jueves, 10 de mayo de 2018

Padres infantiles


Los padres que gritan o pegan a sus hijos no hacen sino descargar la frustración del niño incomprendido que (emocionalmente) siguen siendo, ya que tratan de compensar mediante una autoridad incuestionable las atenciones y el grado de poder de que carecieron –es el llamado trauma identificativo: la persona proyecta su pasado traumático en otros para así identificarse con las fuerzas que produjeron su trauma, lo cual le provee de un sentimiento de poder–. Son personas sin autoestima que utilizan la amenaza y la fuerza física para competir con sus hijos en superioridad de condiciones, los cuales sólo pueden protestar hasta cierto punto y tomar nota de lo que significa ser adulto: un/a niño/a grande y abusón/a. Estos padres que fueron adiestrados para obedecer desde pequeños, reproducen de modo cruel esta dictadura con sus hijos a fin de sentirse de una vez poderosos y respetados. Los niños, que no dejan pasar un solo detalle, muy pronto aprenden a ver el mundo como una encarnizada lucha de poderes ejemplificada por los padres. Estos angelitos pronto se convierten en pequeños abusones capaces de detectar la más mínima debilidad o diferencia en sus compañeros de escuela, descargando en ellos el odio y la agresividad reprimida en casa. Un círculo vicioso que se repite de generación en generación.        

A un niño jamás hay que castigarlo o reprenderlo con golpes, insultos ni gritos, pues el niño, que todo lo absorbe a temprana edad, aprende que los conflictos sólo pueden arreglarse con agresividad, repitiendo en el futuro este patrón de conducta cada vez que se vea en dificultades. Ahora bien, no hace falta pegar o gritar nunca a un niño para convertirlo en un maniático depresivo, un maltratador o un psicópata. Un ejemplo son esos padres que inconscientemente impiden al hijo desarrollar sus capacidades cognitivas y emocionales para no sentirse a un nivel inferior, manteniendo indefinidamente su incuestionable autoridad. Cuando la función del niño es ser un simple títere de las aspiraciones de los padres o un chivo expiatorio de sus fracasos, su capacidad emocional queda destruida. Pongamos el caso de unos padres fanáticamente religiosos que se sirven de la inocencia del niño para convertirlo a imagen y semejanza de un ideal sobrehumano y descabellado que sólo sirve para llevarle a un continuo y progresivo sentimiento de fracaso. Incapaz de estar a la altura de tan magnos ideales, al hijo no le queda otra que culparse de todos sus fracasos y honrar a sus padres por todo cuanto hacen por él.

De manera muy similar, hay padres que tratan de superar sus fracasos juveniles amando e incentivando a sus hijos solamente por sus logros. De este modo perpetúan la soledad y fragilidad del niño ante un mundo que cada vez le resulta más exigente y apabullante. Su «gran talento» es el hilo que sostiene su vida, ya que de romperse correrá el riesgo de decepcionar a los suyos y de no ser amado. En el fondo se sabe despreciado ya que nunca ha sido valorado por lo que es sino por lo que puede y debe ser. Consiga o no los objetivos impuestos despreciará su propia debilidad e inseguridad como grandes males ante sus padres y el mundo, despreciando también en los demás sus propias carencias. Puesto que no podrá asimilar el fracaso como un proceso natural de aprendizaje, troncará prontamente su porvenir mitigando la impotencia y la depresión con el alcohol y las drogas.   

Esta hábil manipulación basada en un sutil chantaje emocional pasa generalmente desapercibida cuando los padres gozan de una buena posición social o son miembros ejemplares de alguna congregación religiosa. No es de extrañar que tantos psiquiatras, médicos e investigadores de la conducta humana queden desconcertados cuando un asesino múltiple ha gozado, según la comunidad y su entorno familiar, de una buena educación y de unos padres «solícitos y amorosos». Cuando el propio asesino afirma que tuvo una infancia feliz y unos progenitores que se desvivían por él, a estos médicos y psiquiatras no les queda otro remedio que mirar en el interior del cerebro y culpar a los genes de todos los males. Si no hace mucho se culpaba al demonio de instigar la estupidez humana, ahora son unos genes insanos, malévolos y destructivos quienes seducen y pervierten al hombre. ¿Esto es lo que hemos avanzado en materia de  psicología?

La unidad familiar no consiste en que todos sus miembros piensen y sientan de la misma manera, sino que cada uno acepte y asimile con respeto y amor las diferencias físicas, intelectuales y emocionales de los demás. El chantaje emocional (de los padres) se hace palpable cuando todos los miembros siguen una misma línea de pensamiento ante la religión, la política, el sexo, etc. Cuando los padres establecen, además, juicios y comparaciones entre hermanos, no hacen sino fomentar los roces y rivalidades entre ellos, que a menudo acaban distanciándose hasta perder prácticamente toda comunicación.

En esta dictadura familiar –micromundo de las dictaduras políticas– se perseguirá y castigará sin contemplaciones a cualquiera de los hijos que trate de pensar por sí mismo o infringir las estrictas leyes familiares de obediencia y moralidad. Una vez el hijo rebasa la edad infantil, el castigo físico y la amenaza son progresivamente sustituidos por el chantaje emocional y el sentimiento de culpabilidad, mucho más efectivos. Cuántas veces hemos escuchado a un padre o a una madre gritarle a su conmocionado hijo cosas tales como: «¡Matarás a tu madre de un disgusto! ¡Cuándo yo me muera me llevarás sobre tu conciencia! ¡Si sigues así me matarás de un infarto!...» Todo intento de cambio o liberación por parte de algún miembro del clan será implacablemente frustrado tanto por los hijos como por los padres, pues ya todos han asumido inconscientemente su rol en la familia, así se crea un cómodo equilibrio de fuerzas entre débiles y fuertes, buenos y malos, cuidadores y enfermos. Es muy común, por lo tanto, que estos padres saboteen inconscientemente los logros de alguno de sus hijos cuando éste empieza a recuperarse de alguna disfunción o adicción.

Ser padre o madre es una responsabilidad sagrada, y todo cuanto hagamos por mejorarnos servirá para mejorar exponencialmente la vida de nuestros hijos y descendientes. Un hijo bien amado da lugar a varias generaciones de personas sanas, responsables y creativas, capaces incluso de enderezar el rumbo de la humanidad. Si durante años estudiamos para obtener una carrera o una titulación, ¿por qué no dedicar un poco de tiempo a conocer los entresijos del comportamiento humano, evitándonos así un sinfín de errores irreversibles? ¿Por qué no plantearnos el reto de aprender lo más difícil que existe: ser un buen padre o una buena madre? Alice Miller: «No podemos culpar a nuestros padres y abuelos por habernos heredado mensajes equivocados, porque ellos no tenían una mejor información disponible en ese momento. Pero nosotros la tenemos hoy en día y no podremos proclamarnos inocentes cuando la siguiente generación nos culpe por haber rechazado la información que teníamos disponible y que era fácil de entender. […] ¿Tenemos derecho a traer un niño al mundo y olvidar nuestro deber?».

Las ideas que tenemos sobre cómo educar a nuestros hijos son generalmente de nuestros padres, que a su vez las tomaron de los suyos, y así sucesivamente. De tanto escucharlas y sufrirlas damos por hecho que nos pertenecen, que siempre han sido nuestras, peor aún: damos por hecho que son correctas. Si carecemos de referencias educativas, si todo nuestro conocimiento pedagógico empieza y termina en la relación con nuestros progenitores y profesores, ignoraremos la existencia de otras alternativas pedagógicas mucho más prácticas y evolucionadas. Consideraremos el castigo físico y el chantaje emocional como algo normal y legítimo. Esta antipedagogía que a nosotros nos parece correcta –y que vemos como una respetable tradición familiar– es en cambio absolutamente anormal e incomprensible para otras comunidades como la indígena de la amazonia, cuya tradición pedagógica es del todo opuesta. En el documental “Don Quijote de la Selva”, el más conocido activista mundial de los derechos de los indígenas, Orlando Villas Bôas, decía que «en más de cuarenta años nunca vi a una madre pegar a sus hijos, ni a un padre regañar a sus hijos, ni a unos padres decirle no a sus hijos». No por querer a un hijo le estamos dando la mejor educación. La mayoría de los padres hemos aceptado, sin apenas cuestionarlo, que los gritos, los castigos y los cachetes son «por desgracia inevitables» en la educación de nuestros hijos, pero rara vez nos paramos a pensar lo que significa pegar a un niño indefenso, por muy democráticos que nos declaremos.    

