más tarde el caballo regresó trayendo consigo varios caballos salvajes. Los vecinos fueron a casa del granjero, esta vez a felicitarle por su buena suerte. “Buena suerte, mala suerte, quién sabe”, contestó el granjero. El hijo del granjero intentó domar a uno de los caballos salvajes pero se cayó y se rompió una pierna por tres sitios. Otra vez, los vecinos se lamentaban de la mala suerte del granjero y otra vez el anciano granjero les contestó: “Buena suerte, mala suerte, quién sabe”.
   Transcurrieron algunas semanas y Japón le declaró la guerra a China. Los emisarios del emperador recorrieron todo el país en busca de jóvenes saludables para ser enviados al frente de batalla. Al llegar a la aldea, reclutaron a todos los jóvenes, excepto al hijo del labrador, quien tenía la pierna rota. Ninguno de los muchachos regresó vivo. Los aldeanos, ¡cómo no!, comentaban la buena suerte del granjero y cómo no, el granjero les dijo: “Buena suerte, mala suerte, ¿quién sabe?

Ésa es la actitud.

Si sólo nos enfocamos en cosas negativas, atraeremos más de lo mismo. Si en cambio nos enfocamos en el presente, viviendo con total intensidad el ahora, atraeremos cosas positivas a nuestra vida, pues el amor o la lucidez es vivir el ahora sin preconcepciones o condicionamientos ideológicos. Todo depende de la frecuencia vibratoria en la que estemos enfocados. El universo es una recreación mental: atraemos lo que pensamos. El universo siempre corresponde a la naturaleza vibratoria de nuestros pensamientos, es una ley de atracción tan sólida como la gravedad o la electricidad en el plano físico. Lo que llamamos “mala suerte” es el resultado de nuestros miedos, de nuestros pensamientos negativos. Somos libres de enfocarnos en la felicidad o el sufrimiento. Si nos enfocamos en el sufrimiento, el universo hará todo lo posible por satisfacer nuestra elección. Por desgracia la mayoría de las personas se enfocan  inconscientemente en las cosas que temen o no desean, atrayendo a su vida eso mismo que temen. Somos literalmente el producto de nuestros pensamientos. Aunque en realidad no son “nuestros” pensamientos, no los creamos, simplemente los interpretamos en base a la frecuencia vibratoria en la que estamos enfocados. A mayor frecuencia, mayor calidad de pensamiento. Las emociones negativas como el miedo, la desdicha, el remordimiento, el odio, etc., tienen su propia bioquímica, son depresoras del sistema inmunológico y tan venenosas como cualquier sustancia tóxica que consumamos diariamente en mayor o menor medida. Tales emociones destruyen nuestra energía de manera inversamente proporcional a como lo hacen las emociones positivas, que la renuevan.  

Es importante comprender el valor de la lucidez. De no conocer y experimentar la impureza y las bajas pasiones no conoceremos la pureza, aunque hayamos nacido con ella. Muchos indígenas que crecieron en libertad y armonía en la selva se dejaron seducir por los “encantos” de la civilización... Lo tenían todo y lo abandonaron. Así es la pureza: solo muestra su poder cuando la sabemos valorar, y eso solo se consigue después de mucho dolor, cuando nos damos cuenta de lo mucho que hemos perdido y lo poco que hemos ganado. ¿Mereció la pena dejar de respetarnos para ganarnos la respetabilidad o el temor de los demás? Como a la mayoría nos imbuyeron de pequeños el temor a la espontaneidad, a los verdaderos sentimientos, a las tentaciones, como nos dijeron que las cosas se aprenden con dolor (“quien bien te quiere te hace sufrir”), no conocemos otra cosa que la infelicidad, a la que defendemos con uñas y dientes disfrazándola con términos tan respetables como religión, educación, familia, política, escuela… Y así la infelicidad pasa de ser un sentimiento a convertirse en nuestra identidad cuando somos adultos.

El odio, como dicen los taoístas, no es una energía, una presencia como el amor, sino la ausencia de amor. Por eso es tan poderoso porque en realidad no existe, no se le puede destruir. Es sólo eso: un reflejo, una sombra del miedo. Es ausencia de amor, producto del deseo insatisfecho de ser amado y comprendido. Y esta insatisfacción genera resentimiento, envidia, rencor. Todas las bajas pasiones surgen de esta ausencia de amor. Sólo odian quienes no han sido comprendidos ni amados incondicionalmente. Por eso el odio no existe como tal. Ni tampoco el mal. No hay personas malas sino inconscientes, y la inconsciencia no es más que ausencia de consciencia, volvemos a lo mismo. En cambio el amor no necesita una causa o un porqué. Teniéndose a sí mismo lo tiene todo. Ahí está el quid de la cuestión: el odio es incapaz de mantenerse por sí mismo ya que necesita una causa para existir. Siendo esa causa la ausencia de amor, no puede existir por esa misma ausencia. Y esa imposibilidad de existir, de satisfacerse, de evolucionar, es lo que conduce al desequilibrio y al caos. Lógicamente es imposible destruir el odio, pues la ausencia no se puede destruir, pero desaparece cuando la llenamos de  presencia. Tampoco la oscuridad puede destruirse, pero desaparece cuando la iluminamos. La oscuridad es ausencia de luz, de la misma manera que el odio es ausencia de amor. El ser humano es destructivo porque vive en la ausencia de sí mismo, en el miedo. Por eso es tan importante la meditación, la lucidez, porque nos conecta de nuevo al amor, que es pura presencia. El odio, por tanto, es consecuencia de la falta de amor, o del amor condicionado, del chantaje emocional. Debemos aceptarlo como un proceso natural de la vida. Sí, a veces la vida puede herirnos de muchas maneras, pero de nosotros depende curar las heridas o dejar que se infecten. El dolor no es el problema sino la manera en que reaccionamos al dolor.

