miércoles, 29 de abril de 2015

Padres infantiles


Los padres que gritan o pegan a sus hijos no hacen sino descargar la frustración del niño incomprendido que (emocionalmente) siguen siendo, ya que tratan de compensar mediante una autoridad incuestionable las atenciones y el grado de poder de que carecieron –es el llamado trauma identificativo: la persona proyecta su pasado traumático en otros para así identificarse con las fuerzas que produjeron su trauma, lo cual le provee de un sentimiento de poder–. Son personas sin autoestima que utilizan la amenaza y la fuerza física para competir con sus hijos en superioridad de condiciones, los cuales sólo pueden protestar hasta cierto punto y tomar nota de lo que significa ser adulto: un/a niño/a grande y abusón/a. Estos padres que fueron adiestrados para obedecer desde pequeños, reproducen de modo cruel esta dictadura con sus hijos a fin de sentirse de una vez poderosos y respetados. Los niños, que no dejan pasar un solo detalle, muy pronto aprenden a ver el mundo como una encarnizada lucha de poderes ejemplificada por los padres. Estos angelitos pronto se convierten en pequeños abusones capaces de detectar la más mínima debilidad o diferencia en sus compañeros de escuela, descargando en ellos el odio y la agresividad reprimida en casa. Un círculo vicioso que se repite de generación en generación.        

A un niño jamás hay que castigarlo o reprenderlo con golpes, insultos ni gritos, pues el niño, que todo lo absorbe a temprana edad, aprende que los conflictos sólo pueden arreglarse con agresividad, repitiendo en el futuro este patrón de conducta cada vez que se vea en dificultades. Ahora bien, no hace falta pegar o gritar nunca a un niño para convertirlo en un maniático depresivo, un maltratador o un psicópata. Un ejemplo son esos padres que inconscientemente impiden al hijo desarrollar sus capacidades cognitivas y emocionales para no sentirse a un nivel inferior, manteniendo indefinidamente su incuestionable autoridad. Cuando la función del niño es ser un simple títere de las aspiraciones de los padres o un chivo expiatorio de sus fracasos, su capacidad emocional queda destruida. Pongamos el caso de unos padres fanáticamente religiosos que se sirven de la inocencia del niño para convertirlo a imagen y semejanza de un ideal sobrehumano y descabellado que sólo sirve para llevarle a un continuo y progresivo sentimiento de fracaso. Incapaz de estar a la altura de tan magnos ideales, al hijo no le queda otra que culparse de todos sus fracasos y honrar a sus padres por todo cuanto hacen por él.

De manera muy similar, hay padres que tratan de superar sus fracasos juveniles amando e incentivando a sus hijos solamente por sus logros. De este modo perpetúan la soledad y fragilidad del niño ante un mundo que cada vez le resulta más exigente y apabullante. Su «gran talento» es el hilo que sostiene su vida, ya que de romperse correrá el riesgo de decepcionar a los suyos y de no ser amado. En el fondo se sabe despreciado ya que nunca ha sido valorado por lo que es sino por lo que puede y debe ser. Consiga o no los objetivos impuestos despreciará su propia debilidad e inseguridad como grandes males ante sus padres y el mundo, despreciando también en los demás sus propias carencias. Puesto que no podrá asimilar el fracaso como un proceso natural de aprendizaje, troncará prontamente su porvenir mitigando la impotencia y la depresión con el alcohol y las drogas.   

Esta hábil manipulación basada en un sutil chantaje emocional pasa generalmente desapercibida cuando los padres gozan de una buena posición social o son miembros ejemplares de alguna congregación religiosa. No es de extrañar que tantos psiquiatras, médicos e investigadores de la conducta humana queden desconcertados cuando un asesino múltiple ha gozado, según la comunidad y su entorno familiar, de una buena educación y de unos padres «solícitos y amorosos». Cuando el propio asesino afirma que tuvo una infancia feliz y unos progenitores que se desvivían por él, a estos médicos y psiquiatras no les queda otro remedio que mirar en el interior del cerebro y culpar a los genes de todos los males. Si no hace mucho se culpaba al demonio de instigar la estupidez humana, ahora son unos genes insanos, malévolos y destructivos quienes seducen y pervierten al hombre. ¿Esto es lo que hemos avanzado en materia de  psicología?