Amar a un hijo es sencillamente confiar en él, respetarlo. Si no quiere estudiar, por ejemplo, está en su derecho a no hacerlo, no comete ninguna infracción y por el contrario ha entendido con lucidez cuál es el camino que no le beneficia, lo cual ya es un logro a tener en cuenta. Si no está en su naturaleza disfrutar del sistema escolar (algo bastante lógico, por cierto) tiene a su disposición infinidad de alternativas para desarrollar su talento natural, que lo tiene, y que habrá de encontrarlo por sí mismo dándole a elegir las actividades que más le atraigan, sea música, deporte, danza, cine, pintura, electrónica, informática, diseño, etc. Nuestra misión como padres es darle la libertad para que pueda encontrar su camino y realizarse por sí mismo; amarlo y respetarlo por cómo es y no por cómo nos gustaría que fuera.

Amar a un hijo es desear su felicidad por encima de intereses o ilusiones personales, pues él no ha venido al mundo a cumplir nuestros sueños sino los suyos, nos gusten o no. Él ha venido a mejorar el mundo. Si realmente le queremos y confiamos en él, le ayudaremos a buscar el camino que más le cautive, pues, quien no teniendo títulos universitarios encuentra aquella actividad adecuada a sus talentos o pasiones, triunfará mucho más (en todos los sentidos) que el hijo obediente que obtuvo los tan meritorios títulos académicos impuestos subrepticiamente por la familia.

Gritar o pegar a un niño para que coma, termine los deberes, realice las tareas del hogar o se calle, puede entorpecer o paralizar su desarrollo emocional de manera irreversible. Por instinto de supervivencia, el niño necesita desesperadamente sentirse en todo momento protegido y comprendido por sus progenitores, que son quienes le protegerán y salvaran de todos los peligros externos, sean depredadores humanos o animales. Desde tiempos prehistóricos, el cerebro del niño está programado para depender del adulto en todo momento. Es mucho más fácil para él culparse de cualquier cosa que asimilar la realidad en que vive, pues eso le haría descubrir sin velos la poca honestidad e inmadurez de sus padres, que se supone son sus grandes maestros y protectores. A riesgo de sentirse desvalorizado y desprotegido (nada le resultaría más aterrador), el niño elegirá autoinmolarse emocionalmente y vivir en una falsa realidad. Cuando este niño alcanza la edad adulta, sigue soportando inconscientemente esa carga de culpa y desvalorización que afecta sobremanera todos los aspectos de su vida. Personas de gran desarrollo intelectual pueden ser también discapacitados emocionales que reproducen en sus hijos la misma educación disfuncional que ellos mismos padecieron.   

Como extraños animales que tropiezan diariamente en la misma piedra, millones de padres en todo el mundo repiten a diario este craso error con sus hijos, alegando como excusa el «mal comportamiento» de éstos y la tan necesaria disciplina. Esto me recuerda a una historia narrada por el gran psicoterapeuta Milton Erickson: «Cuando era joven su familia vivía en una granja, y cierto día se encontró a su padre ante la puerta del establo, empujando con toda su fuerza al burro por las bridas para que entrara en el establo. El burro, terco como tal, permanecía impasible como un resistente pasivo en empecinada oposición. Solicitó permiso a su padre para intentarlo con sus propios métodos. Se acercó al burro por atrás y tiró fuertemente de su cola, ante lo cual el burro manteniendo su oposición simplemente entró en el establo, cumpliéndose así la tarea».

¿Se entiende mejor la clase de mundo que hemos ayudado a crear? ¿El porqué de las guerras, los genocidios, el hambre y demás barbaries humanas? Algo tan sencillo como un cambio global en el modelo educativo podría evitarnos caer en la misma piedra de siempre.      


[Este artículo tiene su continuación en otro de mis artículos, titulado "EL ARTE DE EDUCAR".]
                                                          

José Carlos Andrade García

lunes, 7 de mayo de 2018

El arte de educar




Gritar a nuestros hijos es la mejor manera de convertirlos en "sordos". Cualquier explicación que le demos a gritos será inútil y contraproducente, pues la atención del niño se cerrará automáticamente. En una interacción negativa ningún niño está dispuesto a escuchar con verdadera atención y con ganas de aprender y mejorar; eso solo se consigue con interacciones positivas. El respeto se gana respetando. Cada vez que gritamos a un niño perdemos autoridad positiva, respeto, comunicación, y ganamos más gritos, más distancia, más desconfianza, más frialdad y malestar. (Mal)Educar a gritos tiene un efecto devastador sobre la autoestima de nuestros hijos. Lejos de sentir que estamos orgullosos de sus logros y sus esfuerzos, sienten que nunca están a la altura: hagan lo que hagan, incluso aunque a veces reciban elogios, siempre aparecerán los gritos y borrarán cualquier sentimiento de haber hecho algo bien. Es evidente que el grito lo atemoriza y llama su atención en un primer momento, cuando el niño aún es pequeño, pero a la larga deja de tener efecto. Gritar, por lo tanto, entrena a nuestros hijos a no escuchar ni a ponerse en nuestro lugar. Cuanto más gritamos más los entrenamos en la sordera emocional, y más nos costará hacernos escuchar y comprender, hasta que llegue un momento en que nuestros gritos ya no surtan ningún efecto, una vez el niño sobrepase los diez años de edad.  

El niño carece de la mentalidad calculadora y recelosa del adulto que ha sido reprimido y que ve a los demás como un reflejo distorsionado de sí mismo (cuántas veces se ha hablado erróneamente de la «innata crueldad infantil»). Este adulto interpreta los denuestos y las acusaciones del niño no como una necesaria liberación de sus sentimientos sino como una amenaza a su poder y status, lo cual le lleva a reaccionar de la manera más equivocada: reprimiéndolo aún más o creándole sentimientos de culpabilidad que aniquilarán su autoestima. Es evidente que el niño no disfruta de las disputas ocasionadas por su «mal comportamiento», pero si no se siente mínimamente comprendido por los padres, en particular la madre, tratará de compensar semejante injusticia reclamando su lugar a gritos, siendo el centro de atención en todo momento, tratando incansablemente de sentirse atendido aunque sea mediante la fuerza, y reproduciendo esta rutina de confrontación y competencia con sus hermanos y compañeros de escuela. Abstraídos, embotados por la continua ansiedad del combate, estos padres suelen ser incapaces de percibir, y mucho menos de premiar, el buen comportamiento que a veces muestra su hijo queriendo o sin querer. No tardarán en verse a sí mismos como unos padres sacrificados que hacen todo lo posible por ayudar y enderezar a este demonio de niño que ya no sabe qué inventar para hacerles la vida imposible. Juzgándolo como anormal: agresivo, egoísta, déspota, hiperactivo, holgazán…, se exculpan de sus errores e incapacidades responsabilizando al niño de todos los males.          

¿Cuándo descubrirán estos padres que las rabietas del niño desaparecerán en el momento en que no sean atendidas o combatidas? ¿Que los gritos no se solucionan con más gritos, de la misma manera que un fuego no se apaga con más fuego? El agua que apaga el incendio de las rabietas se traduce en una voz suave pero determinante: «No te atenderé hasta que te calmes»; pero también en charlar distendidamente con él, en acariciarlo, besarlo y abrazarlo sobre todo cuando se muestra relajado. Nunca olvidemos que la primera regla de la pedagogía es compensar emocionalmente un estado de ánimo positivo de la misma manera que desatendemos un estado de ánimo negativo, sin jamás amenazar, gritar o pegar. 

Un niño que no se siente comprendido hará todo lo posible por suplir ese vacío con una demanda continua de atención. Para  el niño  es mil veces preferible "ganarse" un maremágnum de gritos, zurras y castigos que sentirse ignorado, rechazado, incomprendido. Es un acto reflejo: si no puede obtener la comprensión tratará de obtener la atención, aunque sea por las malas: mediante la desobediencia o el desafío. Solo de esta manera conseguirá distraerse o evadirse de la insoportable soledad que le genera su sentimiento de incomprensión o marginalidad, pues ya hemos dicho que el niño, por instinto de supervivencia, necesita la continua atención y protección de sus progenitores. El comportamiento del niño, aun siendo a veces errado, es natural, transparente, espontáneo. Aun carece de la psicología, del recelo, de la premeditación de los adultos, por lo que no puede responder a sus necesidades vitales con argumentos o planteamientos racionales, sino con actitudes o estados de ánimo. Nuestro deber como padres es indagar y comprender los motivos de tales actitudes, y no censurarlas o reprimirlas. Por lo tanto hemos de  ver este "mal comportamiento" como un síntoma y no como un carácter. Si los padres somos capaces de no ponernos a la misma altura emocional del niño, de no combatir sus rabietas e insultos como ridículos compañeros de lucha, al niño no le quedará más remedio que ser dialogante para hacerse escuchar. En cuanto muestre el más mínimo indicio de cooperación, deberá ser animado y elogiado. Solo a través de la serenidad y el buen humor, podrá el niño expresar sin temor sus verdaderas inquietudes, o al menos ofrecernos las pistas que nos ayuden a dar con la clave de su "mal comportamiento", en vez de seguir jugando eternamente al gato y al ratón. Este es el modelo educativo más positivo, inteligente y racional: sin enfados, gritos ni castigos.