La felicidad no es negar el sufrimiento sino verlo en su justa medida. Es ver la flor antes que la espina; ver la mariposa antes que el gusano; ver la experiencia antes que el fracaso. No se puede ser feliz sin hacer feliz a los demás, ni se puede hacer feliz a los demás sin ser feliz. No podemos terminar con el sufrimiento en el mundo pero sí podemos elevar la consciencia de quienes sufren. Mahatma Gandhi dijo una vez que la felicidad está en la lucha, en el “sufrimiento” que supone la lucha misma, y no en la victoria misma. Ésa es la actitud. El universo está en continua y permanente evolución o expansión. Nuestra misión es seguir expandiendo nuestra consciencia. Hay otro precioso cuento que ayudará a entender lo que digo.

   Había una vez un escritor que vivía a orillas del mar, donde pasaba temporadas escribiendo y buscando inspiración para su libro. Una mañana mientras paseaba a orillas del océano vio a lo lejos una figura que se movía de manera extraña como si estuviera bailando. Al acercarse vio que era un muchacho que se dedicaba a coger estrellas de mar de la orilla y lanzarlas otra vez al mar. El hombre le preguntó al joven que estaba haciendo. Este le contestó:
   —Recojo las estrellas de mar que han quedado varadas y las devuelvo al mar; la marea ha bajado demasiado y muchas morirán.
   Dijo entonces el escritor:
   —Pero esto que haces no tiene sentido, primero es su destino, morirán y serán alimento para otros animales y además hay miles de estrellas en esta playa, nunca tendrás tiempo de salvarlas a todas.
   El joven miró fijamente al escritor, cogió una estrella de mar de la arena, la lanzó con fuerza por encima de las olas y exclamó:
   —Para ésta… sí tiene sentido.

La felicidad no es una actitud sino la consecuencia, el reflejo de una actitud. Si buscamos la felicidad en el amor o el dinero sólo encontraremos sufrimiento. La felicidad no es un objeto que se pueda codiciar o encontrar. Hay quienes cambian mil veces de pareja buscando a la persona ideal que ven en las películas o leen en los libros. Pero ir en busca del amor es tan ridículo como ir en busca de la vida. El amor se vive o no se vive. Quien realmente vive la vida encuentra el amor en todas partes, pues vivir y amar es lo mismo. Dejemos, pues, de buscar la felicidad y vivamos el ahora con plena atención y confianza, y entonces la felicidad brotará sin más.

La felicidad ya está en nuestra naturaleza, no es un estado de ánimo o un sentimiento que elijamos, sino la propia energía universal. Es la esencia misma del universo. Cuanto más conectados estamos a esa energía, que ya está en nosotros, mayor es nuestra lucidez y salud, pues el cuerpo siempre responde positivamente a la felicidad. Esto no es misticismo ni filosofía positivista sino pura física y química: en cuanto caemos en la neurosis, en el odio, el cuerpo se resiente, se envenena creando malestares, tumores, la mente deja de alimentarse del mundo para devorarse a sí misma.

Si los humanos y sus naciones desearan realmente el poder, en vez de declararse guerras deberían declararse el amor, pues no hay poder mayor en el universo.


José Carlos Andrade García

sábado, 21 de febrero de 2015

Cuando el tener se confunde con el ser


La gran mayoría de los que roban y estafan, sean delincuentes callejeros o de guante blanco, tratan de obtener de los demás lo que no pudieron obtener de sus progenitores, de ahí que en muchos casos no sea fácil su reinserción en la sociedad, ya que la recompensa psicológica del robo –más que la económica– es superior al riesgo de ser pillados por la justicia, simbolizada por los padres. El niño que llevan dentro recupera por unos momentos la autoestima robada y el respeto de sus compinches. Incapaces de madurar, pues viven atrapados en el trauma de la desvalorización, estos hombres emocionalmente infantiles tratarán de aniquilar con cada robo al niño débil e incomprendido que habita en ellos.           

 Algo similar ocurre con muchos multimillonarios y gente de poder: a través del dinero y el «prestigio» tratan de saborear el reconocimiento que no obtuvieron de pequeños, ya que la mayoría no fueron valorados por lo que eran sino por lo que debían ser. Lo triste es que rara vez ven cumplidas sus expectativas, ya que el dinero y el «poder» no pueden comprar la autoestima de la que carecen. No les queda otra que compensarla con una montaña de vanidad, narcisismo y megalomanía (cuanto mayor es una carencia mayor es su compensación: «Dime de qué presumes y te diré de qué careces»). Incapaces –por miedo– de profundizar en sí mismos y de encontrar su riqueza interior, no les queda otra que identificarse con lo que tienen en vez de con lo que son, confundiendo el yo-soy con el yo-tengo. Y si lo que tienen se esfuma de repente, también sus vidas se esfuman en poco tiempo. No es de extrañar que tantos de ellos se suiciden o se dejen morir de apatía o enfermedad cuando, por algún «infortunio», pierden gran parte de su dinero y poder, pues el horror al vacío, al no-ser, es muy superior al deseo de vivir y superarse.