La unidad familiar no consiste en que todos sus miembros piensen y sientan de la misma manera, sino que cada uno acepte y asimile con respeto y amor las diferencias físicas, intelectuales y emocionales de los demás. El chantaje emocional (de los padres) se hace palpable cuando todos los miembros siguen una misma línea de pensamiento ante la religión, la política, el sexo, etc. Cuando los padres establecen, además, juicios y comparaciones entre hermanos, no hacen sino fomentar los roces y rivalidades entre ellos, que a menudo acaban distanciándose hasta perder prácticamente toda comunicación.

En esta dictadura familiar –micromundo de las dictaduras políticas– se perseguirá y castigará sin contemplaciones a cualquiera de los hijos que trate de pensar por sí mismo o infringir las estrictas leyes familiares de obediencia y moralidad. Una vez el hijo rebasa la edad infantil, el castigo físico y la amenaza son progresivamente sustituidos por el chantaje emocional y el sentimiento de culpabilidad, mucho más efectivos. Cuántas veces hemos escuchado a un padre o a una madre gritarle a su conmocionado hijo cosas tales como: «¡Matarás a tu madre de un disgusto! ¡Cuándo yo me muera me llevarás sobre tu conciencia! ¡Si sigues así me matarás de un infarto!...» Todo intento de cambio o liberación por parte de algún miembro del clan será implacablemente frustrado tanto por los hijos como por los padres, pues ya todos han asumido inconscientemente su rol en la familia, así se crea un cómodo equilibrio de fuerzas entre débiles y fuertes, buenos y malos, cuidadores y enfermos. Es muy común, por lo tanto, que estos padres saboteen inconscientemente los logros de alguno de sus hijos cuando éste empieza a recuperarse de alguna disfunción o adicción.

Ser padre o madre es una responsabilidad sagrada, y todo cuanto hagamos por mejorarnos servirá para mejorar exponencialmente la vida de nuestros hijos y descendientes. Hitler no es producto del mal, del diablo o de genes insanos y destructivos, sino de un monstruoso sistema educativo (familiar y escolar) que aniquiló su capacidad emocional. Hitler sacó lo peor de nosotros mismos de la misma manera que Jesús o Buda sacaron lo mejor. Un hijo bien amado da lugar a varias generaciones de personas sanas, responsables y creativas, capaces incluso de enderezar el rumbo de la humanidad. Si durante años estudiamos para obtener una carrera o una titulación, ¿por qué no dedicar un poco de tiempo a conocer los entresijos del comportamiento humano, evitándonos así un sinfín de errores irreversibles? ¿Por qué no plantearnos el reto de aprender lo más difícil que existe: ser un buen padre o una buena madre? Alice Miller: «No podemos culpar a nuestros padres y abuelos por habernos heredado mensajes equivocados, porque ellos no tenían una mejor información disponible en ese momento. Pero nosotros la tenemos hoy en día y no podremos proclamarnos inocentes cuando la siguiente generación nos culpe por haber rechazado la información que teníamos disponible y que era fácil de entender. […] ¿Tenemos derecho a traer un niño al mundo y olvidar nuestro deber?».

Las ideas que tenemos sobre cómo educar a nuestros hijos son generalmente de nuestros padres, que a su vez las tomaron de los suyos, y así sucesivamente. De tanto escucharlas y sufrirlas damos por hecho que nos pertenecen, que siempre han sido nuestras, peor aún: damos por hecho que son correctas. Si carecemos de referencias educativas, si todo nuestro conocimiento pedagógico empieza y termina en la relación con nuestros progenitores y profesores, ignoraremos la existencia de otras alternativas pedagógicas mucho más prácticas y evolucionadas. Consideraremos el castigo físico y el chantaje emocional como algo normal y legítimo. Esta antipedagogía que a nosotros nos parece correcta –y que vemos como una respetable tradición familiar– es en cambio absolutamente anormal e incomprensible para otras comunidades como la indígena de la amazonia, cuya tradición pedagógica es del todo opuesta. En el documental “Don Quijote de la Selva”, el más conocido activista mundial de los derechos de los indígenas, Orlando Villas Bôas, decía que «en más de cuarenta años nunca vi a una madre pegar a sus hijos, ni a un padre regañar a sus hijos, ni a unos padres decirle no a sus hijos». No por querer a un hijo le estamos dando la mejor educación. La mayoría de los padres hemos aceptado, sin apenas cuestionarlo, que los gritos, los castigos y los cachetes son «por desgracia inevitables» en la educación de nuestros hijos, pero rara vez nos paramos a pensar lo que significa pegar a un niño indefenso, por muy democráticos que nos declaremos.    

