domingo, 22 de febrero de 2015

La inmoralidad de ser feliz


Existe un placer generalizado en la desdicha. Hay quienes siendo desdichados pueden identificarse con la desdicha de los demás y sentirse arropados, protegidos. Pero siendo felices… ¿Con quiénes van a compartir su felicidad? ¡Casi nadie es feliz! Además, ¿para qué buscar la felicidad cuando en la desdicha todo el mundo se preocupa y se compadece por ellos? ¿Quién quiere ir en busca de una felicidad que quizá sólo sirva para humillar a los demás, para evidenciar su cobardía y falsedad? ¿Quién quiere convertirse en el blanco de todas las iras y envidias? Como el placer de la desdicha no les llena lo suficiente, se han inventado un paraíso en la otra vida para seguir soñando con la felicidad. De esta manera la esperanza les sirve como excusa para no cambiar nada, lo que a su vez les sirve para hacer más soportable el sufrimiento. Y tanta esperanza tienen de que les llegará la felicidad, que cuando llega o se aproxima la dejan pasar para no perder nunca la esperanza.

Solventar sus problemas significaría responsabilizarse de sus actos y entrar en un terreno desconocido. Solos en un paraíso inexplorado, sin filtros... ¿Por cuánto tiempo resistirían? “Más vale malo conocido que bueno por conocer”, dicen. Antes que afrontar el más mínimo riesgo prefieren suicidarse en el sopor del hastío. No obstante buscan calmantes ideológicos que les alivien el sufrimiento, la depresión. 

Los autores bíblicos que idearon el paraíso terrenal se imaginaban un lugar donde todo venía ya dado por obra y gracia de Dios. Ahora bien, si la comida te cae de los árboles o del cielo, ¿para qué buscarla? ¿Para qué cultivarla? Si no hay un lugar a dónde ir porque todo es bello y perfecto, ¿para qué moverse? ¿Para qué caminar? Si la tecnología no es necesaria porque Dios ya provee, ¿para qué pensar? Es de imaginar que con el paso del tiempo los habitantes de este infierno terrenal mutarán por obra y gracia de la inactividad hasta convertirse en una especie de gusanos hipermórbidos sin cerebro y con pequeños apéndices en los costados que sólo utilizarán para alcanzar la fruta caída o cambiar de postura.

Entendamos la felicidad en toda su dimensión. No es vivir como bebitos sin responsabilidades en una especie de jardín de infancia o en una burbuja de placer de espaldas al dolor y la “injusticia”. La felicidad no surge de eliminar todo lo “malo” sino de asimilar con valor y entereza las cosas buenas y “malas” que nos ofrece la vida. La felicidad nace de la honestidad, del sentimiento de realización, del sentido de la responsabilidad y el compromiso. Lo importante no es lo que nos sucede sino la actitud ante lo que nos sucede. ¿Acaso eliminando todos los virus y gérmenes del planeta eliminaremos las enfermedades? Al contrario: debilitaremos las defensas del cuerpo humano y generaremos nuevas y muy variadas enfermedades mortales. Si eliminamos a los depredadores eliminaremos también a los herbívoros, que se multiplicarían sin freno hasta arrasar con toda la vegetación, lo que conllevará su propia extinción y la del resto de seres vivos. Cualquier eslabón es necesario aunque parezca torcido. Si todos los días fueran soleados la vida sería un desierto sin vida.