 Pero no hace falta ser multimillonario para convertirse al yo-soy-lo-que-tengo. Obsérvese cómo cambia para peor la personalidad del modesto trabajador cuando se le otorga un cargo superior al acostumbrado. Quizá todos hemos conocido al ahorrador recalcitrante que pasa toda su vida acumulando un dinero que nunca utiliza «porque nunca se sabe lo que puede pasar». A diferencia del espléndido millonario, viste casi siempre con harapos y rara vez admite tener algún dinero, y si a bien tiene gastarse unos céntimos por los demás –pues por lo común sólo paga lo suyo–, lo hará, muy a su pesar, para guardar las apariencias, aunque semejante generosidad habrá de ser recompensada por su afortunado invitado a base de muy persistentes recordatorios. Este tipo de sujetos sólo vive de acuerdo a lo que tiene (guardado), compensando su inseguridad y total desconocimiento de sí mismo con una suerte de seguro material que le aporta la sensación de poseer algo completamente propio que no le pueden arrebatar. Ni siquiera cuando se ve próximo a la muerte gasta más de lo acostumbrado, de hecho gasta menos de lo acostumbrado, pues conservando intacto su dinero sentirá que todavía no lo ha perdido todo.

 Ahora bien, no se necesitan bienes materiales para pertenecer a este club de discapacitados emocionales. A diferencia del millonario espléndido y el mugroso avariento, que viven de acuerdo a lo que tienen, hay quienes sólo viven de acuerdo a lo que tendrán (yo-soy-lo-que-tendré). Es el caso de tantos fanáticos religiosos que, temerosos como niños de cuestionar ciertas normas y de actuar por voluntad propia, tratan de compensar su vacío, su desconocimiento de sí mismos, con la promesa o la ilusión de lo que (sí) serán y de lo que por fin obtendrán. Su actitud es similar a la de esos niños que reprimen su espontaneidad y sus verdaderos sentimientos con el fin de ganarse el caramelo que les han prometido si se portan bien. 

Tanto unos como otros viven de acuerdo a lo que tienen o tendrán, y no a lo que son.



José Carlos Andrade García

Rebeldes sin causa


Gracias al ego aprendimos a decir no, a distanciarnos de nuestros padres, a pensar por nosotros mismos, a crearnos un carácter, una personalidad, un objetivo. Para desarrollarse emocionalmente y conocerse a sí mismo, el niño necesita expresarse sin censuras, equivocarse, dar rienda suelta a todos sus sentimientos, sean buenos o malos, ya que la represión solo servirá para desviar su ira hacia los más indefensos.  El ego es para el niño y el adolescente como la leche para el bebé: le ayuda a crecer,. a forjarse un carácter, a actuar con agresividad ante un ataque o un abuso. Un mecanismo de supervivencia absolutamente necesario en las primeras etapas de la vida, ya que nos permite experimentar todas las emociones: la rabia, el odio, la envidia..., y reconocerlas en los demás.

Una vez el adolescente se acerca a la madurez, debe hacer como el bebé cuando se acerca a la niñez: abrirse al mundo y experimentar nuevas texturas y sabores. Debe distanciarse de su ego para acceder a la madurez psicológica, un estado superior de conciencia donde predomina el sentimiento de unicidad con el mundo. De no hacerlo vivirá como un autómata repitiendo la misma rutina de negaciones y contradicciones que caracterizan al adolescente. Vivirá esclavo de una identidad que en su día le fue útil como transición de la infancia a la juventud, pero completamente inútil y obsoleta tras aquel periodo. El mismo ego que le ayudó a ser independiente de sus padres y a forjarse un yo, lo volverá permanentemente dependiente de los "amigos", las drogas y los extremismos cuando ya no encuentre la energía para seguir alimentando esa independencia. El ego es como un huevo que nos proporciona cobijo y seguridad a la vez que nos permite conocer todas nuestras emociones. Pero llega un momento en que debemos romper esos muros y abrirnos al mundo, tal como el polluelo cuando rasga sus cáscara o el tallo cuando rompe su semilla. El verdadero nacimiento es espiritual, psicológico, no físico. Una vez hemos adquirido experiencias, forjado nuestro carácter y edificado nuestra personalidad, ya estamos maduros para abandonar ese útero mental. De no hacerlo, ni siquiera habremos vivido. Moriremos como adultos fetales, como esclavos de nuestros miedos, de nuestras bajas pasiones e instintos.          

Ahí tenemos el ejemplo de tantos jóvenes treintañeros comportándose como adolescentes rebeldes. Saben que de madurar se alejarían inevitablemente de todo aquello que en un momento dado les ayudó a reafirmarse, a forjar su identidad, su puestito en el mundo (compañerismo, drogas, botellón, radicalismo ideológico, etc.). Antes que evolucionar y enfrentarse al incierto horizonte, prefieren seguir dando vueltas en su islote particular, interpretando a este personaje cada vez más calvo y regordete, cada vez más descompasado en su medio. Viven desesperadamente aferrados a una rutina de excesos cuyo fin es el mismo que persiguen los niños conflictivos: una continua demanda de atención y valorización.