Analicémoslo con un ejemplo. Esos padres que se sienten tan agraviados por el mal comportamiento de su hijo ¿no actúan de manera tan incoherente como un médico que se enfurece al constatar los síntomas del paciente? ¿Se imaginan a un médico aleccionando en vez de curar? ¿Gritando y castigando a sus  pacientes cada vez que los síntomas de éstos empeoran?  Pues de manera similar actúan millones de padres con sus hijos, y no porque sean estúpidos sino simplemente porque así es como les educaron a ellos mismos, ¡no conocen otra cosa!

No menos crueles y antipedagógicos son esos métodos tan actuales y recomendados por tantos "pedagogos" como "la silla de pensar", que solo sirve para producirle al niño una profunda ansiedad, pues ese tiempo de reflexión implica la expulsión temporal del clan familiar. El pánico que supone este alejamiento del entorno afectivo -un momento verdaderamente traumático para él-, solo puede servir para que el niño pierda la confianza en sí mismo y su interés por indagar, experimentar, por seguir aprendiendo sin depender continuamente del permiso de sus padres, que consciente o inconscientemente ya han dejado muy clara su manipulación afectiva. ¿Cómo va el niño a respetar y confiar plenamente en unos padres que saben cómo explotar o manipular sus debilidades? ¿Cómo va a abrirse a ellos y expresar sus temores sabiendo que pueden utilizar esos mismos temores en su contra?

¿Y qué decir de esa otra antipedagogía como son los puntitos de comportamiento, que sólo sirven como transacción a las explicaciones? Así, en vez de indagar y comprender la desmotivación del niño y sus faltas, se le insta a competir con sus hermanos sin tener en cuenta el ritmo particular de cada uno y sus talentos o capacidades intrínsecas. Más fácil es que compitan entre sí para ganarse el cariño y los elogios de mamá y papá, lo que solo sirve para fomentar la envidia y la rivalidad entre ellos. Aunque la sociedad ha avanzado un poco en materia de educación, es desesperante, no obstante, ver a tantísimos padres incapaces de entender a sus hijos o si quiera de comunicarse con ellos, pues el que no conoce mínimamente el funcionamiento de la psicología infantil ni los principios básicos de convivencia familiar, simplemente se limitará a repetir la misma rutina educativa que él mismo recibió de sus progenitores, por más aberrante que haya sido. 

Si el niño, por ejemplo, no quiere comerse los guisantes, hay que respetarlo aunque no nos guste. Su decisión de no probar un determinado alimento forma parte de un proceso psicológico de experimentación y  autoexploración necesarios: "Yo me llamo Pepito, me gusta dibujar, cantar y de mayor quiero ser astronauta, pero no me gustan las matemáticas. Ni tampoco los guisantes". Cuando el niño aprende libremente a tomar decisiones, a desarrollar su individualidad y sus gustos, muy rara vez se obceca por mucho tiempo en no probar un determinado alimento o cualquier cosa que le convenga, algo muy diferente cuando los padres lo apremian o lo fuerzan a ello, generando el efecto contrario al deseado, pues el niño, necesariamente, radicalizará su negativa a fin de reclamar afanosamente su individualidad,  su derecho a ser él mismo, a tal punto que lo que en un principio iba a ser una negativa temporal se convierte en algo permanente. Esta estrategia -que no deja de ser también un sacrificio- es como una advertencia a los padres sobre las consecuencias que conlleva  la violenta invasión de su espacio vital. Lógicamente tampoco hay que hacer lo contrario si el niño decide probar un alimento que antaño desdeñó: premiarlo. Pues cuando el comer se convierte en un premio, el niño deja de comer por necesidad, desestabilizando su motor orgánico. La comida cobra el mismo sentido que las tareas escolares: complacer a los padres. Algo sumamente insalubre en un niño que no encuentra otros medios para complacerlos, comiendo cada vez más compulsivamente y haciendo de la comida una vía de escape a su ansiedad, producto de la inseguridad que le genera su sentimiento de incomprensión. Muchos padres tratan de remendar  esta  falta de compenetración emocional con el hijo sobrecompensándolo materialmente, ya sea con un exceso de comida, ropa o juguetes, así pueden convencerse o justificarse diciendo que a su hijo no le falta nada. Pero pasar más tiempo con el niño y escucharlo es un bien indispensable que no se puede sustituir ni con todos los juguetes del mundo.  

El niño, por lo tanto, no es un animalito a quien domesticar. Como ser humano que es, está en su derecho a chillar y protestar cuando así lo crea necesario, pues sus momentos de frustración y rebeldía forman parte de su espontaneidad y vitalidad –de su desarrollo emocional–, los cuales jamás hemos de silenciar por la fuerza o castigar, pues la represión sólo sirve para desviar su ira hacia los demás. Obligarlo de malas maneras a obedecer es negarle la libertad de expresión, de ser él mismo. El niño debe aprender a ser consciente de sus errores, y no es con gritos ni castigos como lo conseguirá, ya que estos no aportan ningún esclarecimiento o discernimiento: sólo sirven como medida de fuerza temporalmente disuasoria, limitándolo emocionalmente e impidiéndole madurar, pues aprenderá de los mayores que la coacción es la única manera de alcanzar sus objetivos, convirtiéndose de adulto en un maltratador psicológico. Así pues, debemos aprender a reconocer y fomentar sus buenos momentos de la misma manera que desatendemos su mal genio, sin humillarlo ni castigarlo. Una vez empiece a sentirse escuchado y atendido, asimilará que sólo mediante el diálogo y la cooperación alcanzará la atención deseada, además de una renovada felicidad. Dejará entonces de sentir la necesidad de utilizar su comportamiento errado –su «innata crueldad»– para dicho fin.

Habrá quien dirá con cierta bravuconería: «Nuestros abuelos nunca tuvieron ningún problema a la hora de educar a sus hijos: un buen tortazo les quitaba toda la tontería». Lo que seguramente no dirá es que la «buena educación» de nuestros abuelos propició dos guerras mundiales que dejó más de cien millones de muertos, siendo con diferencia la época más violenta de la historia humana.

En definitiva: es esencial una transformación global del modelo educativo familiar y escolar. Ahí está la raíz de la inconsciencia humana. Pero es más fácil no hacer nada y culpar de todo al demonio, a los genes o a la "innata" estupidez humana. Es más fácil decir que la humanidad no tiene arreglo y que más vale vivir solo para nuestro placer momentáneo, sin importar el mundo que le dejemos a nuestros descendientes. Es más fácil rezar, velar por nuestra salvación y ser buenos con la esperanza de que papá Dios nos saque de la cuna y nos quite la porquería de encima, en vez de responsabilizarnos de nuestros actos como personas emocionalmente maduras que contribuyen a una sociedad más justa y racional. 


José Carlos Andrade García

viernes, 27 de abril de 2018

El gran fraude del sistema educativo





Es importante conocer los orígenes de la escuela, que se remontan a las primeras academias de Platón, lugares al aire libre donde se debatían propuestas y se reflexionaba libremente (la instrucción obligatoria era sólo para esclavos). La escuela moderna hace su aparición en la Prusia de Federico "EL Grande", a finales del  siglo XVIII, con la finalidad de adiestrar al indisciplinado campesino para convertirlo en un soldado manso y obediente en la guerra. Fue en Prusia donde nació la idea de que los soldados debían ejecutar órdenes sin cuestionarlas a fin de hacer ejércitos más compactos y eficientes, una estrategia que fracasó rotundamente ante el ejercito de Napoleón, que supo aprovecharse de las carencias del ejercito prusiano para tomar iniciativas y actuar de manera independiente en momentos de presión. No obstante este modelo educativo militar fue consolidándose como principio y fundamento del sistema escolar, que no tardó en extenderse rápidamente por toda Europa y América gracias sobre todo a los centros religiosos de la época, en particular los jesuitas, que enseguida lo aprovecharon para sus intereses adoctrinales. También los grandes industriales de finales del siglo XIX como Carnegie, J.P. Morgan, John Rockefeller y Henry Ford, se aprovecharon de este modelo militar educativo para preparar a los niños a la vida laboral de las fábricas y hacer más eficaz y rentable el desarrollo industrial. Para ello los niños debían –como los adultos– acostumbrarse a las rutinas, a los horarios, a obedecer órdenes. La escuela era la respuesta ideal para los poderosos dueños de las fábricas. De hecho estos grandes industriales financiaron la escolarización obligatoria a través de sus fundaciones. La escuela era una herramienta eficaz para formar trabajadores útiles al sistema. El toque de sirena para entrar o salir, la formación de filas, la instrucción autoritaria, la división de edades, las clases obligatorias, los descansos de treinta minutos, el sistema de clasificaciones, de premios y castigos…, todo ello formaba parte de la metodología utilizada en las fábricas y en los centros escolares. Más adelante, a partir de la década de los treinta del siglo XX, fueron algunas dictaduras políticas quienes sacaron tajada del enorme beneficio que representaban las escuelas para sus intereses ideológicos y expansionistas,  contaminándolas con teorías utópicas o de superioridad racial a fin de manipular las frágiles mentes de los jóvenes. Un perfecto caldo de cultivo que nos llevaría a la Segunda Guerra Mundial.  