Amar a un hijo es sencillamente confiar en él, respetarlo. Si no quiere estudiar, por ejemplo, está en su derecho a no hacerlo, no comete ninguna infracción y por el contrario ha entendido con lucidez cuál es el camino que no le beneficia, lo cual ya es un logro a tener en cuenta. Si no está en su naturaleza disfrutar del sistema escolar (algo bastante lógico, por cierto) tiene a su disposición infinidad de alternativas para desarrollar su talento natural, que lo tiene, y que habrá de encontrarlo por sí mismo dándole a elegir las actividades que más le atraigan, sea música, deporte, danza, cine, pintura, electrónica, informática, diseño, etc. Nuestra misión como padres es darle la libertad para que pueda encontrar su camino y realizarse por sí mismo; amarlo y respetarlo por cómo es y no por cómo nos gustaría que fuera.

Amar a un hijo es desear su felicidad por encima de intereses o ilusiones personales, pues él no ha venido al mundo a cumplir nuestros sueños sino los suyos, nos gusten o no. Él ha venido a mejorar el mundo. Si realmente le queremos y confiamos en él, le ayudaremos a buscar el camino que más le cautive, pues, quien no teniendo títulos universitarios encuentra aquella actividad adecuada a sus talentos o pasiones, triunfará mucho más (en todos los sentidos) que el hijo obediente que obtuvo los tan meritorios títulos académicos impuestos subrepticiamente por la familia.

Gritar o pegar a un niño para que coma, termine los deberes, realice las tareas del hogar o se calle, puede entorpecer o paralizar su desarrollo emocional de manera irreversible. Por instinto de supervivencia, el niño necesita desesperadamente sentirse en todo momento protegido y comprendido por sus progenitores, que son quienes le protegerán y salvaran de todos los peligros externos, sean depredadores humanos o animales. Desde tiempos prehistóricos, el cerebro del niño está programado para depender del adulto en todo momento. Es mucho más fácil para él culparse de cualquier cosa que asimilar la realidad en que vive, pues eso le haría descubrir sin velos la poca honestidad e inmadurez de sus padres, que se supone son sus grandes maestros y protectores. A riesgo de sentirse desvalorizado y desprotegido (nada le resultaría más aterrador), el niño elegirá autoinmolarse emocionalmente y vivir en una falsa realidad. Cuando este niño alcanza la edad adulta, sigue soportando inconscientemente esa carga de culpa y desvalorización que afecta sobremanera todos los aspectos de su vida. Personas de gran desarrollo intelectual pueden ser también discapacitados emocionales que recrean en sus hijos la misma educación disfuncional que ellos mismos padecieron.   

Como extraños animales que tropiezan diariamente en la misma piedra, millones de padres en todo el mundo repiten a diario este craso error con sus hijos, alegando como excusa el «mal comportamiento» de estos y la tan necesaria disciplina. Esto me recuerda a una historia narrada por el gran psicoterapeuta Milton Erickson: «Cuando era joven su familia vivía en una granja, y cierto día se encontró a su padre ante la puerta del establo, empujando con toda su fuerza al burro por las bridas para que entrara en el establo. El burro, terco como tal, permanecía impasible como un resistente pasivo en empecinada oposición. Solicitó permiso a su padre para intentarlo con sus propios métodos. Se acercó al burro por atrás y tiró fuertemente de su cola, ante lo cual el burro manteniendo su oposición simplemente entró en el establo, cumpliéndose así la tarea».

¿Se entiende mejor la clase de mundo que hemos ayudado a crear? ¿El porqué de las guerras, los genocidios, el hambre y demás barbaries humanas? Algo tan sencillo como un cambio global en el modelo educativo podría evitarnos caer en la misma piedra de siempre.      