Sea por instinto de supervivencia o por afán de sentirse aceptado, hay quien decide en algún instante de su vida vivir como un actor, como un personaje. Y tanto tiempo y esfuerzo dedica en desarrollar, moldear, perfeccionar dicho personaje, que en un momento dado olvida la clave con la que recuperar la forma original. Se ha convertido de por vida en un ser prácticamente irreal, en una triste parodia de sí mismo, por más que los demás afirmen que siempre ha sido tal cual. En vano intenta compensar su poca autoestima mediante una delirante exhibición de sus «cualidades», culpabilizando siempre a los demás de sus fracasos. Sea o no creativo, se siente único y diferente por la simple radicalidad de sus ideas o creencias. Incapaz de verse como un bufón pagado de sí mismo, se imagina predestinado a grandes metas. Léanse las vidas de Alejandro Magno, Napoleón, Hitler, Stalin. Fueron personas débiles, inseguras, acomplejadas, que trataron de hacer lo posible para convencerse de lo contrario, aunque para ello tuvieran que engañar, manipular y asesinar a millones de seres humanos.



José Carlos Andrade García

viernes, 20 de febrero de 2015

Recreaciones traumáticas



Cualquier sistema político, religioso, militar o criminal se vale de personas inseguras o disfuncionales que puedan ser utilizadas como títeres para servir a los intereses de sus dirigentes. Nunca faltan aspirantes. Los jóvenes que sacrifican su inteligencia para servir a los intereses de grupos ideológicamente radicales o extremistas no hacen sino sustituir la antaño opresiva disciplina familiar por otra no menos opresiva y disfuncional, infringiendo a otros el chantaje emocional y la violencia que ellos mismos padecieron. Algo muy parecido ocurre con muchos políticos, que utilizan su cargo para ejercer una violencia legal contra minorías sociales e inmigrantes mediante leyes abusivas y discriminatorias pero disfrazadas como medidas inevitables; o esos sacerdotes que se aprovechan de su «divina autoridad» para ejercer sobre sus estudiantes o monaguillos las mismas atrocidades sexuales que ellos sufrieron de niños. Otro ejemplo extremo es el soldado que trata de llevar hasta sus últimas consecuencias la figura del padre brutal (representada en el soldado sanguinario) y la del hijo torturado y sacrificado (representada en el inocente civil).

Atrapadas en el trauma de la culpabilidad y la desvalorización, muchas prostitutas tratan de recrear el maltrato y los abusos sexuales de la infancia permitiendo que otros abusen de ellas, pero esta vez bajo sus condiciones: estipulando la tarifa, el tiempo y el tipo de servicio sexual (dónde se puede o no tocar), así obtienen un poder simbólico sobre el padre dominante y abusador, representado en la figura del cliente. De manera similar, hay quienes tratan de recrear en sesiones sadomasoquistas los humillantes castigos sufridos en la niñez para así revivir el «placer sádico» de sus padres, que lo torturaban «por su bien, porque le amaban». Otros buscan en la droga y el alcohol la espontaneidad y los sentimientos reprimidos de la niñez. Encerrados por conveniencia en la infantilidad emocional, tratan de vivir una segunda infancia pidiendo como niños, chantajeando, manipulando continuamente a los demás sin dar nada a cambio. Pero no menos adictos son quienes se atan a ellos, pues también éstos buscan recibir las mismas atenciones infantiles (que tampoco obtuvieron) a través del sacrificio masoquista, esperando el milagro de ser finalmente reconocidos y amados, cosa que a veces creen obtener mediante falsos halagos y promesas siempre incumplidas.

Es importante entender que un trauma reprimido puede manifestarse de maneras diferentes según el pasado y la personalidad del enfermo.

Trastorno de Recapitulación Directa: la persona elige o manipula inconscientemente situaciones muy similares a su pasado traumático con el vano propósito de enmendar sus traumas no resueltos, como es el ejemplo de la prostituta, el masoquista o el codependiente. El problema es que estas recapitulaciones son fundamentalmente inconscientes y sólo se limitan a reactivar indefinidamente los síntomas del trastorno, tal como un sueño obsesivo que se repite en la realidad.

Trastorno de Evitación: la persona elige o manipula situaciones de su vida que eliminan la posibilidad de encontrarse con sus traumas no resueltos. El problema es que estas recapitulaciones también suelen ser inconscientes y sólo se limitan a rodear o sortear la raíz del trauma. Es el ejemplo de una persona que   elige vivir sola para evitar cualquier conflicto de pareja que haga revivir los traumas de la infancia; o la persona que elige como pareja a alguien necesitado de ayuda y atención, como un enfermo crónico o un discapacitado físico, asegurándose de esta manera la certeza de no ser abandonada o maltratada.