Lo que llamamos “el bien” y “el mal” son dos caras de una misma moneda, como lo es el día y la noche, la inspiración y la expiración. Lo uno no es lo contrario de lo otro sino su complemento. La aberración no surge de lo malo sino de intentar  silenciar, abominar todo lo supuestamente malo. La vida es Una, los opuestos se complementan. Elegir el bien es invitar al mal. Elegir la santidad es invitar al sadismo. Elegir la virtud es invitar a la indecencia. A mayor esfuerzo por apartar el objeto indeseado, más irreconocible se vuelve con el objeto deseado, a tal punto que uno ya no sabe distinguir dónde empieza uno y dónde acaba el otro. Podemos elegir una cosa y creer que nos hemos separado de la otra, de su antítesis, pero eso es una falsa ilusión que paradójicamente nos volverá cada vez más dependientes del objeto indeseado. Así funciona la vida. Quien desecha la memoria de la infancia para no enfrentarse a sus miedos, a los traumas de la niñez, quedará emocionalmente preso en ese mismo nivel infantil. La humildad elegida por el “santo”, por ejemplo, le llevará inevitablemente a la vanidad, que cada vez tomará más fuerza gracias a los “admirables” esfuerzos de éste en su vano esfuerzo por ser humilde. El creciente temor a la tentación le incitará al ayuno y a las flagelaciones, pasando de santo a torturador y verdugo de sí mismo. El objeto indeseado es como un gigantesco termitero que poco a poco nos va devorando.

Esto no significa que debamos aceptar la injusticia sin jamás combatirla sino al contrario: debemos combatir la injusticia sin jamás huir de ella o resignarnos, pues ya he dicho que cuanto más huimos de lo “malo” más nos encerramos en lo malo. Pero no es cuestión de elegir una cosa y abominar lo contrario, sino de confiar, de amar. El amor sabe en todo momento, no necesita elegir porque es puro, espontáneo, hace lo que tiene que hacer en este mismo instante sin mirar al pasado ni al futuro. El amor combate la injusticia sin otro fin que combatir la injusticia; no condena ni juzga, no está a favor o en contra de nada, no trata de ser más democrático o crear un nuevo orden social (que bien podría degenerar en otra dictadura), pues el amor no es idealista ni político sino espiritual, universal, sabe que no existirá paz ni libertad social mientras no exista paz ni libertad en el interior de cada ser humano. La auténtica revolución está en la consciencia. El amor es como una lente que nos permite ver la realidad de cerca, sin ilusiones, miedos o esperanzas. Puede ver algunas cosas aparentemente negativas como positivas, y viceversa. Por eso digo que no es cuestión de elegir sino de vivir, de aceptar con regocijo todo lo “bueno” y “malo” que nos sucede. ¿No es mejor vivir la vida como una aventura, sin prejuicios ni ideas preconcebidas que sólo sirven para dividirnos y enfrentarnos? ¿No es mejor abrirnos a la energía universal y dejar que nuestras acciones vengan dadas de manera natural, espontánea, sin las interferencias del prejuicio y las ideologías?

    Un granjero vivía en una pequeña y pobre aldea. Sus vecinos le consideraban afortunado porque tenía un caballo con el que podía arar su campo. Un día el caballo se escapó a las montañas. Al enterarse los vecinos acudieron a consolar al granjero por su pérdida. "Qué mala suerte", le decían. El granjero les respondía: “Buena suerte, mala suerte, quién sabe”. Unos días más tarde el caballo regresó trayendo consigo varios caballos salvajes. Los vecinos fueron a casa del granjero, esta vez a felicitarle por su buena suerte. “Buena suerte, mala suerte, quién sabe”, contestó el granjero. El hijo del granjero intentó domar a uno de los caballos salvajes pero se cayó y se rompió una pierna por tres sitios. Otra vez, los vecinos se lamentaban de la mala suerte del granjero y otra vez el anciano granjero les contestó: “Buena suerte, mala suerte, quién sabe”.
   Transcurrieron algunas semanas y Japón le declaró la guerra a China. Los emisarios del emperador recorrieron todo el país en busca de jóvenes saludables para ser enviados al frente de batalla. Al llegar a la aldea, reclutaron a todos los jóvenes, excepto al hijo del labrador, quien tenía la pierna rota. Ninguno de los muchachos regresó vivo. Los aldeanos, ¡cómo no!, comentaban la buena suerte del granjero y cómo no, el granjero les dijo: “Buena suerte, mala suerte, ¿quién sabe?