Lo triste es que en pleno siglo XXI seguimos manteniendo los mismos principios educativos de la era industrial. Es como si este sistema académico se hubiera vuelto esquizofrénico, cerrándose al mundo exterior, a las nuevas ideas pedagógicas y científicas y a las nuevas tecnologías para seguir dando vueltas en un espacio absolutamente irreal. Por desgracia no hay mucha gente a favor de un profundo cambio en el paradigma educativo, empezando por los propios padres, que pocas veces ven con buenos ojos cualquier intento de cambio o renovación del sistema como la mezcla de niños de diferentes culturas y edades en una misma clase, la reducción de horas en la enseñanza, la disminución o desaparición de los deberes o la anexión de asignaturas novedosas como primeros auxilios, técnicas de reciclaje, horticultura ecológica, bricolaje, teatro, cortometraje, psicología sexual o social.

 Si los adultos no sabemos lo mismo ni nos dedicamos a lo mismo ni nos interesa lo mismo, ¿por qué obligamos a los niños a saber lo mismo, sin importar los diferentes talentos o preferencias de cada uno? La respuesta es bien sencilla, siendo la escuela un simple centro de instrucción para niños y jóvenes, carece de la capacidad para atender sus verdaderas necesidades. La continua frustración y desmotivación del estudiante, además, afecta directamente a su capacidad intelectual, ya que el cerebro necesita –sobre todo a esa edad– la energía positiva del estímulo y el desafío para su correcto desarrollo. La desmotivación es para el cerebro lo que la inactividad para un músculo: se atrofia. O lo que es lo mismo: ralentiza o paraliza la formación de neuronas y el entrelazamiento sináptico. Desmotivados con la rutina reglamentaria que les embota la mente y el espíritu, aquellos que descargan su frustración son etiquetados como «víctimas» del Síndrome de Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH). Estos representan el 10% de los niños en las escuelas, siendo alarmantemente alto el número de aquellos a los que se les administra drogas como Ritalin –para hacerlos más fácilmente controlables.   


Desde siempre se ha dicho que la escuela es un lugar donde los niños pueden socializar, compartir inquietudes y aprender a relacionarse, pero la realidad nos dice todo lo contrario. Más que un centro educativo, la escuela es sobre todo un campo de batalla donde muchos niños pueden reproducir sin censuras el comportamiento disfuncional de los padres y dar rienda suelta a todas las tensiones reprimidas del hogar. Apabullados por el entorno, muchos otros niños optan por no participar en esta despiadada lucha de poderes, desvinculándose de los demás compañeros y encerrándose aún más en sí mismos.

A través del fracaso escolar –cada vez más alarmante–, los adolescentes nos están indicando claramente que este sistema no es mínimamente viable o productivo, ya que solo hace hincapié en la inteligencia lógica-matemática, desdeñando otras capacidades como la inteligencia creativa, espacial, cinestésica, interpersonal, intrapersonal, musical, plástica, verbal, emocional, etc.. Es inconcebible que en plena era digital, rodeados por innumerables redes de Información, forcemos a nuestros jóvenes a seguir  remando en un barco de vela que hace aguas por los cuatro costados. Cada fracaso escolar es a la vez un fracaso personal que produce una profunda desvalorización del que lo sufre, lo que conlleva una mayor probabilidad de padecer enfermedades psíquicas como la depresión crónica o conductas antisociales. Según datos de la Unesco, uno de cada cinco alumnos europeos fracasa en la escuela (en España uno de cada tres), lo cual es terrible para la sociedad. Un sistema académico que convierte en fracasados a una quinta parte de la juventud es cualquier cosa menos racional, ya que incide negativamente en la propia estructura social fomentando el malestar generalizado y el deterioro mental.

Es este rancio sistema académico quien ha fracasado rotundamente, y no el estudiante. No es de extrañar que cada vez más padres se decidan por la Educación Libre o Homeschooling (más de dos millones en EEUU). Educar a los hijos en casa o en el campo es para muchos la única opción verdaderamente educativa. Los niños desarrollan sin obstáculos su creatividad, su pasión por el conocimiento ya sea leyendo, pintando, danzando, haciendo deporte, componiendo música, etc. Cada vez más padres son conscientes de la nociva improductividad del sistema académico. 

La supuesta democracia que rige la mayoría de los países no se sigue en las escuelas. Allí el niño no tiene ningún privilegio, se le niega el derecho a la libertad de expresión, a protestar cuando así lo crea necesario. El niño no es más que un número, un valor: suficiente, sobresaliente o deficiente, un producto manufacturado listo para ser consumido por la sociedad. ¿Cómo vamos a fomentar la paz, la igualdad de derechos y la cooperación si desde las escuelas les negamos sus derechos más básicos? ¿Cómo van a convertirse en personas cívicas y responsables si les estamos enseñando un modelo de conducta autoritario, competitivo y discriminatorio? Cuando los niños dependen en todo momento de lo que los padres o maestros digan o manden, estos niños se convierten de mayores en personas sin iniciativa propia y dependientes crónicos de las autoridades políticas y religiosas como padres-profesores de reemplazo; aceptarán cualquier orden que reciban, incluso cualquier sugerencia, sin apenas cuestionarla, tal como hicieron tantos nazis en la segunda guerra mundial. (Cuántas veces hemos visto en televisión las imágenes de los juicios de Núremberg y a los altos cargos del partido nazi declarando a modo de justificación que sólo cumplían órdenes. Y en cierto modo no mentían.)

Es evidente que al sistema educativo sólo le importa el resultado, no el proceso. Pero el resultado no es más que la consecuencia del proceso. Si los niños no disfrutan con el proceso, el resultado no tiene sentido. Si para obtener la calificación exigida los niños se limitan a memorizar en vez de aprender, la enseñanza se convierte en antienseñanza. Si los niños son tratados como piezas válidas o defectuosas, si nada importan sus sentimientos ni su aportación creativa y todo su cometido es cumplir unas horas de reclusión y hacer lo que se les ordena para así obtener los resultados previstos, el sistema educativo se convierte en una fábrica de personas disfuncionales, un simple proceso mecánico de producción en serie. ¿Tan difícil es entender que el deseo innato del niño por aprender desaparecerá en cuanto le obliguemos a «aprender»? ¿Que su espontaneidad y creatividad desaparecerán igualmente cuando, día tras día, le reprendamos o amenacemos por llorar, reír o decir lo que piensa? La escuela convencional parte de la idea de que el niño no es más que un objeto, un recipiente vacío que hay que ir llenándolo de manera ordenada y sistemática, cuando la realidad es que el niño nace ya completo, nada le falta ni le sobra, y no necesita que nadie le diga lo que tiene que aprender, sus dones y preferencias ya están fijados en su ADN. La misión del adulto, sea padre o maestro, no es imponer sino proponer. No es limitar ni manipular, sino facilitar el desarrollo de todas sus potencialidades.