[Este artículo tiene su continuación en otro de mis artículos, titulado "EL ARTE DE EDUCAR".]
                                                          

José Carlos Andrade García

domingo, 26 de abril de 2015

El arte de educar


Aunque la sociedad ha avanzado un poco en materia de educación, es desesperante, no obstante, ver a tantísimos padres incapaces de entender a sus hijos o si quiera de comunicarse con ellos, pues el que no conoce mínimamente el funcionamiento de la psicología infantil ni los principios básicos de convivencia familiar, simplemente se limitará a repetir la misma rutina educativa que él mismo recibió de sus progenitores, por más aberrante que haya sido.  No saben que el niño, por instinto de supervivencia, necesita con vehemencia la continua atención de sus progenitores, sobre todo de la madre (instinto derivado, como ya dije en "Padres infantiles", del miedo visceral a ser abandonado, extraviado por la manada o devorado por depredadores), y que de no conseguirlo por las buenas, mediante el entendimiento mutuo, lo hará por las malas, aunque para ello tenga que recibir todo un abanico de gritos, alaridos, empujones, bofetones y gruñidos guturales. Aunque no lo parezca, al final siempre es el hijo el que gana en este tira y afloja ininterrumpido, en esta lucha encarnizada de poderes, pues es el único que en cierto modo consigue algún «beneficio».

Abstraídos, embotados por la continua ansiedad del combate, estos padres suelen ser incapaces de percibir, y mucho menos de premiar, el buen comportamiento que a veces muestra su hijo queriendo o sin querer. No tardarán en verse a sí mismos como unos padres sacrificados que hacen todo lo posible por ayudar y enderezar a este demonio de niño que ya no sabe qué inventar para hacerles la vida imposible. Juzgándolo como anormal: agresivo, egoísta, déspota, hiperactivo, holgazán…, se exculpan de sus errores e incapacidades responsabilizando al niño de todos los males. 

El niño carece de la mentalidad calculadora y recelosa del adulto que ha sido reprimido y que ve a los demás como un reflejo distorsionado de sí mismo (cuántas veces se ha hablado erróneamente de la «innata crueldad infantil»). Este adulto interpreta los denuestos y las acusaciones del niño no como una necesaria liberación de sus sentimientos sino como una amenaza a su poder y status, lo cual le lleva a reaccionar de la manera más equivocada: reprimiéndolo aún más o creándole sentimientos de culpabilidad que aniquilarán su autoestima. Es evidente que el niño no disfruta de las disputas ocasionadas por su «mal comportamiento», pero si no se siente mínimamente comprendido por los padres, en particular la madre, tratará de compensar semejante injusticia reclamando su lugar a gritos, siendo el centro de atención en todo momento, tratando incansablemente de sentirse atendido aunque sea mediante la fuerza, y reproduciendo esta rutina de confrontación y competencia con sus hermanos y compañeros de escuela.         

¿Cuándo descubrirán estos padres que las rabietas del niño desaparecerán en el momento en que no sean atendidas o combatidas? ¿Que los gritos no se solucionan con más gritos, de la misma manera que un fuego no se apaga con más fuego? El agua que apaga el incendio de las rabietas se traduce en una voz suave pero determinante: «No te atenderé hasta que te calmes»; pero también en charlar distendidamente con él, en acariciarlo, besarlo y abrazarlo sobre todo cuando se muestra relajado. Nunca olvidemos que la primera regla de la pedagogía es compensar un estado de ánimo positivo de la misma manera que desatendemos un estado de ánimo negativo, sin jamás amenazar, gritar o pegar. 