Trastorno de Identificación: la persona proyecta sus sentimientos traumáticos en otros para así identificarse con las personas que le abandonaron o maltrataron, lo que le confiere un poder simbólico sobre su pasado y las fuerzas traumatizantes, como el padre que maltrata a sus hijos con la excusa de que son desobedientes, o el científico que tortura a sus animales de laboratorio con la excusa de llevar a cabo un complejo y ambicioso experimento, o el político que declara una guerra con la excusa de una supuesta ofensa, etc.

Aunque estos trastornos se diferencian en sus síntomas, nacen de una misma raíz traumática que nunca deja de reactivarse. Si el enfermo no es consciente (o se le hace consciente) de su situación, de sus múltiples defensas psicológicas, actuará como un autómata recreando indefinidamente su trauma bajo cualquiera de estas variantes. 


José Carlos Andrade García

Las mil caras de la violencia


Tan acostumbrados estamos a la violencia que la vemos como algo natural o intrínseco a la naturaleza humana, y rara vez nos preguntamos si tiene una raíz y cuál puede ser. La violencia adopta tantas formas de conducta que muchas veces no somos capaces de diferenciarla como tal. Es el caso de esos padres que gritan y chantajean emocionalmente a sus hijos con la excusa de estar educándolos; o esos políticos que fomentan la precariedad social malversando el dinero de los contribuyentes y dictando leyes discriminatorias contra minorías sociales o inmigrantes; o el banquero que abre paraísos fiscales y especula irresponsablemente con el dinero de los ciudadanos aun a riesgo de arruinar al banco y con ello a las miles de personas que depositaron su confianza; o esos profesores monotemáticos incapaces de comunicarse con sus alumnos, a los que trata como simple mercancía. Todas son diferentes formas de violencia (directa o indirecta, implícita o explícita) a las que designamos nombres como educación, política, enseñanza, economía, justicia, etc.

      El adulto que utiliza cualquiera de estas formas es emocionalmente un niño que reprimió su espontaneidad y sus emociones en beneficio de unos padres que valoraban más la obediencia y la apariencia de los buenos sentimientos que la autenticidad y la confianza mutua. Al no haber tenido la oportunidad de conocer sus verdaderos sentimientos, este adulto nunca creció emocionalmente y sólo vivió la vida desde un único y ortodoxo punto de vista, basado únicamente en el deber y las apariencias. Como le decían que todo lo que hacían por él era por su bien, ahora aplica esa misma rutina de abusos y torturas al ejercicio de su poder, sea como político, padre de familia, empresario, profesor, juez, policía, militar…

        ¿Qué otra cosa es la (poca) inteligencia militar sino la desviación más violenta de esta ira reprimida? Puesto que la violencia o el asesinato encierran multitud de conflictos infantiles no resueltos, cada soldado es emocionalmente un niño oprimido que ansía tener el poder y la autoridad de papá y mamá. Así pues, no es el ideal lo que lleva a muchos hombres a la guerra sino más bien un deseo de valoración, de autoafirmación. Estimulados, excitados ante una aventura espectacular donde jugarán a ser «hombres», tendrán por fin el poder de poner en juego su vida y decidir sobre la de los demás, característica muy común en personas sin autoestima que tratan de proyectar la ira reprimida de la infancia hacia unos «enemigos» a los que es lícito combatir y odiar, tomando así venganza de la propia dictadura familiar. Tras la primera aventura de la instrucción, ya en el escenario real de la guerra, en mitad del fuego cruzado, es cuando muchos empiezan a despertar en la cruda realidad, cagándose literalmente de miedo. Pero ya es demasiado tarde para dar marcha atrás: un proyectil penetra en un ojo, a uno le vuelan la pierna, a otro los testículos… Hay quien llama a gritos a su mamá, mientras otro, con la cara hecha jirones, quiere estar en casa. Se acabó la aventura. En el fragor de la batalla no existe el honor ni los ideales, sólo el terror y la locura. Pero muchos han tenido que matar, dejarse los miembros o (ver) morir para darse cuenta de ello.

      Por eso han triunfado las guerras: cuando unos se vuelven conscientes de dónde  se encuentran, ya hay un batallón de ilusos dispuestos a sustituirles. Y así sucesivamente.



José Carlos Andrade García

jueves, 19 de febrero de 2015

La "sagrada" codicia





Muchos budistas e hinduistas evitan responsabilizarse y tomar iniciativas para mejorar o solucionar la desigualdad, la injusticia. Dicen: “¿Por qué iba yo a infringir la ley divina? ¿Por qué iba yo a mejorar las condiciones de unas personas que merecen pagar por los desaciertos de su anterior vida?”. Como la miseria viene dada por el karma, ¿para qué salir de ella? ¿Para qué buscar alternativas? ¿Para qué seguir el progreso y vivir dignamente?... Semejante filosofía  sólo ha servido para promover la cultura de la indolencia y el fatalismo, para engordar la injusticia, la marginalidad, la miseria y con ello la inconsciencia global, haciendo cada vez más difícil cualquier avance. Es evidente que el ser humano necesita conocer la inconsciencia para ser más consciente: conocer sus errores pasados para no volver a repetirlos, pero no tiene sentido mantenerse indefinidamente en la inconsciencia. El sufrimiento extremo de un niño no es justificable ni aleccionador de ninguna manera sino al contrario: sólo conduce a más destrucción y ceguera. “Ojo por ojo y el mundo acabará ciego”. Es cierto que recogemos lo que sembramos pero no hay que esperar una próxima vida para sufrir las consecuencias de nuestros actos. Nacemos y morimos a cada instante. La energía universal actúa en el presente, cualquier acción conlleva instantáneamente su reacción, por lo que no tiene sentido revolcarse en el sufrimiento con la excusa de estar pagando los errores pasados. Eso se llama indolencia, irresponsabilidad, masoquismo. Sufrir por sufrir no lleva a nada excepto a una inconsciencia mayor. Y a mayor inconsciencia, menor posibilidad hay de evolucionar, de comprender la causa de nuestra desdicha. Si no conocemos otra cosa que el sufrimiento, ¿cómo vamos a conocer la felicidad? No podemos esperar a que la inconsciencia se convierta por sí sola en consciencia, o que la estupidez se convierta por sí sola en sabiduría. De actuar así, sólo estaremos expandiendo la inconsciencia, alimentando el odio hasta que sea demasiado tarde para detenerlo.