Todos los niños son auténticos genios, poseen una enorme creatividad y una insaciable curiosidad por todo, y a diferencia de los adultos tienen la habilidad de no estancarse en una sola línea de pensamiento, siempre tienen la mente abierta. Son grandes artistas porque no tienen miedo a improvisar ni equivocarse, pero suelen perder gran parte de esa creatividad en tanto van creciendo y absorbiendo los prejuicios y neurosis de los adultos. Un ejemplo de esto es un estudio realizado en la década de los setenta y ochenta por dos científicos de la NASA, George Land y Berth Jarman, donde se trataba de evaluar el potencial artístico de 1500 niños de entre 4 y 5 años de edad. En estas pruebas lo que se pretendía era encontrar nuevas ideas, enfoques, soluciones innovadoras a problemas nuevos o tradicionales. El resultado sorprendió a los propios científicos: un 98% de los niños eran genios, superando exitosamente las pruebas. Ante estos inesperados resultados, decidieron continuar la investigación y evaluar a estos mismos niños cinco años después, sobre los 10 años de edad. En esta ocasión el resultado fue un tanto desalentador: solo un 30% de los niños había superado exitosamente las pruebas. Intrigados por tales resultados, decidieron proseguir con el estudio y evaluar a estos mismos niños otros cinco años después, sobre los 15 años de edad. Esta vez el resultado fue más o menos predecible, siguiendo una línea descendiente de éxitos en proporción al aumento de edad: solo un 12% había superado exitosamente las pruebas. Tras esta curiosa serie de resultados,  Land y Jarman decidieron realizar este mismo estudio a personas adultas elegidas al azar, con igual proporción entre el número de hombres y mujeres. Los resultados fueron todavía más decepcionantes: solo el 2% fue capaz de superar dicha prueba. ¿Qué se desprende de todo esto? Que al poder le interesa mantener un sistema educativo inflexible y competitivo a fin de censurar y anular nuestra creatividad para que no seamos capaces de ver las cosas desde otra perspectiva, de cuestionarnos buena parte de las respuestas ya dadas por el propio sistema. En muchas exposiciones de pintura puede observarse este miedo, este pánico al fracaso en cada uno de los trazos y pinceladas. La mayoría de las obras no están ni bien ni mal, simplemente son trémulas reproducciones fotográficas sin sustancia. Se comprende claramente que sus autores no han encontrado su propio estilo ya que nunca se han enfrentado a sí mismos ni han superado las barreras de su educación por temor a salirse de los márgenes impuestos por la familia y la sociedad. Se empecinan en seguir un estilo estandarizado que solo pone de manifiesto sus debilidades. Un camino incesantemente trazado que muy pocas veces alcanza el objetivo deseado, y cuya intención original no es tanto una búsqueda interior (que es lo que debería ser el arte) como la desesperada necesidad de ser elogiados y ensalzados. Aquellos que  hoy día consideramos genios innovadores de la pintura, o genios de cualquier otro campo artístico y científico, son esos pocos adultos que de alguna manera han conseguido mantener intacta su genialidad.  


La enseñanza como propuesta, y no como deber

Lo que un niño aprende en los siete primeros años de vida es más de lo que aprenderá a lo largo de toda su vida. Un bebé no necesita a nadie que le diga cómo poner una pierna y luego la otra, ni cómo debe hablar o reír. Él aprende por instinto, observando, imitando, y no le importa equivocarse una y mil veces. Más adelante aprende a correr, a saltar, a cantar, a bailar, a bromear… puede incluso aprender varios idiomas con más facilidad que un adulto. Pero todo ello se termina el día en que pisa la escuela y le prohibimos seguir aprendiendo por sí mismo. Así es como detenemos su propio avance, así es como matamos su creatividad y curiosidad innatas. Así es como lo deshumanizamos. Grandes logros conseguidos por él mismo como la espontaneidad de los sentimientos, la confianza, la honestidad y el buen humor dejan de tener valor en la escuela, de hecho tales logros son repetidamente censurados por los maestros, que sólo valoran un modelo antinatural de comportamiento basado en la obediencia y el miedo.

Desde el momento en que pisa la escuela, el deber del niño consistirá en ir contra natura, en dejar de ser él mismo, en hacer exactamente lo contrario que ha hecho hasta ahora. Lo único importante que deberá aprender en esta nueva etapa es:

      1.  Trata de dar la impresión de que haces lo que te dicen.
      2.  Finge que lees y estudias.
      3. Para evitar castigos, nunca admitas un error (mejor culpa a los demás).
      4.  Intenta pasar desapercibido ante los maestros.
      5. Si no has hecho los deberes, ten siempre a mano una buena excusa.
      6.  Si tienes dudas, no preguntes.
      7.  Si no te sabes las preguntas del examen, copia.
      8. No digas la verdad, di siempre lo que los maestros quieren escuchar.
     9. Nunca llores ni muestres ningún indicio de debilidad, muestra tu lado más duro y disfraza tu miedo con la violencia.
     10. Si no quieres que te peguen, asóciate con los "matones", doblégate a ellos y ríete de los "débiles" para que no te confundan con ellos.    

Muchos jóvenes que terminan la escuela poco tienen que ver con el niño honesto, curioso y ávido de conocimiento que entró. Tras su tediosa y frustrante experiencia con los maestros y los libros de texto, difícilmente sentirán la tentación de seguir formándose por su cuenta ni hojear un libro. Peor será la situación de los llamados fracasados escolares, que han aprendido por las malas que ellos "no están capacitados" para aprender. Esto que estoy diciendo es especialmente importante porque el aprendizaje es el resultado del instinto de supervivencia, de la curiosidad innata, del afán de vivir. Si el llamado fracasado escolar siente que no está capacitado para aprender, que es un mal estudiante, un holgazán (como así se lo han hecho saber), perderá las ganas de aprender, y por ende las ganas de vivir, pues lo uno es sinónimo de lo otro.  Perderá las ganas de experimentar, de indagar, de crecer tanto a nivel intelectual como introspectivo. Inmerso en las tinieblas de la infravaloración no le quedará más remedio que evadirse haciendo todo aquello que con tanto celo le prohibieron: gritar, beber, escupir, ensuciar, destrozar, insultar, etc.

Ni siquiera el maestro disfruta de libertad a la hora de enseñar, ya que está obligado por el sistema –bajo pena de expulsión– a seguir una rutina reglamentaria que prohíbe otros modelos de enseñanza más acordes a las necesidades del niño. El maestro, que debería ser un ejemplo de honestidad, se convierte en un autómata parlante incapaz de comunicarse con sus alumnos (ahora abran el cuaderno, ahora no hablen, ahora cojan el boli, ahora subrayen, ahora pregunten, ahora salgan en fila…), repitiendo día tras día y año tras año el mismo programa curricular. Muchos de los maestros que actualmente enseñan en las escuelas simplemente se limitan a reproducir el mismo sistema antieducativo que recibieron, basado fundamentalmente en el principio de autoridad, en la represión de los sentimientos. Por lo tanto no saben cómo gestionar sus emociones ante el alumno. Al no conocer ni vivenciar otros ambientes pedagógicos más avanzados como la Enseñanza Libre o Activa, carecen del conocimiento y la habilidad para aplicar, o al menos respaldar, otros modelos educativos más acordes a los tiempos actuales. Siguen defendiendo con vehemencia el ruinoso sistema académico que tan bien conocen, y no porque les guste o lo hayan disfrutado sino simplemente porque asimilaron de sus padres y profesores que la educación escolar es un sacrificio necesario, un mal menor que hay que pasar para ganarse la habichuelas y ascender en la jerarquía social (esto mismo puede aplicarse a cualquier sistema social impuesto). Como están convencidos de que para educar hay que intimidar, imponer y castigar –porque es lo único que conocen–, la mayoría de los profesores no disfrutan de su trabajo o piensan que el disfrute y la armonía no forman parte de la enseñanza, que sin mano dura les perderán el respeto. Es importante entender que un maestro no es maestro por lo que sabe sino por lo que hace. No basta simplemente con acumular conocimientos teóricos, es fundamental realizar procesos de autoexploración que permitan desatar nudos emocionales y liberar traumas. Un maestro que no es feliz enseñando en realidad no está enseñando.



No pretendo culpar al sistema educativo de todos los males de la sociedad, es evidente que la inconsciencia de muchos padres también tiene que ver en el comportamiento disfuncional de tantos jóvenes. Ahora bien, si la escuela no es una oportunidad de cambio y progreso y sólo sirve para incidir aún más en la inconsciencia global, sirviendo de colofón, no habrá esperanza alguna para tantos adolescentes nacidos de familias disfuncionales. Cada ser humano es un universo, es inconcebible hacer del sistema educativo una especie de molde donde incrustar todas las mentes. Somos personas no máquinas, ¿tan difícil es hacer un pequeño esfuerzo imaginativo para idear un sistema educativo flexible, adaptado a las capacidades y cualidades de cada alumno?

