jueves, 19 de febrero de 2015

La "sagrada" codicia





Muchos budistas e hinduistas evitan responsabilizarse y tomar iniciativas para mejorar o solucionar la desigualdad, la injusticia. Dicen: “¿Por qué iba yo a infringir la ley divina? ¿Por qué iba yo a mejorar las condiciones de unas personas que merecen pagar por los desaciertos de su anterior vida?”. Como la miseria viene dada por el karma, ¿para qué salir de ella? ¿Para qué buscar alternativas? ¿Para qué seguir el progreso y vivir dignamente?... Semejante filosofía  sólo ha servido para promover la cultura de la indolencia y el fatalismo, para engordar la injusticia, la marginalidad, la miseria y con ello la inconsciencia global, haciendo cada vez más difícil cualquier avance. Es evidente que el ser humano necesita conocer la inconsciencia para ser más consciente: conocer sus errores pasados para no volver a repetirlos, pero no tiene sentido mantenerse indefinidamente en la inconsciencia. El sufrimiento extremo de un niño no es justificable ni aleccionador de ninguna manera sino al contrario: sólo conduce a más destrucción y ceguera. “Ojo por ojo y el mundo acabará ciego”. Es cierto que recogemos lo que sembramos pero no hay que esperar una próxima vida para sufrir las consecuencias de nuestros actos. Nacemos y morimos a cada instante. La energía universal actúa en el presente, cualquier acción conlleva instantáneamente su reacción, por lo que no tiene sentido revolcarse en el sufrimiento con la excusa de estar pagando los errores pasados. Eso se llama indolencia, irresponsabilidad, masoquismo. Sufrir por sufrir no lleva a nada excepto a una inconsciencia mayor. Y a mayor inconsciencia, menor posibilidad hay de evolucionar, de comprender la causa de nuestra desdicha. Si no conocemos otra cosa que el sufrimiento, ¿cómo vamos a conocer la felicidad? No podemos esperar a que la inconsciencia se convierta por sí sola en consciencia. De actuar así, sólo estaremos expandiendo la inconsciencia, alimentando el odio hasta que sea demasiado tarde para detenerlo.


Nuestros errores pasados no los pagamos con más inconsciencia sino con más lucidez, sólo así podemos comprenderlos. Y la lucidez sólo puede surgir si hay un cambio, un avance que rompa ese círculo vicioso. Se necesita un buen número de personas conscientes para extender la consciencia, para superar el umbral de la inconsciencia generalizada, de lo contrario el ser humano estará acelerando su fin. ¿Tan difícil es entender que la discriminación y la violencia no aportan ninguna lucidez a quienes la padecen sino todo lo contrario? El propio Hitler sufrió de niño terribles palizas a manos de su padre y la indiferencia de su madre. Quienes defienden la ley del Karma dirán que él mismo fue en otra vida anterior un padre maltratador. Y ¿a qué nos lleva todo esto? A más y más destrucción. La mayoría de los niños maltratados o explotados maltratarán más adelante a sus hijos y a otros niños; los rechazados por la sociedad rechazarán a su vez, como acto reflejo, a quienes muestren la más mínima debilidad, creándose un círculo vicioso de violencia y miseria cada vez más amplio. Sólo hay que ver la tremenda lacra de explotación infantil y violencia que azota a la India para comprender sin demasiado esfuerzo que la obediencia ciega a la ley del karma no ha traído precisamente felicidad y prosperidad a la mayoría de sus habitantes. El mal Karma de Hitler llevó al  sufrimiento extremo y a la muerte a millones de inocentes. ¿Tuvo que morir toda esa gente para que se cumpliera el karma de Hitler? Ahí tenemos el terremoto de Haití del 2010. Casi un cuarto de millón de muertos. ¿Es que todos ellos se pusieron de acuerdo en cometer los mismos pecados en otra vida? ¿Acaso un desastre natural viene dado por el mal karma de quienes lo sufren? Ahora resulta que no son las fallas lo que desencadena un terremoto sino el karma malo de la gente. ¿Y qué decir de los judíos? ¿Tuvieron que sufrir un genocidio por negar a Jesús? ¡Pues vaya dios tan vengativo y racista! Si un chino mata al papa ¿deben ser castigados todos los chinos?


