martes, 10 de febrero de 2015

Un mundo feliz


Nos hemos convertido en obsesos de la funcionalidad, del beneficio. La sanidad, la educación y el trabajo ya no dependen tanto de los derechos humanos como de los beneficios económicos que generan a las industrias privadas. Es una realidad que las escuelas y los hospitales están siendo dirigidos cada vez más por industrias o sociedades privadas, quién sabe si con el tiempo se convertirán en bienes bursátiles. Este desenfreno de funcionalidad ya lo están pagando nuestros niños con todo tipo de enfermedades relacionadas con el estrés y la ansiedad. Ahora son el 40 %, la siguiente generación quizá llegue al 100 %. El futuro estará habitado exclusivamente por disfuncionales.

Cuántas veces  hemos oído hablar a los siervos de la ciencia de la cantidad de tiempo que perdemos durmiendo. ¡Más de 30 años de nuestra vida! Hay genetistas que ya están buscando remedios para eliminar el sueño o al menos acortar su número de horas. No se dan cuenta de que gracias a esos 30 años podemos estar despiertos más de 40 años, y cuando digo despiertos no me refiero a estar solamente con los ojos abiertos. Ahora dicen que el 95% del genoma humano es inservible, basura. El hombre tiende a discriminar lo que no conoce o no quiere conocer. Pero si fuera verdad lo que afirman, tendrían que reconocer que ese 95% de genes «inservibles» hacen posible que el 5 % de genes restantes sean útiles, de la misma manera que el 99 % de un árbol hace posible la savia que fluye de sus raíces.            

Hoy día, en algunos centros médicos muy selectos, es posible tener un niño a la carta. De momento podemos elegir el sexo y poco más, pero en unas décadas podremos manipular sus genes para que tenga el pelo rubio y los ojos azules del abuelo, sanear todo su genoma para que nunca padezcan enfermedades crónicas o hereditarias, eliminando así todas las posibles amenazas. Podremos elegir al niño perfecto. Pero sólo aparentemente, ya que al eliminar sus genes potencialmente nocivos o inservibles eliminamos también muchas de sus defensas naturales, por no hablar de importantes funciones genéticas que aún desconocemos. Eliminando el veneno también eliminamos el contraveneno. Eliminando eslabones torcidos rompemos la cadena de la propia vida. La funcionalidad total se convierte en extinción total.


José Carlos Andrade García  

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