Nuestros errores pasados no los pagamos con más inconsciencia sino con más lucidez, sólo así podemos comprenderlos. Y la lucidez sólo puede surgir si hay un cambio, un avance que rompa ese círculo vicioso. Se necesita un buen número de personas conscientes para extender la consciencia, para superar el umbral de la inconsciencia generalizada, de lo contrario el ser humano estará acelerando su fin. ¿Tan difícil es entender que la discriminación y la violencia no aportan ninguna lucidez a quienes la padecen sino todo lo contrario? El propio Hitler sufrió de niño terribles palizas a manos de su padre y la indiferencia de su madre. Quienes defienden la ley del Karma dirán que él mismo fue en otra vida anterior un padre maltratador. Y ¿a qué nos lleva todo esto? A más y más destrucción. La mayoría de los niños maltratados o explotados maltratarán más adelante a sus hijos y a otros niños; los rechazados por la sociedad rechazarán a su vez, como acto reflejo, a quienes muestren la más mínima debilidad, creándose un círculo vicioso de violencia y miseria cada vez más amplio. Sólo hay que ver la tremenda lacra de explotación infantil y violencia que azota a la India para comprender sin demasiado esfuerzo que la obediencia ciega a la ley del karma no ha traído precisamente felicidad y prosperidad a la mayoría de sus habitantes. El mal Karma de Hitler llevó al  sufrimiento extremo y a la muerte a millones de inocentes. ¿Tuvo que morir toda esa gente para que se cumpliera el karma de Hitler? Ahí tenemos el terremoto de Haití del 2010. Casi un cuarto de millón de muertos. ¿Es que todos ellos se pusieron de acuerdo en cometer los mismos pecados en otra vida pasada? ¿Acaso un desastre natural viene dado por el mal karma de quienes lo sufren? Ahora resulta que no son las fallas lo que desencadena un terremoto sino el karma malo de la gente. ¿Y qué decir de los judíos? ¿Tuvieron que sufrir un genocidio por negar a Jesús? ¡Pues vaya dios tan vengativo y racista! Si un chino mata al papa ¿deben ser castigados todos los chinos?


Psicópatas como Hitler, Stalin o Mao son el producto de la sociedad de su tiempo. Cualquier otro podía haber ocupado su lugar, pero ellos alcanzaron el poder en el momento y lugar adecuados. Un aberrante sistema educativo y familiar destruyó su capacidad emocional y los convirtió en máquinas programadas para destruir. Hay muchos humanos así, pero la gran mayoría no llega al poder, y los que llegan no tienen suficiente poder como para declarar guerras o crear campos de concentración. Pero podemos encontrarlos en las multinacionales, en la política, en las finanzas, pueden jugar con el precio de los alimentos, privatizar hospitales y escuelas, iniciar crisis económicas mundiales, llevando a la desesperación y a la muerte a millones de personas. La sociedad misma los crea y ellos se multiplican. Debemos entender que el problema de la humanidad es un problema de fondo, de base. Toda su estructura de poderes está edificada sobre un aberrante sistema de valores que antepone el individualismo, la competitividad y la represión emocional a la colaboración y el respeto, lo que permite que se multipliquen psicópatas como chinches. Ahí está la raíz del problema. Los psicópatas que llegan o no al poder son simplemente la consecuencia o el síntoma de ese problema, pero no el problema. Son como un eccema provocado por un mal hábito. Es muy fácil y cómodo demonizar y responsabilizar de todo a estos inconscientes sin antes preguntarnos qué ha fallado o qué estamos haciendo mal. Todo el poder político, religioso y financiero se levanta a partir de unos inestables cimientos dispuestos por ellos mismos, y consentidos o defendidos por una buena parte de la sociedad, por lo que no tiene sentido esperar que sean esos mismos poderes quienes arreglen el problema. La solución empieza por cada ciudadano, sólo él puede transformar la sociedad para mejor. Imaginemos cuán lejos habría llegado la humanidad si cada ser humano hubiera encontrado el entorno adecuado para desarrollar todas sus potencialidades. Hitler no es producto del mal, de genes insanos y destructivos, sino de un monstruoso sistema educativo que aniquiló su capacidad emocional. Hitler sacó lo peor de nosotros mismos de la misma manera que Jesús o Buda sacaron lo mejor.