Un niño que no se siente comprendido hará todo lo posible por suplir ese vacío con una demanda continua de atención. Para  el niño  es mil veces preferible "ganarse" un maremágnum de gritos, zurras y castigos que sentirse ignorado, rechazado, incomprendido. Es un acto reflejo: si no puede obtener la comprensión tratará de obtener la atención, aunque sea por las malas: mediante la desobediencia o el desafío. Solo de esta manera conseguirá distraerse o evadirse de la insoportable soledad que le genera su sentimiento de incomprensión o marginalidad, pues ya hemos dicho que el niño, por instinto de supervivencia, necesita la continua atención y protección de sus progenitores. El comportamiento del niño, aun siendo a veces errado, es natural, transparente, espontáneo. Aun carece de la psicología, del recelo, de la premeditación de los adultos, por lo que no puede responder a sus necesidades vitales con argumentos o planteamientos racionales, sino con actitudes o estados de ánimo. Nuestro deber como padres es indagar y comprender los motivos de tales actitudes, y no censurarlas o reprimirlas. Por lo tanto hemos de  ver este "mal comportamiento" como un síntoma y no como un carácter. Si los padres son capaces de no ponerse a la misma altura emocional del niño, de no combatir sus rabietas e insultos como ridículos compañeros de lucha, al niño no le quedará más remedio que ser dialogante para hacerse escuchar. En cuanto muestre el más mínimo indicio de cooperación, deberá ser animado y elogiado. Solo a través de la serenidad y el buen humor, podrá el niño expresar sin temor sus verdaderas inquietudes, o al menos ofrecernos las pistas que nos ayuden a dar con la clave de su "mal comportamiento", en vez de seguir jugando eternamente al gato y al ratón. Este es el modelo educativo más positivo, inteligente y racional: sin enfados, gritos ni castigos.

Analicémoslo con un ejemplo. Esos padres que se sienten tan agraviados por el mal comportamiento de su hijo ¿no actúan de manera tan incoherente como un médico que se enfurece al constatar los síntomas del paciente? ¿Se imaginan a un médico aleccionando en vez de curar? ¿Gritando y castigando a sus  pacientes cada vez que los síntomas de éstos empeoran?  Pues de manera similar actúan millones de padres con sus hijos, y no porque sean estúpidos sino simplemente porque así es como les educaron a ellos mismos, ¡no conocen otra cosa!

No menos crueles y antipedagógicos son esos métodos tan actuales y recomendados por tantos "pedagogos" como "la silla de pensar", que solo sirve para producirle al niño una profunda ansiedad, pues ese tiempo de reflexión implica la expulsión temporal del clan familiar. El pánico que supone este alejamiento del entorno afectivo -un momento verdaderamente traumático para él-, solo puede servir para que el niño pierda la confianza en sí mismo y su interés por indagar, experimentar, por seguir aprendiendo sin depender continuamente del permiso de sus padres, que consciente o inconscientemente ya han dejado muy clara su manipulación afectiva. ¿Cómo va el niño a respetar y confiar plenamente en unos padres que saben cómo explotar o manipular sus debilidades? ¿Cómo va a abrirse a ellos y expresar sus temores sabiendo que pueden utilizar esos mismos temores en su contra?

¿Y qué decir de esa otra antipedagogía como son los puntitos de comportamiento, que sólo sirven como transacción a las explicaciones? Así, en vez de indagar y comprender la desmotivación del niño y sus faltas, se le insta a competir con sus hermanos sin tener en cuenta el ritmo particular de cada uno y sus talentos o capacidades intrínsecas. Más fácil es que compitan entre sí para ganarse el cariño y los elogios de mamá y papá, lo que solo sirve para fomentar la envidia y la rivalidad entre ellos.

Si el niño, por ejemplo, no quiere comerse los guisantes, hay que respetarlo aunque no nos guste. Su decisión de no probar un determinado alimento forma parte de un proceso psicológico de experimentación y  autoexploración necesarios: "Yo me llamo Pepito, me gusta dibujar, cantar y de mayor quiero ser astronauta, pero no me gustan las matemáticas. Ni tampoco los guisantes". Cuando el niño aprende libremente a tomar decisiones, a desarrollar su individualidad y sus gustos, muy rara vez se obceca por mucho tiempo en no probar un determinado alimento o cualquier cosa que le convenga, algo muy diferente cuando los padres lo apremian o lo fuerzan a ello, generando el efecto contrario al deseado, pues el niño, necesariamente, radicalizará su negativa a fin de reclamar afanosamente su individualidad,  su derecho a ser él mismo, a tal punto que lo que en un principio iba a ser una negativa temporal se convierte en algo permanente. Esta estrategia -que no deja de ser también un sacrificio- es como una advertencia a los padres sobre las consecuencias que conlleva  la violenta invasión de su espacio vital. Lógicamente tampoco hay que hacer lo contrario si el niño decide probar un alimento que antaño desdeñó: premiarlo. Pues cuando el comer se convierte en un premio, el niño deja de comer por necesidad, desestabilizando su motor orgánico. La comida cobra el mismo sentido que las tareas escolares: complacer a los padres. Algo sumamente insalubre en un niño que no encuentra otros medios para complacerlos, comiendo cada vez más compulsivamente y haciendo de la comida una vía de escape a su ansiedad, producto de la inseguridad que le genera su sentimiento de incomprensión. Muchos padres tratan de remendar  esta  falta de compenetración emocional con el hijo sobrecompensándolo materialmente, ya sea con un exceso de comida, ropa o juguetes, así pueden convencerse o justificarse diciendo que a su hijo no le falta nada. Pero pasar más tiempo con el niño y escucharlo es un bien indispensable que no se puede sustituir ni con todos los juguetes del mundo.  