Es evidente que cuanto más forzamos a un niño a aprender, mayor es su desinterés y animadversión. Esta psicología elemental pocas veces es comprendida por la mayoría de los padres, ya sean analfabetos o licenciados en Harvard, pues llevados por la inercia de la cultura y la educación convencional, aceptan como un hecho común e inevitable lo que es fácilmente evitable. Seamos o no creyentes, muchos seguimos cargando en nuestras mentes con el concepto judeo-cristiano del masoquismo como purificación: de que las cosas sólo entran con dolor («quien bien te quiere te hará llorar»), de que la vida es un valle de lágrimas o que el mundo verdadero está por llegar. El actual sistema educativo se construyó a partir de esta aberración. La mayoría de los jóvenes son chantajeados emocionalmente para memorizar durante años extensos y tediosos párrafos que rápidamente olvidan tras los exámenes, pues, lo que no se aprende con placer, la mente lo vomita rápidamente como un veneno. Eso es educación? ¿Pero quién disfruta? Nada aprende quien no disfruta aprendiendo. Incluso las denominadas escuelas laicas están completamente influenciadas por la religión, por siglos de autoritarismo y represión a manos de militares y sacerdotes, ya que al niño se le exige –bajo amenaza de castigo– que no dude, que tenga fe en todo lo que se le dice y ordena. Así pues, los libros de texto son tomados como catecismos y no como herramientas formativas; el papel del profesor es el papel del sargento, del sacerdote, donde nada de lo que dice puede ser cuestionado: contradecirle es faltar a lo más sagrado, al establishment, a todo el sistema educativo. Semejante osadía sólo puede conllevar nefastas consecuencias al estudiante curioso e inconformista. Paradójicamente, aquello que nos hizo bajar de los árboles, aprender a caminar erguidos y a pensar: la duda y la curiosidad, será repetidamente reprobado por quienes deberían dar ejemplo y fomentarlo. 

Nadie nace neurótico ni esquizofrénico, es este sistema antieducativo el que nos lleva a la disfunción. La mayoría de los padres educan a sus hijos de acuerdo al modelo antipedagógico convencional (premio-castigo) simplemente porque así les educaron a ellos mismos y porque la mayoría de los padres lo utilizan. «Así que no debe ser tan malo: si es bueno para los demás, es bueno para mi hijo». Pero no es bueno para nadie. Sólo hay que mirar los noticiarios, abrir el periódico, leer un poco de la historia humana reciente para ver sus consecuencias. Pero hay quienes prefieren pensar que el ser humano es así por naturaleza, que sus genes son destructivos, malévolos, que lleva el pecado original. Hay quien dice: «También mis padres me educaron así y no me fue tan mal. Tengo mis depresiones como todo el mundo. A veces, sin querer, se me escapa la mano o grito demasiado, pero es que me vuelven loco/a…». Es un contrato inconsciente firmado con el sistema establecido: no permitir que los niños sean felices, autosuficientes. Anteponen la obediencia al diálogo, el castigo al autoconocimiento con la excusa de que así los endurecen y preparan para triunfar, para enfrentarse a las adversidades de la vida. Pero es todo lo contrario: los preparan para fracasar, para sucumbir ante cualquier infortunio, ya que al no habérseles permitido ser ellos mismos y descubrir sus verdaderos sentimientos, carecen de la suficiente confianza y autoestima para superar las múltiples adversidades de la vida.

Como sirvientes inconscientes del sistema establecido, muchos padres y maestros adiestran a los niños para que se repriman, para que sean obedientes, para que (se) consuman, para que permanezcan sentados en clase durante horas, para que se lo coman todo y terminen los deberes por las buenas o por las malas. Dividen su mente para que él mismo se castigue, juzgue y limite su espontaneidad y energía. Le hacen ver que no le aman por lo que es sino por lo que debería ser, premiándolo si lo consigue. De manera que el niño aprende a luchar contra sí mismo, a quemar sus energías para convertirse en otro, en un personaje ideal, en una quimera. Así es como le enseñan el camino de la falsedad, del temor (a ser él mismo), de la dependencia. Cuando chantajean a sus hijos con dinero, con retirarles la paga si no cumplen una exigencia, ya les están implantando la semilla del materialismo, convirtiéndolos en futuros consumidores impenitentes, pues los niños entienden que el dinero es un premio o un castigo si se tiene o no se tiene.




¿Cuántas personas deciden tener hijos con el sólo fin de darles la felicidad, de ayudarlos a realizarse por sí mismos? No me refiero a esos padres que sobreprotegen a sus niños para así compensar o encubrir un vacío afectivo y de confianza. Es evidente que la mayoría de los padres dan más prioridad al «deber» que a la felicidad, sin preguntarse jamás si ese deber al que ellos mismos se sometieron de pequeños es el adecuado para sus hijos (o fue el adecuado para ellos mismos). Temerosos como niños de incumplir el modelo educativo recibido –por miedo a descubrir que no fueron realmente queridos y valorados–, muchos padres prefieren para sus hijos lo malo conocido que lo bueno por conocer. Si verdaderamente respetaran a sus hijos, jamás se interpondrían en sus aspiraciones: los animarían para que siguieran su propio camino, pues sabrían que la vida es un regalo demasiado precioso como para negárselo a quienes tratan de perseguir sus propios sueños.

Somos los adultos quienes debemos aprender de los niños: de su espontaneidad, de su frescura, de su insaciable curiosidad y vitalidad, que la mayoría de nosotros perdimos. Lo mejor que podemos hacer por ellos es suministrarles los recursos necesarios para que puedan conservar esa vivacidad. Ahí tenemos el ejemplo de Albert Einstein. En su época de estudiante era considerado un alumno mediocre; sólo destacaba en matemáticas. Su profesor, el Dr Joseph Degenhart, le dijo que «nunca conseguiría nada en la vida». No empezó a hablar hasta los tres años, lo hacía muy lentamente y muy bajito. Le costaba construir frases enteras. Sus padres pensaban que tenía algún tipo de retraso mental. El colegio no le motivaba, y aunque era muy bueno en matemáticas y física, no sentía ningún interés por las demás asignaturas, por lo que decidió abandonar el Gymnasium antes de obtener su título de bachiller. Tras suspender una prueba de acceso en la Escuela Politécnica Federal de Zúrich, el director del centro, impresionado por sus resultados en ciencias, se interesó por él, invitándole a sus clases y animándole a continuar sus estudios de bachiller y a obtener el título que le daría acceso directo al Politécnico. El hecho de que alguien confiara en él le motivó para seguir estudiando y aprendiendo. Fernando Alberca, autor del libro “Todos los niños pueden ser Einstein”, comenta que «Por primera vez sintió que le valoraban, que creían en él. ¡Sintió cariño! Más adelante, en otra escuela, un profesor de Historia hizo algo inaudito: pedirle opinión sobre las cosas. Eso lo motivó para creer más en sí mismo». El reconocimiento es el mejor regalo que le podemos hacer a un niño o a un adolescente, ya que así contribuyes a nutrir su propia autoestima, indispensable no sólo para su bienestar psíquico sino también para la propia supervivencia. «Siguiendo su intuición, usó el hemisferio derecho para resolver problemas del izquierdo. Visualizaba una solución y su esposa le ayudaba a formularla matemáticamente. Pero era el hemisferio derecho, el intuitivo y creativo, el que resolvía, no el izquierdo, el matemático. “El aprendizaje es experiencia, el resto información”,  dijo Einstein. “No aprendes cosas porque eres inteligente, aprender cosas te hace inteligente”». ¿Cuántos estudiantes desmotivados que abandonan sus estudios han privado a la humanidad de grandes descubrimientos que podrían haber salvado o mejorado la vida de millones de personas? ¿Cuán lejos habría llegado la humanidad si estos estudiantes hubieran sido escuchados y motivados desde niños?


Sugiero que la transformación del sistema educativo comience por los pupitres, cambiándose por mesas circulares y sillas móviles para un máximo de seis alumnos, para que así puedan rebatir sus dudas y trabajar coordinadamente frente a sus ordenadores. Habrá un mínimo de dos profesores por clase –de ambos sexos–, con amplios conocimientos de psicología, cuyas labores consistirán no tanto en recitar soliloquios como en alentar a los alumnos a tomar decisiones y a pensar por ellos mismos. Siendo el aprendizaje un placer y no un deber, dejarán de existir los deberes. La vieja pizarra será sustituida por una pantalla donde proyectar imágenes o documentales, y el sistema de calificaciones sólo se implantará en la universidad, una vez el estudiante haya elegido la especialidad a la que dedicarse. Finalmente se potenciarán las actividades al aire libre, donde los niños aprenderán jugando y descubriendo in situ los minerales y las  diferentes especies vegetales o animales del entorno. Este sistema educativo conocido como "Escuela Libre" o "Escuela Activa" no es nuevo. Su origen se remonta a principios del siglo XX gracias a la pedagogía progresista y la metodología activa que rápidamente se extendieron por toda Europa. Maestros e intelectuales de distintas orientaciones ideológicas como Claparède y Piaget, Georg Kerschensteine, María Montessori, Célestin Freinet, las Hermanas Agazzi, Andrés Manjón o Giner de los Ríos decidieron renovar los planteamientos educativos imperantes e instaurar un nuevo sistema basado en el reconocimiento y la aceptación de las diferencias individuales, procurando el desarrollo armónico de todas las capacidades del niño y fomentando la creatividad, la cooperación y la libre expresión. Por desgracia, el auge de los totalitarismos en la década de los años 30 supuso el fin de esta tendencia. Es evidente la dificultad que entraña semejante cambio en el paradigma educativo, pues la gente educada en la filosofía de la indagación empezaría a cuestionarse muchas de las respuestas inamovibles dadas por la política y la religión, que desde luego utilizarían todo su poder para evitar dicho cambio.     