Psicópatas como Hitler, Stalin o Mao son el producto de la sociedad de su tiempo. Cualquier otro podía haber ocupado su lugar, pero ellos alcanzaron el poder en el momento y lugar adecuados. Un aberrante sistema educativo y familiar destruyó su capacidad emocional y los convirtió en máquinas programadas para destruir. Hay muchos humanos así, pero la gran mayoría no llega al poder, y los que llegan no tienen suficiente poder como para declarar guerras o crear campos de concentración. Pero podemos encontrarlos en las multinacionales, en la política, en las finanzas, pueden jugar con el precio de los alimentos, privatizar hospitales y escuelas, iniciar crisis económicas mundiales, llevando a la desesperación y a la muerte a millones de personas. La sociedad misma los crea y ellos se multiplican. Debemos entender que el problema de la humanidad es un problema de fondo, de base. Toda su estructura de poderes está edificada sobre un aberrante sistema de valores que antepone el individualismo, la competitividad y la represión emocional a la colaboración y el respeto, lo que permite que se multipliquen psicópatas como chinches. Ahí está la raíz del problema. Los psicópatas que llegan o no al poder son simplemente la consecuencia o el síntoma de ese problema, pero no el problema. Son como un eccema provocado por un mal hábito. Es muy fácil y cómodo demonizar y responsabilizar de todo a estos inconscientes sin antes preguntarnos qué ha fallado o qué estamos haciendo mal. Todo el poder político, religioso y financiero se levanta a partir de unos inestables cimientos dispuestos por ellos mismos, por lo que no tiene sentido esperar que sean esos mismos poderes quienes arreglen el problema. La solución empieza por cada ciudadano, sólo él puede transformar la sociedad para mejor. Imaginemos cuán lejos habría llegado la humanidad si cada ser humano hubiera encontrado el entorno adecuado para desarrollar todas sus potencialidades. Hitler no es producto del mal, de genes insanos y destructivos, sino de un monstruoso sistema educativo que aniquiló su capacidad emocional. Hitler sacó lo peor de nosotros mismos de la misma manera que Jesús o Buda sacaron lo mejor.


El poder de las religiones se basa de explotar las debilidades humanas, de fomentar el terror, el chantaje emocional, la amenaza del infierno. Juegan a convertir el deseo más profundo del ser humano: la inmortalidad del yo, en una pseudorealidad mediante una suerte de creencias maniqueas muy sugestivas, ofreciéndonos como consuelo una visión irracional pero conveniente de la existencia. Su único principio es el chantaje y la codicia: “Sé humilde y sencillo y serás rico en el otro mundo… Renuncia a los placeres, a los bienes materiales y te liberarás del karma, de la Rueda de Samsara, te ganarás el paraíso”. Pero no es una humildad real y sincera, nacida del corazón, sin condiciones. Es lo mismo que la madre le dice al niño: “Pórtate bien y te ganarás un caramelo”. Que el niño decida no incordiar para ganarse el caramelo no lo convierte en un niño bueno, sino en un niño que está reprimiendo su deseo, su conducta natural. Y la represión trae consigo la disfunción. Por eso las religiones están llenas de reprimidos, de hipócritas, de enfermos, y no de personas sanas y felices, sin pretensiones.

Por una parte te seducen con la zanahoria del cielo mientras te amenazan con la espada del infierno. Te prometen una vida mejor, el paraíso, pero primero has de sacrificarte, huir de los placeres, ayunar, arrepentirte, reprimir tu espontaneidad, tu sensualidad, tus verdaderos sentimientos, etcétera. Una vez consiguen que te sientas culpable de no conseguirlo e insatisfecho, no tendrás más elección que refugiarte en el deseo y la esperanza para colmar en el otro mundo prometido las mismas necesidades que te han prohibido en este. Una perfecta trampa para incautos.




