sábado, 21 de febrero de 2015

Cuando el tener se confunde con el ser


La gran mayoría de los que roban y estafan, sean delincuentes callejeros o de guante blanco, tratan de obtener de los demás lo que no pudieron obtener de sus papás, de ahí que en muchos casos no sea fácil su reinserción en la sociedad, ya que la recompensa psicológica del robo –más que la económica– es superior al castigo de la justicia, simbolizado por los padres. El niño que llevan dentro recupera por unos momentos la autoestima robada y el respeto de sus compinches. Incapaces de madurar, pues viven atrapados en el trauma de la desvalorización, estos hombres emocionalmente infantiles tratarán de aniquilar con cada robo al niño débil e incomprendido que habita en ellos.           

 Algo similar ocurre con muchos multimillonarios y gente de poder: a través del dinero y el «prestigio» tratan de saborear el reconocimiento que no obtuvieron de pequeños, ya que la mayoría no fueron valorados por lo que eran sino por lo que debían ser. Lo triste es que rara vez ven cumplidas sus expectativas, ya que el dinero y el «poder» no pueden comprar la autoestima de la que carecen. No les queda otra que compensarla con una montaña de vanidad, narcisismo y megalomanía (cuanto mayor es una carencia mayor es su compensación: «Dime de qué presumes y te diré de qué careces»). Incapaces –por miedo– de profundizar en sí mismos y de encontrar su riqueza interior, no les queda otra que identificarse con lo que tienen en vez de con lo que son, confundiendo el yo-soy con el yo-tengo. Y si lo que tienen se esfuma de repente, también sus vidas se esfuman en poco tiempo. No es de extrañar que tantos de ellos se suiciden o se dejen morir de apatía o enfermedad cuando, por algún «infortunio», pierden gran parte de su dinero y poder, pues el horror al vacío, al no-ser, es muy superior al deseo de vivir y superarse.

 Pero no hace falta ser multimillonario para convertirse al yo-soy-lo-que-tengo. Obsérvese cómo cambia para peor la personalidad del modesto trabajador cuando se le otorga un cargo superior al acostumbrado. Quizá todos hemos conocido al ahorrador recalcitrante que pasa toda su vida acumulando un dinero que nunca utiliza «porque nunca se sabe lo que puede pasar». A diferencia del espléndido millonario, viste casi siempre con harapos y rara vez admite tener algún dinero, y si a bien tiene gastarse unos céntimos por los demás –pues por lo común sólo paga lo suyo–, lo hará, muy a su pesar, para guardar las apariencias, aunque semejante generosidad habrá de ser recompensada por su afortunado invitado a base de muy persistentes recordatorios. Este tipo de sujetos sólo vive de acuerdo a lo que tiene (guardado), compensando su inseguridad y total desconocimiento de sí mismo con una suerte de seguro material que le aporta la sensación de poseer algo completamente propio que no le pueden arrebatar. Ni siquiera cuando se ve próximo a la muerte gasta más de lo acostumbrado, de hecho gasta menos de lo acostumbrado, pues conservando intacto su dinero sentirá que todavía no lo ha perdido todo.

 Ahora bien, no se necesitan bienes materiales para pertenecer a este club de discapacitados emocionales. A diferencia del millonario espléndido y el mugroso avariento, que viven de acuerdo a lo que tienen, hay quienes sólo viven de acuerdo a lo que tendrán (yo-soy-lo-que-tendré). Es el caso de tantos fanáticos religiosos que, temerosos como niños de cuestionar ciertas normas y de actuar por voluntad propia, tratan de compensar su vacío, su desconocimiento de sí mismos, con la promesa o la ilusión de lo que (sí) serán y de lo que por fin obtendrán. Su actitud es similar a la de esos niños que reprimen su espontaneidad y sus verdaderos sentimientos con el fin de ganarse el caramelo que les han prometido si se portan bien. 

Tanto unos como otros viven de acuerdo a lo que tienen o tendrán, y no a lo que son.



José Carlos Andrade García

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