Ésa es la actitud.

Si sólo nos enfocamos en cosas negativas, atraeremos más de lo mismo. Si en cambio nos enfocamos en el presente, viviendo con total intensidad el ahora, atraeremos cosas positivas a nuestra vida, pues el amor o la lucidez es vivir el ahora sin preconcepciones o condicionamientos ideológicos. Todo depende de la frecuencia vibratoria en la que estemos enfocados. El universo es una recreación mental: atraemos lo que pensamos. El universo siempre corresponde a la naturaleza vibratoria de nuestros pensamientos, es una ley de atracción tan sólida como la gravedad o la electricidad en el plano físico. Lo que llamamos “mala suerte” es el resultado de nuestros miedos, de nuestros pensamientos negativos. Somos libres de enfocarnos en la felicidad o el sufrimiento. Si nos enfocamos en el sufrimiento, el universo hará todo lo posible por satisfacer nuestra elección. Por desgracia la mayoría de las personas se enfocan  inconscientemente en las cosas que temen o no desean, atrayendo a su vida eso mismo que temen. Somos literalmente el producto de nuestros pensamientos. Aunque en realidad no son “nuestros” pensamientos, no los creamos, simplemente los interpretamos en base a la frecuencia vibratoria en la que estamos enfocados. A mayor frecuencia, mayor calidad de pensamiento.

Es importante comprender el valor de la lucidez, del amor. De no conocer y experimentar la impureza y las bajas pasiones no conoceremos la pureza, aunque hayamos nacido con ella. Muchos indígenas que crecieron en libertad y armonía en la selva se dejaron seducir por los “encantos” de la civilización... Lo tenían todo y lo abandonaron. Así es la pureza: solo muestra su poder cuando la sabemos valorar, y eso solo se consigue después de mucho dolor, cuando nos damos cuenta de lo mucho que hemos perdido y lo poco que hemos ganado. ¿Mereció la pena dejar de respetarnos para ganarnos la respetabilidad o el temor de los demás? Como a la mayoría nos imbuyeron de pequeños el temor a la espontaneidad, a los verdaderos sentimientos, a las tentaciones, como nos dijeron que las cosas se aprenden con dolor (“quien bien te quiere te hace sufrir”), no conocemos otra cosa que la infelicidad, a la que defendemos con uñas y dientes disfrazándola con términos tan respetables como religión, educación, familia, política, escuela… Y así la infelicidad pasa de ser un sentimiento a convertirse en nuestra identidad cuando somos adultos.

El odio, como dicen los taoístas, no es una energía, una presencia como el amor, sino la ausencia de amor. Por eso es tan poderoso porque en realidad no existe, no se le puede destruir. Es sólo eso: un reflejo, una sombra del miedo. Es ausencia de amor, producto del deseo insatisfecho de ser amado y comprendido. Y esta insatisfacción genera resentimiento, envidia, rencor. Todas las bajas pasiones surgen de esta ausencia de amor. Sólo odian quienes no han sido comprendidos ni amados incondicionalmente. Por eso el odio no existe como tal. Ni tampoco el mal. No hay personas malas sino inconscientes, y la inconsciencia no es más que ausencia de consciencia, volvemos a lo mismo. En cambio el amor no necesita una causa o un porqué. Teniéndose a sí mismo lo tiene todo. Ahí está el quid de la cuestión: el odio es incapaz de mantenerse por sí mismo ya que necesita una causa para existir. Siendo esa causa la ausencia de amor, no puede existir por esa misma ausencia. Y esa imposibilidad de existir, de satisfacerse, de evolucionar, es lo que conduce al desequilibrio y al caos. Lógicamente es imposible destruir el odio, pues la ausencia no se puede destruir, pero desaparece cuando la llenamos de  presencia. Tampoco la oscuridad puede destruirse, pero desaparece cuando la iluminamos. La oscuridad es ausencia de luz, de la misma manera que el odio es ausencia de amor. El ser humano es destructivo porque vive en la ausencia de sí mismo, en el miedo. Por eso es tan importante la meditación, la lucidez, porque nos conecta de nuevo al amor, que es pura presencia. El odio, por tanto, es consecuencia de la falta de amor, o del amor condicionado, del chantaje emocional. Debemos aceptarlo como un proceso natural de la vida. Sí, a veces la vida puede herirnos de muchas maneras, pero de nosotros depende curar las heridas o dejar que se infecten. El dolor no es el problema sino la manera en que reaccionamos al dolor.