En la Escuela Activa no importa que los niños se equivoquen, no están allí para ganar o perder sino para aprender y cooperar, para desarrollar sus capacidades cognitivas y emocionales. Lejos de imponer determinadas reglas y conductas, los maestros son acompañantes de los niños en su proceso de aprendizaje, respetando su ritmo e intereses. Nadie suspende ni es castigado, pues la meta no es el resultado sino el proceso, de hecho se alienta el error, pues no es posible llegar a un descubrimiento si no se avanza a través de un proceso caótico de pruebas y errores. Hay una preciosa anécdota que lo explica perfectamente: un periodista le pregunta a Thomas Edison cómo se siente después de fracasar mil veces en su intento de crear la bombilla, él contesta: «No fracasé, sólo descubrí 999 maneras de cómo no hacer una bombilla». El aprendizaje nace de la pregunta, de la indagación, no de una respuesta ya dada en un orden igualmente dado. No es memorizando respuestas como aprendemos sino buscándolas. Si los niños estudian no para aprender sino para conseguir buenas notas o pasar los exámenes, asimilarán que lo importante en la vida no es vivirla sino alcanzar un resultado, y que el premio y la felicidad se encuentran tras ese resultado (ya sea una buena calificación, un buen coche, una buena casa, una buena suma de dinero…), aunque para ello tengan que perder la dignidad engañando, robando, especulando. De esta manera el tener se convierte en algo más importante que el ser. En vez de tener para vivir viven para tener, y cuanto más tienen más se alejan de sí mismos, un círculo vicioso que no hace sino acrecentar la inseguridad y la frustración. No se les ha enseñado que el premio es vivir la vida, y que la felicidad se encuentra en el proceso mismo de vivir y no en el resultado de un proceso.

Tras un mínimo de doce años de asistencia a clase, con un mínimo de seis horas al día, el estudiante medio no aprende a leer comprensivamente y tan sólo recuerda, poco después de finalizar sus estudios, las matemáticas básicas que le enseñaron en casa (sumar, restar, multiplicar y dividir). De toda esa confusa maraña de batallitas y locuras humanas que tuvo que memorizar en los libros de historia, sólo guarda vagos retazos, palabras inconexas, algunos nombres de personajes variopintos que aparecen y desaparecen de la memoria, y así más o menos con el resto de asignaturas. Buena prueba de ello es la asombrosa ignorancia de tantos jóvenes ante preguntas de nivel cultural básico, tan básico que hasta resultan irrisorias. Incluso las clases de física y matemáticas están basadas en una derivación de la memorización: la mecanización. El estudiante simplemente memoriza las soluciones de los problemas dadas por el profesor para resolver esos mismos problemas. Es decir, no se trata de aprender matemáticas sino de aprender a memorizar soluciones matemáticas, que es bien diferente. No se trata de desafiar la mente del estudiante -como se hacía en la antigua Grecia-, de incitarlo a indagar, a buscar las soluciones por sí mismo, a abordar los problemas desde diferentes puntos de vista, sino de mecanizar su mente para que resuelva un problema como una máquina programada. La indagación y el replanteamiento, que es la base de las matemáticas, se ha sustituido en favor de una mecanización serial y tortuosa de los problemas. No es de extrañar que tantos estudiantes abominen esta asignatura que bien podría considerarse sagrada, pues es el lenguaje mismo del universo.

Ahora se sabe que el cerebro cuenta con tres compartimentos de memoria. Uno es la memoria a corto plazo, otro a medio plazo y otro a largo plazo. Los dos primeros compartimentos son casi indivisibles y se encuentran en el lóbulo frontal. El tercero, si bien está interconectado con estos dos, se encuentra en la zona interior central, cerca de la glándula pineal. Cuando los jóvenes se fuerzan o son forzados a estudiar algo que no les interesa, su cerebro responde automáticamente activando la memoria a corto plazo a fin de no saturar la mente consciente con información inútil. Es un simple mecanismo mental de organización y supervivencia. Así pues, toda esa información de los libros de texto será rápidamente procesada y reciclada por el subconsciente una vez el estudiante haya pasado sus exámenes, por lo que no recordará prácticamente nada a nivel consciente. Muy diferente es el resultado cuando el estudiante aprende algo que realmente le motiva o interesa. A través de las reacciones químicas que genera el placer de aprender una determinada información, el cerebro las interpreta y clasifica como información útil para la supervivencia, archivándolas automáticamente en el compartimento de memoria a medio y largo plazo.

A fin de subir el listón del aprendizaje escolar (en vista de la gran cantidad de jóvenes que terminan el instituto sin apenas saber escribir)  muchos "especialistas" educativos hablan de la necesidad de aumentar el número de horas lectivas y la cantidad de información de los libros de texto. Pero una medida semejante solo serviría para generar más abandono escolar. Otros, un poco más acertados, hablan de aumentar la calidad de lo que se enseña en vez de la cantidad. Si bien esta última idea es más atractiva, tampoco es la solución. Ahí tenemos el ejemplo del sistema educativo de Finlandia, considerado el mejor del mundo. Si bien es cierto que han mejorado algunas cosas importantes como la eliminación de las tareas escolares y el muy deficiente de las clasificaciones (además de modernizar la formación profesional y el acceso a ésta), no han evitado que, a día de hoy, un 6% de los estudiantes abandonen los estudios. Ni tampoco han evitado que el desempleo juvenil esté por encima de la media europea (un 20%), lo cual demuestra que este sistema está lejos de ser perfecto. Parece que todavía no se ha entendido que lo importante no es el contenido que se enseña sino la forma en que se enseña. ¿De qué sirve aumentar el contenido y la calidad de los libros de texto mientras el estudiante siga desmotivado y forzado a estudiar? Mientras no se tengan en cuenta sus inquietudes, sus capacidades intrínsecas, mientras no se le permita la posibilidad de elegir aquello que le interesa, de muy poco servirá cambiar el contenido de los libros o las tabletas.  Forzarlos a estudiar es tan absurdo como obligarles a recoger patatas  con un saco agujereado en el fondo. ¡Nunca recogerán nada! Todo lo van a olvidar.

Creemos que el sistema escolar ha avanzado desde la revolución industrial, pero en verdad sólo se han producido cambios superficiales y decorativos, pues el paradigma educativo de obediencia y competitividad no ha cambiado prácticamente nada. La mayoría de las escuelas siguen siendo fábricas donde se preparan ciudadanos con mentalidad uniforme y en serie, ciudadanos diseñados para competir y consumir antes que colaborar y sembrar. Vivimos en un mundo de sociedades basadas en el individualismo, en el culto al egoísmo y al consumismo, sociedades enfermas de estrés, neurosis, corrupción y violencia. ¿Ese es el futuro que queremos para nuestros hijos y nietos? Bajo la amenaza de la exclusión, de la marginación social y familiar, se ha hecho del sistema educativo un chantaje y una dictadura. Seamos sinceros, a cualquier niño le importa un rábano que el número Pi sea irracional o que los visigodos se establecieran en el sur de Francia. Si el niño memoriza todo eso es únicamente por miedo: sabe que si no cumple con las aspiraciones de los padres perderá su apoyo, sus elogios, quedará sólo ante el mundo, desprotegido, abandonado, y eso será mucho peor que la muerte. Ése es el hilo que sostiene su interés por el estudio. Una vez el niño se convierte en adolescente, el temor a decepcionar a los suyos se extenderá al futuro, a la amenaza de no encontrar un trabajo digno en caso de abandonar los estudios, como así le han repetido. Todo el sistema educativo depende de ese hilo, de ese sutil chantaje emocional. Pero también la religión, la política, la justicia. No hay mecanismo de manipulación más eficaz que el miedo.     


