jueves, 19 de febrero de 2015

Idealizaciones infantiles de la religión


Cuando se convierte a un sabio en Dios, se corre el riesgo de que el común de los mortales contravenga o ignore su ejemplo con la excusa de ser solamente humano. Hacer de Jesús el único hijo de Dios sólo sirvió para convertirlo en un ídolo intangible y deshumanizado, en vez de un ejemplo práctico y asequible para los hombres. Pues ¿qué enseñanza puede extraerse de alguien que caminaba sobre el agua, convertía el agua en vino y resucitaba a los muertos? ¿De alguien que supuestamente no mantenía relaciones sexuales y ni siquiera era hijo de hombre? La posibilidad de una profunda comprensión espiritual fue mezquinamente sustituida por una simple y primitiva idolatría, producto del temor y la admiración del hombre emocionalmente inmaduro hacia la «todopoderosa» figura del "líder", un subproducto del padre autoritario.

      El mito «divino» creado en torno a Jesús y María es el producto de un anhelo infantil fallido, una proyección de nuestro deseo insatisfecho de afecto y comprensión sin condiciones. A través de estas figuras idealizadas, nuestro ego infantil –nuestro niño interior– recupera de algún modo el prototipo de padre y madre soñados. Es el mismo sentimiento que tiene el niño de sus padres cuando aún no posee un conocimiento objetivo de la realidad, y que más adelante empieza a desmoronarse a medida que avanza su desarrollo cognitivo. Jesús es la culminación de una idealización infantil que no puede desmoronarse precisamente por su desvinculación con la realidad. ¿Quién querría imaginarse a un Jesús absolutamente humano y con necesidades fisiológicas elementales, o si quiera eructando, rascándose, riéndose a carcajadas, pareciéndose cada vez más a nuestros padres y educadores? De igual manera la Virgen María representa a la madre soñada: pura, intacta, inmaculada, incapaz de ceder a tentación o bajeza alguna. A esto hay que añadir el fenómeno del tiempo, pues cuanto más se prolonga el tiempo desde la muerte del mito, mayor es la tradición y cultura en torno a su figura, ya que el ego funciona con más proyección a mayor espacio de tiempo transcurrido.

      La parábola del Árbol del Conocimiento es otra prueba evidente de idealización infantil y manipulación. Cualquiera con un mínimo de psicología sabe que sólo basta prohibirle una cosa a un niño para despertar su curiosidad e incitarlo. No fue precisamente el hombre quien cometió el pecado original. ¿Qué necesidad había de romper el orden natural de las cosas creando y dando a conocer esos dos árboles prohibidos? Esto es como un padre que muestra a su hijo un cajón lleno de golosinas para acto seguido prohibirle que se las coma. ¿Por qué trastornas así al niño? ¿Qué morboso placer te lleva a despertar su ansiedad y desasosiego? Si el niño es un poco inteligente y curioso –y no un robot que hace lo que se le mande–, se hará con los caramelos en cuanto pueda. La serpiente no será más que una metáfora de su voz interior impulsándole a seguir su anhelo, su instinto de supervivencia. Si este dios supuestamente sabio, que todo lo sabe, previó las consecuencias de aquello, ¿por qué se sirvió de esta sucia artimaña para condenar al hombre y hacerlo sentir culpable, cuando el único culpable de toda esta historia es Él? La respuesta a esto lo podemos ver hoy día en la mayoría de los hogares: muchos padres necesitan amenazar y chantajear emocionalmente a sus hijos para así dirigirlos o controlarlos más eficazmente, lo cual denota una gravísima falta de honestidad y humildad. Así, por ejemplo, Dios le dijo a Adán que si comía el fruto del árbol prohibido moriría ese mismo día (Génesis 2:17). Adán comió el fruto y vivió una larga vida de 930 años (Génesis 5:5).

      Quienes escribieron los primeros pasajes del Antiguo Testamento conocían muy bien el concepto de pecado original, pues ellos mismos lo habían sufrido de niños en sus propias carnes. Mediante metáforas supieron definir algo que hasta entonces se había transmitido inconscientemente de generación en generación. El concepto ya existía mucho antes del dios bíblico y sigue repitiéndose hoy día en millones de hogares de todo el mundo, donde los hijos toman veladamente de sus progenitores esta silenciosa ley de poder para aplicársela sin escrúpulos a sus futuros descendientes.



José Carlos Andrade García

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.