Si el ser humano es simplemente barro y polvo, según los cristianos, ¿qué comunicación espiritual puede tener con la divinidad? Evidentemente ninguna. Para ellos la divinidad es el Padre, el Hijo y el Espíritu santo, un selecto club de varones que no permite la entrada a quien no comparta su calidad sobrenatural, lo cual es descabellado. Lógicamente todo esto sería posible si no fuéramos más que máquinas programadas, simples juguetes sin consciencia en manos de un dios caprichoso y aburrido. Pero está demostrado que la divinidad ya está en nosotros: somos alma, espíritu, somos gotas del mismo océano de consciencia universal operando, según nuestra conveniencia particular, en una determinada frecuencia, por lo que no tiene sentido ninguna división o jerarquía.

Una anécdota cuenta que Albert Einstein fue una vez interrogado vía telegrama por el rabino Herbert S. Goldstein sobre si creía o no en la existencia de Dios. Einstein respondió lo siguiente: “Creo en el Dios de Spinoza, quien se revela así mismo en una armonía de lo existente, no en un Dios que se interesa por el destino y las acciones de los seres humanos”. Las religiones te muestran el camino a seguir para llegar a Dios, pero en realidad sólo te alejan de Él, ya que a Dios sólo lo encontramos cuando dejamos de creer y buscar, cuando vivimos el presente. Dios no existe en el pasado ni en el futuro: la fe o la esperanza. Dios siempre está aquí y ahora. Ya lo dijo Jesús: «Dios es amor». Tan absurdo es creer en Dios como creer en el amor. Pero no es cuestión de creer en el amor sino de enamorarse. No es cuestión de creer en el orgasmo sino de experimentarlo. Quien busca a Dios es porque «cree» que está separado de Él. Es como el perro que persigue su cola. Dios, el universo o como queramos llamarlo, ya está en nosotros, no hay que buscarlo fuera o en los templos. Las religiones, por lo tanto, son contrarias a las personas verdaderamente espirituales, que al carecer de ambiciones o deseos no pueden ser seducidas con promesas celestiales.

La astucia del sacerdote católico, por ejemplo, es hacerte sentir que eres necesario a Dios, quien ha creado leyes para ti, quien ha sacrificado a su hijo para salvarte, que te escucha cada vez que le hablas. Gracias al sacerdote dejamos de sentirnos insignificantes, desvalidos ante las fuerzas de la naturaleza. Fácilmente podemos enfurecer a este dios celoso, sacarlo de sus casillas, desatar su ira, pero también negociar acuerdos con él, arreglar un puesto en el cielo. Como nos dijeron que el verdadero mundo está por llegar, nos distanciamos de la tierra, de nuestras raíces, del presente. Perdimos la alegría de vivir. De pronto la naturaleza dejó de ser nuestra madre para convertirse en nuestra servidora. Nos volvimos ambiciosos, prepotentes bajo una máscara de humildad. La codicia se convirtió en fe.

En occidente el ateísmo es algo así como una simple contra-respuesta al teísmo, a la religión industrializada, a la hipocresía de los prelados. En oriente, en cambio, el ateísmo siempre se ha considerado una religión en toda regla. Buda era ateo, y sin embargo una de las personas más espirituales de la historia humana. Para él era inconcebible la idea de un creador, un inventor cósmico, una entidad separada del hombre, pues, de ser así, éste último no sería más que la máquina defectuosa de su inventor, un autómata incapaz de evolucionar, de trascender sus partes, de ir más allá de su programación «divina». Estaría condenado a no evolucionar, a tropezar indefinidamente en la misma piedra. De igual manera sería imposible el entendimiento entre ambos, ya que al no compartir la misma sustancia de que están hechos no podrían acceder a una comunicación directa y profunda. ¿Acaso una lavadora puede comunicarse espiritualmente con su constructor? Buda sintió, presenció la unicidad del mundo, comprendió a través del silencio, del vacío interior, que todo está intrínsecamente interconectado en una misma sustancia llamada consciencia. Ahora la física moderna ha descubierto que el observador es también lo observado.