No obstante se percibe un cambio en el ambiente. Para bien o para mal los jóvenes de ahora ya no están tan dispuestos a sacrificarse por los padres para digerir ingentes cantidades de palabra escrita con el fin de conseguir un título académico que no les garantiza nada. Son conscientes de lo absurdo de estudiar unos gruesos y tediosos libros –escritos de manera maquinal, sin el más mínimo entusiasmo– teniendo a su disposición cuantiosos dispositivos digitales conectados a una infinita red de Información. Permítanme exponer mi propia experiencia. Yo he empezado a descubrir la historia, la física y demás ciencias a través de estupendos documentales científicos por Internet y televisión. Yo que tenía auténtica fobia por las matemáticas me he maravillado al conocer el código numérico de la naturaleza. He seguido entusiasmado la extraordinaria historia de los números primos, irracionales e imaginarios y su aplicación en las nuevas tecnologías. Yo que detestaba la física y la química hasta lo indecible, no dejo escapar la ocasión de profundizar en las maravillas del universo, la mecánica de nuestros cuerpos o la formación geológica y biológica de nuestro planeta. Y puedo afirmar que he aprendido infinitamente más viendo esos documentales y leyendo por mi cuenta, que todo lo que he «estudiado» sobre tales temas a lo largo de mi vida académica. De hecho, sinceramente, no recuerdo nada de lo que he estudiado en la escuela. Bueno, sí, ahora me viene a la mente los nombres de los doce hijos de Jacob: Rubén, Simeón, Leví, Judá, etc. Recuerdo que me pasé toda una tarde memorizándolos para pasar un examen. No sé quiénes son todos esos hijos de puta pero los tengo grabados en mi cabeza de por vida. ¿Para eso me han servido tantos años de escuela? Se me podría decir que también aprendí cosas importantes como leer y escribir, sumar, restar, dividir, etc., pero todo eso lo aprendí en casa como casi todo el mundo, y no en la escuela.        

No digo ni mucho menos que no se enseñen asignaturas como física, geografía e historia, que son evidentemente necesarias para un entendimiento global del mundo que nos rodea, lo que sí digo, y estoy plenamente convencido de ello, es que pueden enseñarse de maneras mucho más dinámicas y creativas sin necesidad de exámenes ni soporíferos libros que sólo sirven para matar el placer de aprender. Tales asignaturas nos permiten entender el mundo exterior, la mecánica de las cosas, pero no menos importantes son las asignaturas o actividades que nos permiten mirar hacia el interior, hacia nuestro subconsciente, para así conocernos más profundamente y desarrollar nuestras capacidades emocionales. No es posible conocer la realidad en toda su dimensión si solamente nos centramos en la materia, en el análisis reductivo del mundo exterior, que es lo que mayormente se ha enseñado hasta ahora en la mayoría de las escuelas de todo el mundo. Asignaturas novedosas como psicoterapia, expresión corporal (danza, yoga), composición musical, pintura, escultura, teatro, cortometraje, etc., potenciarían sin duda la inteligencia artística y emocional de los jóvenes, mitigando muchos de los conflictos que afectan actualmente a la sociedad, como es el problema de la violencia y la droga.

Quien compite ya ha perdido incluso aunque «gane», pues la victoria sólo le aportará un momento de euforia que le servirá para separarse aún más de los demás, a quienes verá como rivales despiadados. No hay nada más erróneo que la llamada ley del más fuerte, pues el que lucha solo contra todos perece antes que ninguno. En la vida real, en la práctica, sólo triunfa la ley del más colaborador. El cuerpo humano es un claro indicativo. Cuando una masa crítica de células deja de realizar su cometido y de colaborar por el bien de las demás, se desarrolla el tumor canceroso, que en realidad es –según la medicina alternativa o complementaria– un mecanismo de supervivencia del propio cuerpo para protegerse del cáncer. En un artículo de la revista «Mundo Natural» se dice que «la persona afectada con las principales causas del cáncer –que constituyen la verdadera enfermedad– hubiera muerto rápidamente si no se hubiera formado un tumor de células cancerosas. El cáncer solo se presenta después de que todos los mecanismos de defensa o de curación del cuerpo ya han fallado. Lo que mata a las personas no es el tumor, sino las numerosas razones que se esconden detrás de la mutación y el crecimiento celular. Estas razones deben ser las que se enfoquen en cada tratamiento del cáncer, pero los oncólogos por lo general las ignoran. Los conflictos constantes, la culpa, la vergüenza, por ejemplo, pueden paralizar las funciones básicas del cuerpo y llevar al crecimiento de un tumor canceroso».) En la concepción, por ejemplo, no hay nada parecido a la ley del más fuerte. Ahora se sabe que sólo un 10% de los espermatozoides son aptos para la fecundación, y que los demás ayudan a éstos facilitándoles el camino, sirviéndoles de guía, anteponiéndose a las defensas del cuerpo. La felicidad del espermatozoide es abrirse camino y aceptar los riesgos de la vida sin pensar en la victoria o en las consecuencias del fracaso. Sencillamente vive lo que es, acepta su papel: avanzar es su meta, su victoria. La fusión con el óvulo será la consecuencia de una actitud, no la finalidad.      

Hay que entender que nuestro raciocinio es el producto de millones de años de evolución. No salimos de las cuevas leyendo libros ni siguiendo pautas establecidas de antemano, sino explorando, experimentando, indagando. Los orígenes de la lógica teórica y de nuestra civilización moderna, tal como la entendemos, se lo debemos a los primeros filósofos atenienses de la antigua Grecia, cuyo sistema de pensamiento estaba basado en el replanteamiento y la pregunta, no en la respuesta. El rápido avance de la ciencia y las humanidades no hubiera sido posible sin ellos. De hecho, los mayores retrocesos de la historia humana ocurrieron precisamente cuando se impusieron y oficializaron por instituciones políticas y religiosas determinados dogmas y respuestas «incuestionables». En contraste a la escuela convencional, un micromundo enfocado únicamente en la respuesta y el resultado, el mundo exterior con todos sus ámbitos laborales está orientado normalmente hacia la indagación y la cooperación. ¿De qué otra manera podría funcionar la estructura social? No obstante las consecuencias de la educación convencional dejan tras de sí un rastro de incompetencia y caos muchas veces intolerable, y que fácilmente puede palparse en todos los aspectos sociales. La Escuela Libre potencia en los niños sus capacidades intelectuales y emocionales y los prepara para integrarse eficazmente en el mundo laboral, enriqueciendo y fortaleciendo la propia estructura social. 


Debemos diferenciar muy bien entre realidad y teoría, pues más que verdades conocemos sobre todo apuradas interpretaciones de hechos. La historia, por ejemplo, no es más que una interpretación consensuada de lo que pensamos que ocurrió. De manera similar, la física y la biología están hechas de teorías que serán sustituidas por otras teorías. Incluso ambas especialidades terminarán fusionándose para dar lugar a otras ciencias más dinámicas como la psiconeuroinmunología, la geofisiología o la nanofísica, pues todo está interconectado. El lenguaje mismo será transformado, abreviado, para adaptarse a las nuevas tecnologías de la Información; las matemáticas dejarán de ser exactas cuando empecemos a profundizar en la física de partículas, etc. ¿Qué parámetros rigen lo que es verdadero o falso? ¿De qué sirven los exámenes escolares en un mundo donde muy pocas cosas son absolutamente ciertas? ¿Qué diferencia cualitativa hay entre aprobar y suspender, si lo que hoy consideramos verdadero mañana puede ser falso? Más cerca de la realidad puede estar aquél estudiante que deja su examen sin contestar que aquél otro que repite sin más lo que su profesor afirma como verdad. Inmersos en la vertiginosidad de la Información, lo que hoy está actualizado mañana estará desactualizado. Sólo tenemos que hojear un libro escolar de hace veinte años para darnos cuenta de la cantidad de patrañas que da por sentadas, afirmando como verdadero teorías que hoy día harían sonreír a la mayoría de los científicos. Y sin embargo los jóvenes se las creyeron y a día de hoy todavía muchos siguen dándolas por ciertas, pues gracias a esas falsedades «cultivaron» su mente y aprobaron los exámenes. No estoy diciendo que no se impartan tales materias en las escuelas, sino que se enseñen como lo que son: interpretaciones aproximadas de hechos científicamente estudiados. De esta manera los jóvenes tendrán una mayor perspectiva de las cosas, y por lo tanto una mayor curiosidad y respeto por la verdad, que ya no verán como un aburrido e interminable palabreo sino como un desafío a sus mentes inquietas.

Ejemplos como el «método natural» de Freinet en Francia, el método educativo de «la autorregulación» de Neil en Inglaterra, la «pedagogía del oprimido» de Paulo Freire en América Latina y la Institución Libre de Enseñanza de Giner de los Ríos en España son intentos fallidos –por parte de unos pocos iluminados– de crear un cambio evolutivo en la sociedad del siglo XX. Lo más triste es que en pleno siglo XXI seguimos defendiendo con vehemencia los mismos principios educativos que nos han llevado a tantas crisis y guerras.


José Carlos Andrade García