La felicidad no es negar el sufrimiento sino verlo en su justa medida. Es ver la flor antes que la espina; ver la mariposa antes que el gusano; ver la experiencia antes que el fracaso. No se puede ser feliz sin hacer feliz a los demás, ni se puede hacer feliz a los demás sin ser feliz. No podemos terminar con el sufrimiento en el mundo pero sí podemos elevar la consciencia de quienes sufren. Mahatma Gandhi dijo una vez que la felicidad está en la lucha, en el “sufrimiento” que supone la lucha misma, y no en la victoria misma. Ésa es la actitud. El universo está en continua y permanente evolución o expansión. Nuestra misión es seguir expandiendo nuestra consciencia. Hay otro precioso cuento que ayudará a entender lo que digo.

   Había una vez un escritor que vivía a orillas del mar, donde pasaba temporadas escribiendo y buscando inspiración para su libro. Una mañana mientras paseaba a orillas del océano vio a lo lejos una figura que se movía de manera extraña como si estuviera bailando. Al acercarse vio que era un muchacho que se dedicaba a coger estrellas de mar de la orilla y lanzarlas otra vez al mar. El hombre le preguntó al joven que estaba haciendo. Este le contestó:
   —Recojo las estrellas de mar que han quedado varadas y las devuelvo al mar; la marea ha bajado demasiado y muchas morirán.
   Dijo entonces el escritor:
   —Pero esto que haces no tiene sentido, primero es su destino, morirán y serán alimento para otros animales y además hay miles de estrellas en esta playa, nunca tendrás tiempo de salvarlas a todas.
   El joven miró fijamente al escritor, cogió una estrella de mar de la arena, la lanzó con fuerza por encima de las olas y exclamó:
   —Para ésta… sí tiene sentido.

La felicidad no es una actitud sino la consecuencia, el reflejo de una actitud. Si buscamos la felicidad en el amor o el dinero sólo encontraremos sufrimiento. La felicidad no es un objeto que se pueda codiciar o encontrar. Hay quienes cambian mil veces de pareja buscando a la persona ideal que ven en las películas o leen en los libros. Pero ir en busca del amor es tan ridículo como ir en busca de la vida. El amor se vive o no se vive. Quien realmente vive la vida encuentra el amor en todas partes, pues vivir y amar es lo mismo. Dejemos, pues, de buscar la felicidad y vivamos el ahora con plena atención y confianza, y entonces la felicidad brotará sin más.

La felicidad no es un estado de ánimo o un sentimiento que elijamos, sino la propia energía universal. Es la esencia misma del universo, de la consciencia, de la naturaleza. Cuanto más conectados estamos a esa energía, que ya está en nosotros, mayor es nuestra lucidez y salud, pues el cuerpo -que es una manifestación física de esa energía- siempre responde positivamente a la felicidad. El cuerpo está hecho especialmente para vivir en respuesta positiva, resintiéndose o enfermando cada vez que lo envenenamos con miedos y odios. La felicidad, por lo tanto, no es solo un estado mental sino pura física y química.

Si los humanos y sus naciones desearan realmente el poder, en vez de declararse guerras deberían declararse el amor, pues no hay poder mayor en el universo.


José Carlos Andrade García

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