domingo, 18 de marzo de 2018

La teoría de la involución






Existe la involución pero no la evolución. Nada necesita ser superior o mejor a su propia esencia, pues la esencia ya es perfecta, completa. Desde un sentido religioso y temporal, el principio era el Verbo, y el Verbo era Dios, la perfección, por lo tanto no había nada que crear, pues todo estaba ya creado desde siempre, todo era eterno e inmanente. Desde un sentido existencial, la Nada era el Todo y el Todo era la Nada; no había nada de más ni de menos.

Y sin embargo surgió la involución. ¿O siempre existió?

Como dice el 4º y 5º Principio del Kibalion, “Todo es doble, todo tiene dos polos; todo, su par de opuestos: los semejantes y los antagónicos son lo mismo; los opuestos son idénticos en naturaleza, pero diferentes en grado; los extremos se tocan”. “Todo fluye y refluye; todo tiene sus períodos de avance y retroceso, todo asciende y desciende; todo se mueve como un péndulo; la medida de su movimiento hacia la derecha es la misma que la de su movimiento hacia la izquierda; el ritmo es la compensación”. Así pues, todo tiene una doble naturaleza que es y no es al mismo tiempo, que es atemporal y temporal, que avanza o retrocede hasta llegar al mismo punto de partida, a su esencia, una y otra vez. El eterno retorno de lo mismo, como diría Nietzsche. ¿Qué otra cosa es la civilización humana sino esta dualidad llevada a su máxima expresión? El ser humano es perfecto en su imperfección. Él es Dios hecho hombre; espíritu y materia; eterno y mortal; divino y estúpido; por lo tanto no necesita evolucionar: él contiene todas las posibilidades existentes.

Puesto que la perfección necesita de la imperfección para existir, de la misma manera que la luz necesita de la sombra para definirse como luz, el ser humano está abocado a una progresiva involución circular que lo llevará finalmente al mismo punto de partida, para nuevamente repetir el ciclo. Siendo perfecto e imperfecto al mismo tiempo, solo necesita equilibrar sus polaridades como el péndulo de un reloj para perdurar el mayor tiempo posible en cada uno de los ciclos. Por eso el progreso es ilusorio, y la tecnología no es más que una aceleración de esta involución. Esto lo podemos ver hoy día con todos nuestros aparatos tecnológicos, cada vez más refinados y sensibles, pero también más tóxicos, radiantes, cancerígenos, al igual que la alimentación y los medios de comunicación. Nada que ver con los tiempos en que no existían las fronteras ni las religiones institucionalizadas ni las grandes guerras, donde el hombre aún conservaba intactas todas sus capacidades racionales, sensitivas y estrasensitivas, manteniendo una íntima simbiosis con la naturaleza, a la que percibía como una madre. ¿Qué otra cosa es la iluminación o el nirvana sino un regreso a la esencia primordial, resultado de un desapego a todo lo superfluo? Esta aguda dependencia actual a la tecnología digital es un primer paso a la era de Horus: el transhumanismo, que no es sino una mecanización progresiva de nuestras capacidades intrínsecas, cada vez más mermadas y replicadas por la inteligencia artificial. La propia realidad está siendo sustituida por la realidad virtual y el ser humano está siendo sustituido por el transhumano o infrahumano. Este es el precio que debemos pagar como especie por nuestra adición a la tecnología, producto de nuestra complaciente indolencia, pero sobre todo por no querer comprender el principio dual del universo. Y si bien no podemos parar esta involución, sí podemos ralentizarla o revertirla durante varios millones de años.

No sin razón hay quienes afirman que a partir de cierto nivel la tecnología se vuelve insana, contraproducente, diabólica. De hecho el satanismo no es otra cosa que una inversión del orden natural por lo artificial: la mano de obra humana por la tecnológica; la sexualidad por la transexualidad; la reproducción biológica por la reproducción artificial o la clonación; y el humano por el infrahumano. Ya no es necesario entrar en una logia satánica ni realizar invocaciones o esperpénticos rituales de sangre y sexo para declararse satánico o luciferino, pues la propia tecnología ya nos sataniza y deshumaniza a través de incontables dispositivos digitales, aislándonos del medio natural y desvinculándonos cada vez más de la familia, del trabajo productivo, de las relaciones sociales y sexuales. A partir de cierto nivel, la tecnología parece cobrar vida por sí sola y todo parece invertirse: ya no es el humano el que se sirve de la tecnología sino que es ésta la que se sirve del ser humano para refinarse y replicarse cada vez más, invadiendo y conquistando competencias anteriormente humanas sin que éste pueda hacer nada por evitarlo. Ni siquiera es necesario planear nada: si la reproducción artificial y la  clonación es tecnológicamente posible, se realizará. Al principio con cierto comedimiento y reservas, y después de manera generalizada, llegando a ser la norma. Ahí está lo diabólico de la tecnología: a partir de cierto punto ya no se la puede frenar. El ser humano será gradualmente sustituido por el infrahumano, y el satanismo triunfará sin necesidad de invocaciones ni sacrificios humanos, puesto que el ser humano ya habrá sido sacrificado.

Algunas comunidades indígenas del planeta han sido conscientes de los peligros de la tecnología y han intentado ser fieles a sus arcaicas tradiciones aun siendo obligados a utilizar vestimentas y utensilios occidentales. Solamente una comunidad occidental como los Amish fueron capaces de llegar a la misma conclusión (aun siendo tachados de fanáticos religiosos), manteniendo unos estrictos principios de austeridad y sirviéndose de un nivel tecnológico siempre anterior a la revolución industrial, aunque sin demasiado éxito por lo visto. Parece que esto también lo sabían las grandes culturas de la protohistoria humana. Parece que conocían este principio y se cuidaron mucho de no alejarse de la naturaleza, del equilibrio, realizando imponentes construcciones con los propios materiales del entorno. Parece que toda su tecnología estaba en sintonía con el medio natural, aun contando con conocimientos y avances muy superiores a nuestra tecnología actual. Parece que durante un tiempo, quizá varios miles de años, consiguieron frenar la involución a la que estaban abocados. Pero algo terminó con ellos. ¿Quizá la sugestión les jugó una mala pasada? ¿Quizá se programaron inconscientemente para cumplir la profecía? ¿Para ser testigos del espectáculo de su propia destrucción?



José Carlos Andrade García


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