Lo que tiene un principio debe tener un fin. Lo que es eterno, intemporal, no tiene principio ni fin. Es irrisorio pensar que algo se creó en un determinado momento y se prolongó eternamente. Eso es puro desequilibrio, tan irreal como una cuerda con un solo extremo cortado. Si el mundo se las arregló antes sin nosotros, ¿por qué no podría seguir sin nosotros? No puede haber inmortalidad sin preexistencia, ni preexistencia sin inmortalidad, son dos caras de la misma moneda. El universo es un perfecto equilibrio de fuerzas. Es muy posible que, como dice la ciencia, el universo naciera de un estallido del espacio,  pero como consecuencia de un proceso cíclico indefinido, pues también dice la ciencia que nada ni se crea ni se destruye, todo se transforma. 

Podemos elegir ser personas maduras y responsables que tratan de dar lo mejor de sí para contribuir a un mundo más justo y sostenible o escondernos en creencias infantiles con la intención de no crecer  ni enfrentarnos a la realidad, convirtiéndonos así en niños-adultos que piden de todo y sólo dan a condición de ser recompensados. Ahí tenemos a los devotos católicos: dicen amar a un dios que al mismo tiempo temen, cuando no hay nada más contrario al amor que el miedo. “¡Cristo ten piedad!”, entonan en sus rezos, como si ese dios al que dicen amar fuera un viejo sádico que necesita que le recuerden de vez en cuando su papel de dios benefactor. Y para convencerlo todavía más lo rematan diciendo: “Perdona nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores”, como si ellos mismos fueran el mejor ejemplo para su dios. ¿Es que no se dan cuenta de su insensatez? Para mí la ética no es un negocio sino una responsabilidad moral, un código personal de conducta. Ahí tenemos a todos esos mártires del cristianismo: se torturaron de todas las maneras posibles para ganarse un puesto de honor en el cielo. ¿Eso los convierte en santos? Más bien en políticos.

Ver la realidad tal cual requiere más fortaleza y coraje que creer en milagros y hadas. Si algo es blanco ¿por qué llamarlo negro? Tengo fe en la ciencia porque a diferencia de la religión se basa en hechos demostrados y te da respuestas objetivas. A diferencia de la religión, siempre fija en un mismo punto de vista irracional, la ciencia ha abierto el camino a la razón y al progreso, avanzando hacia lo desconocido sin mirar nunca atrás. De hecho la ciencia ha ido desarmando desde hace siglos todas las fantasías y mitos de la religión, que solo ha podido observar impotente cómo se echaban por tierra todas sus falsedades. La Iglesia tardó más de trescientos años en darle la razón a Galileo. Ahora avanza cabizbaja recogiendo las migajas de la ciencia. La historia reciente lo demuestra: a medida que la ciencia se ha ido expandiendo y con ello las evidencias, muchos cristianos han adoptado una posición más realista y psicológica de su religión, reinterpretando sutilmente las escrituras: “Lo que la Biblia quiso decir realmente fue...” para encajarlas en rebuscadas alternativas pseudocientíficas. Si hace unos siglos la ciencia intentaba demostrar que no era incompatible con la religión o la Biblia, ahora el estándar se ha invertido: es la religión quien trata de demostrar que no es incompatible con la ciencia. Ya no se trata de reconciliar la ciencia con la religión, sino la religión con la ciencia, pues no hay mayor enemigo para la religión que el progreso.

De hecho, aunque resulte paradójico, la ciencia nos revela nuestra ignorancia: acertamos más por agotamiento de posibilidades que por intuición. Pero a diferencia de la religión, la ciencia siempre ha sabido reconocer sus errores. Se habla mucho de los santos, de los mártires de la religión y muy poco de los mártires de la ciencia, que no son pocos. ¿En qué cielo están los que se opusieron a las mentiras de la religión y dieron su vida por la razón y el progreso? Las grandes instituciones religiosas nunca han tenido grandeza de espíritu, nunca han sido lo suficientemente humildes como para reconocer que no lo saben todo. Siempre se han declarado infalibles. Aseguran que sólo ellas son poseedoras de la verdad, y no contentas con eso utilizan la amenaza del castigo eterno a quien no cumpla sus preceptos, cuando la realidad es que siempre han seguido impotentes los pasos ya trazados de la ciencia. Tanta mezquindad y arrogancia les ha hecho perder toda credibilidad.

Mientras la religión promete, la ciencia otorga.



José Carlos Andrade García      

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