El poder de las religiones se basa de explotar las debilidades humanas, de fomentar el terror, el chantaje emocional, la amenaza del infierno. Juegan a convertir el deseo más profundo del ser humano: la inmortalidad del yo, en una pseudorealidad mediante una suerte de creencias maniqueas muy sugestivas, ofreciéndonos como consuelo una visión irracional pero conveniente de la existencia. Su único principio es la manipulación emocional y la codicia: “Sé humilde y sencillo y serás rico en el otro mundo… Renuncia a los placeres, a los bienes materiales y te liberarás del karma, de la Rueda de Samsara, te ganarás el paraíso”. Pero no es una humildad real y sincera, nacida del corazón, sin condiciones. Es lo mismo que la madre le dice al niño: “Pórtate bien y te ganarás un caramelo”. Que el niño decida no incordiar para ganarse el caramelo no lo convierte en un niño bueno, sino en un niño que está reprimiendo su deseo, su conducta natural. Y la represión trae consigo la disfunción. Por eso las religiones están llenas de reprimidos, de hipócritas, de enfermos, y no de personas sanas y felices, sin pretensiones.

Por una parte te seducen con la zanahoria del cielo mientras te amenazan con la espada del infierno. Te prometen una vida mejor, el paraíso, pero primero has de sacrificarte, huir de los placeres, ayunar, arrepentirte, reprimir tu espontaneidad, tu sensualidad, tus verdaderos sentimientos, etcétera. Una vez consiguen que te sientas culpable de no conseguirlo e insatisfecho, no tendrás más elección que refugiarte en el deseo y la esperanza para colmar en el otro mundo prometido las mismas necesidades que te han prohibido en este. Una perfecta trampa para incautos.




Si el ser humano es simplemente barro y polvo, según los cristianos, ¿qué comunicación espiritual puede tener con la divinidad? Evidentemente ninguna. Para ellos la divinidad es el Padre, el Hijo y el Espíritu santo, un selecto club de varones que no permite la entrada a quien no comparta su calidad sobrenatural, lo cual es descabellado. Lógicamente todo esto sería posible si no fuéramos más que máquinas programadas, simples juguetes sin consciencia en manos de un dios caprichoso y aburrido. Pero está demostrado que la divinidad ya está en nosotros: somos alma, espíritu, somos gotas del mismo océano de consciencia universal operando, según nuestra conveniencia particular, en una determinada frecuencia, por lo que no tiene sentido ninguna división o jerarquía.

Una anécdota cuenta que Albert Einstein fue una vez interrogado vía telegrama por el rabino Herbert S. Goldstein sobre si creía o no en la existencia de Dios. Einstein respondió lo siguiente: “Creo en el Dios de Spinoza, quien se revela así mismo en una armonía de lo existente, no en un Dios que se interesa por el destino y las acciones de los seres humanos”. Las religiones tratan de mostrarte el camino a seguir para llegar a Dios, pero en realidad sólo te alejan de Él, ya que a Dios sólo lo encontramos cuando dejamos de creer y buscar, cuando vivimos el presente. Dios no existe en el pasado ni en el futuro: la fe o la esperanza. Dios siempre está aquí y ahora. No es necesario morir para alcanzar la lucidez, el cielo es un estado mental. Ya lo dijo Jesús: «Dios es amor». Tan absurdo es creer en Dios como creer en el amor. Pero no es cuestión de creer en el amor sino de enamorarse. No es cuestión de creer en el orgasmo sino de experimentarlo. Quien busca a Dios es porque «cree» que está separado de Él. Es como el perro que persigue su cola. Dios, el universo o como queramos llamarlo, ya está en nosotros, no hay que buscarlo fuera o en los templos. Las religiones, por lo tanto, son contrarias a las personas verdaderamente espirituales, que al vivir el presente y carecer de ambiciones o deseos no pueden ser seducidas con promesas celestiales.

La astucia del sacerdote católico, por ejemplo, es hacerte sentir que eres necesario a Dios, quien ha creado leyes para ti, quien ha sacrificado a su hijo para salvarte, que te escucha cada vez que le hablas. Gracias al sacerdote dejamos de sentirnos insignificantes, desvalidos ante las fuerzas de la naturaleza. Fácilmente podemos enfurecer a este dios celoso, sacarlo de sus casillas, desatar su ira, pero también negociar acuerdos con él, arreglar un puesto en el cielo. Como nos dijeron que el verdadero mundo está por llegar, nos distanciamos de la tierra, de nuestras raíces, del presente. Perdimos la alegría de vivir. De pronto la naturaleza dejó de ser nuestra madre para convertirse en nuestra servidora. Nos volvimos ambiciosos, prepotentes bajo una máscara de humildad. La codicia se convirtió en fe.

