sábado, 14 de febrero de 2015

La religión del miedo


Los mayores negocios del ser humano han girado en torno a sus miedos más básicos. El miedo a la pobreza y a la enfermedad, por ejemplo, ha generado enormes beneficios a la banca, a la política, a las aseguradoras, a las industrias farmacéuticas y a las sociedades médicas privadas. El miedo a la soledad, al silencio, alimenta el emporio del entretenimiento: el cine, la televisión, Internet, los videojuegos, la telefonía móvil…, y si a eso le unimos el miedo al rechazo, al fracaso, a los recuerdos de la infancia, tenemos el suculento negocio de la droga.

Sin embargo nada puede compararse al miedo a la muerte, a la mortalidad del alma, de ahí el monstruoso negocio de las religiones. No es de extrañar que frecuentemente se catalogue a la Iglesia Católica como mafia, pues su estructura jerárquica, su ambición de poder y modus operandi recuerdan a ésta: no paga impuestos (al menos en España, cuyo Estado deja de ingresar entre 1000 y 2500 millones de euros al año, que bien podría destinarse a labores humanitarias), es mantenida o financiada por el pueblo, es propietaria y expropiadora de ingentes terrenos por el sólo hecho de pertenecer a «un poder sagrado» (es el segundo propietario inmobiliario del país, después del Estado), elusión fiscal, que utiliza para sus negocios en bolsa, blanqueo de dinero en el Vaticano y sobreprotección a muchos de sus miembros por sus crímenes sexuales a menores, en tanto reprime sin miramientos a teólogos honestos mediante la imposición del silencio o la expulsión de sus cátedras. Otro asunto a tener en cuenta: mientras una vulgar mafia se sirve de la amenaza de la muerte física, la religión cristiana se sirve del chantaje emocional y la amenaza de la condenación eterna, incomparablemente más eficaz que la muerte física. ¿No es paradójico, por cierto, el íntimo vínculo histórico entre la Cosa Nostra y la Iglesia?

Si tan difícil es rehacer o restaurar la religión católica es porque todo su poder nació precisamente del miedo, de la amenaza de tales conceptos. Ya lo intentó, por cierto, el papa Juan Pablo II. «El cielo», dijo en el verano de 1999, no es «un lugar físico entre las nubes. El infierno tampoco es “un lugar”, sino la situación de quien se aparta de Dios. (…) El Purgatorio es un estado provisional de “purificación” que nada tiene que ver con ubicaciones terrenales». En la audiencia del miércoles 28 de julio de 1999 dijo: «Las imágenes de la Biblia deben ser rectamente interpretadas. Más que un lugar, el infierno es una situación de quien se aparta de modo libre y definitivo de Dios».

A riesgo de relajar los miedos a la amenaza infernal y convertir su vasto imperio en una vulgar ONG, el siguiente papa Benedicto XVI volvió al lado oscuro del cristianismo apostando por unos principios agresivos y coercitivos: «El infierno existe y es eterno», afirmó en una exhortación pastoral el 13 de marzo de 2007, desvincularse así de una sociedad europea que ya no creía en cuentos de miedo. El resultado fue previsible: desinterés absoluto de la mayoría de los jóvenes europeos por el catolicismo romano, que sirvió para vaciar aún más las ya deshabitadas iglesias (por no hablar de la gran oleada de casos de pederastia y corrupción en el seno del Vaticano). De esto debieron percatarse los actuales dirigentes eclesiásticos, porque la elección del último papa Francisco es un arreglo provisional ante tanta hipocresía y ruindad.

La Iglesia tiene suficiente poder económico como para frenar, o al menos aliviar, la desnutrición infantil y el crecimiento desbocado del sida, además de un enorme poder de concienciación y movilización capaz de alterar la política global en aras de la paz y la prosperidad. Por desgracia utiliza tal poder para redundar en manidos discursos «morales» –no exentos de chantaje emocional– o manifestaciones generalmente antiabortistas y homófobas que no hacen sino crear más violencia y discriminación en todo el planeta. Lejos de buscar soluciones a la pobreza, su política de «caridad» la fomenta y perpetúa, negándole al sufriente los medios para solucionar sus problemas. En vez de aplicar programas eficientes contra la pobreza (junto a organizaciones como la ONU y Amnistía*), la curia romana se alimenta de ella como un parásito, utilizando el miedo para enriquecer sus arcas.

La religión es el mejor método que los humanos hemos encontrado para aliviar nuestro miedo a la muerte, así evitamos enfrentarnos a lo desconocido y superar nuestras limitaciones mentales. Pero hemos pagado un precio demasiado alto por nuestra cobardía.



* En 2007 la Iglesia Católica manifestó que retiraba su apoyo económico a Amnistía Internacional por entender que esta organización adoptaba la decisión de apoyar el aborto inducido. Esta declaración fue reacción a la decisión del Consejo Internacional de Amnistía de defender el derecho al aborto de las mujeres en los casos de violación, riesgo para la salud de la madre e incesto. Como respuesta al Estado Vaticano, Amnistía Internacional publicó una declaración donde recordó que la organización no recibe apoyo económico del Estado Vaticano ni de ningún otro estado para la realización de sus tareas de investigación, denuncia y campañas en defensa de los derechos humanos, además añadió que: "La política de Amnistía Internacional sobre derechos sexuales y reproductivos no promueve el aborto como derecho universal, y la organización guarda silencio sobre la bondad o maldad del aborto".   


José Carlos Andrade García

    

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