En occidente el ateísmo es algo así como una simple contra-respuesta al teísmo, a la religión industrializada, a la hipocresía de los prelados. En oriente, en cambio, el ateísmo siempre se ha considerado una religión en toda regla. Buda era ateo, y sin embargo una de las personas más espirituales de la historia humana. Para él era inconcebible la idea de un creador, un inventor cósmico, una entidad separada en esencia del hombre, pues, de ser así, éste último no sería más que la máquina defectuosa de su inventor, un autómata incapaz de evolucionar, de trascender sus partes, de ir más allá de su programación «divina». Estaría condenado a no evolucionar, a tropezar indefinidamente en la misma piedra. De igual manera sería imposible el entendimiento entre ambos, ya que al no compartir la misma sustancia de que están hechos no podrían acceder a una comunicación directa y profunda. ¿Acaso una lavadora puede comunicarse espiritualmente con su constructor? Buda sintió, presenció la unicidad del mundo, comprendió a través del silencio, del vacío interior, que todo está intrínsecamente interconectado en una misma sustancia llamada consciencia. Ahora la física moderna ha descubierto que el observador es también lo observado.

Lo que tiene un principio debe tener un fin. Lo que es eterno, intemporal, no tiene -por lógica- principio ni fin. Es irrisorio pensar que algo se creó en un determinado momento y se prolongó eternamente. Eso es puro desequilibrio, tan irreal como una cuerda con un solo extremo. Si el mundo se las arregló antes sin nosotros, ¿por qué no podría seguir sin nosotros? No puede haber inmortalidad sin preexistencia, ni preexistencia sin inmortalidad, son dos caras de la misma moneda. El universo es un perfecto equilibrio de fuerzas. Es muy posible que, como dice la ciencia, el universo naciera de un estallido del espacio,  pero como consecuencia de un proceso cíclico indefinido, pues también dice la ciencia que nada ni se crea ni se destruye, todo se transforma. 

Podemos elegir ser personas maduras y responsables que tratan de dar lo mejor de sí para contribuir a un mundo más justo y sostenible o escondernos en creencias infantiles con la intención de no crecer  ni enfrentarnos a la realidad, convirtiéndonos así en niños-adultos que piden de todo y sólo dan a condición de ser recompensados. Ahí tenemos a los devotos católicos: dicen amar a un dios que al mismo tiempo temen, cuando no hay nada más contrario al amor que el miedo. “¡Cristo ten piedad!”, entonan en sus rezos, como si ese dios al que dicen amar fuera un viejo sádico que necesita que le recuerden de vez en cuando su papel de dios benefactor. Y para convencerlo todavía más lo rematan diciendo: “Perdona nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores”, como si ellos mismos fueran el mejor ejemplo para su dios. ¿Es que no se dan cuenta de su insensatez? Para mí la ética no es un negocio sino una responsabilidad moral, un código personal de conducta. Ahí tenemos a todos esos mártires del cristianismo: se torturaron de todas las maneras posibles para ganarse un puesto de honor en el cielo. ¿Eso los convierte en santos? Más bien en políticos.

Ver la realidad tal cual requiere más fortaleza y coraje que creer en milagros y hadas. Si algo es blanco ¿por qué llamarlo negro? Tengo fe en la ciencia porque a diferencia de la religión se basa en hechos demostrados y te da respuestas objetivas, si bien es cierto que muchas veces necesita apoyarse en creencias ortodoxas para explicar nuevas teorías. A diferencia de la religión, siempre fija en un mismo punto de vista irracional, la ciencia ha abierto el camino a la razón y al progreso, desarmando todas las fantasías y mitos de la religión, que solo ha podido observar impotente cómo se echaban por tierra todas sus falsedades. La Iglesia tardó más de trescientos años en darle la razón a Galileo. Ahora avanza cabizbaja recogiendo las migajas de la ciencia. La historia reciente lo demuestra: a medida que la ciencia se ha ido expandiendo y con ello las evidencias, muchos cristianos han adoptado una posición más realista y psicológica de su religión, reinterpretando sutilmente las escrituras: “Lo que la Biblia quiso decir realmente fue...” para encajarlas en rebuscadas alternativas pseudocientíficas. Si hace unos siglos la ciencia intentaba demostrar que no era incompatible con la religión o la Biblia, ahora el estándar se ha invertido: es la religión quien trata de demostrar que no es incompatible con la ciencia. Ya no se trata de reconciliar la ciencia con la religión, sino la religión con la ciencia, pues no hay mayor enemigo para la religión que el progreso.

De hecho, aunque resulte paradójico, la ciencia nos revela nuestra ignorancia: acertamos más por agotamiento de posibilidades que por intuición. Pero a diferencia de la religión, la ciencia siempre ha sabido reconocer sus errores. Se habla mucho de los santos, de los mártires de la religión y muy poco de los mártires de la ciencia, que no son pocos. ¿En qué cielo están los que fueron torturados y quemados por sus ideas revolucionarias? ¿Los que se opusieron a las mentiras de la religión y dieron su vida por la razón y el progreso? Las grandes instituciones religiosas nunca han tenido grandeza de espíritu, nunca han sido lo suficientemente humildes como para reconocer que no lo saben todo. Siempre se han declarado infalibles. Aseguran que sólo ellas son poseedoras de la verdad, y no contentas con eso utilizan la amenaza del castigo eterno a quien no cumpla sus preceptos, cuando la realidad es que siempre han seguido impotentes los pasos ya trazados de la ciencia. Tanta mezquindad y arrogancia les ha hecho perder toda credibilidad.

Mientras la religión promete, la ciencia otorga.


[Este artículo tiene su continuación en otro de mis artículos, titulado: "EL RADICALISMO IDEOLÓGICO".]


José Carlos Andrade García