El niño, por lo tanto, no es un animalito a quien domesticar. Como ser humano que es, está en su derecho a chillar y protestar cuando así lo crea necesario, pues sus momentos de frustración y rebeldía forman parte de su espontaneidad y vitalidad –de su desarrollo emocional–, los cuales jamás hemos de silenciar por la fuerza o castigar, pues la represión sólo sirve para desviar su ira hacia los demás. Obligarlo de malas maneras a obedecer es negarle la libertad de expresión, de ser él mismo. El niño debe aprender a ser consciente de sus errores, y no es con gritos ni castigos como lo conseguirá, ya que estos no aportan ningún esclarecimiento o discernimiento: sólo sirven como medida de fuerza temporalmente disuasoria, limitándolo emocionalmente e impidiéndole madurar, pues aprenderá de los mayores que la coacción es la única manera de alcanzar sus objetivos, convirtiéndose de adulto en un maltratador psicológico. Así pues, debemos aprender a reconocer y fomentar sus buenos momentos de la misma manera que desatendemos su mal genio, sin humillarlo ni castigarlo. Una vez empiece a sentirse escuchado y atendido, asimilará que sólo mediante el diálogo y la cooperación alcanzará la atención deseada, además de una renovada felicidad. Dejará entonces de sentir la necesidad de utilizar su comportamiento errado –su «innata crueldad»– para dicho fin.

Habrá quien dirá con cierta bravuconería: «Nuestros abuelos nunca tuvieron ningún problema a la hora de educar a sus hijos: un buen tortazo les quitaba toda la tontería». Lo que seguramente no dirá es que la «buena educación» de nuestros abuelos propició dos guerras mundiales que dejó más de cien millones de muertos, siendo con diferencia la época más violenta de la historia humana.

En definitiva: es esencial una transformación global del modelo educativo familiar y escolar. Ahí está la raíz de la inconsciencia humana. Pero es más fácil no hacer nada y culpar de todo al demonio, a los genes o a la "innata" estupidez humana. Es más fácil decir que la humanidad no tiene arreglo y que más vale vivir solo para nuestro placer momentáneo, sin importar el mundo que le dejemos a nuestros descendientes. Es más fácil rezar, velar por nuestra salvación y ser buenos con la esperanza de que papá Dios nos saque de la cuna y nos quite la mierda de encima, en vez de responsabilizarnos de nuestros actos como personas emocionalmente maduras que contribuyen a una sociedad más justa y racional. 


José Carlos Andrade García

domingo, 19 de abril de 2015

En busca del niño interior


Es lógico que la mayoría no queramos ni por un segundo analizar nuestra infancia, no ya por temor a despertar los recuerdos de continuas humillaciones y malos tratos de nuestros padres, hermanos, profesores y compañeros sino sobre todo por temor a resucitar al niño que fuimos, a revivir los mismos sentimientos de fracaso y complejos de culpa. Sin embargo ahí está la causa de nuestras depresiones, de nuestra ira incontrolada, de nuestras enfermedades psicosomáticas, de nuestras adicciones, que no son sino una permanente huida de nuestro pasado.

Cierto que este contacto con la niñez desestabilizará temporalmente la frágil seguridad y autoestima que con tanto esfuerzo levantamos en la madurez, ya que nos hará revivir sensaciones y sentimientos que creímos enterrados, pero esto sólo será la primera y peor etapa de un proceso terapéutico curativo. Al poco tiempo se desbordarán otros sentimientos como la rabia y el odio reprimido, que hasta entonces habíamos desviado inconscientemente hacia los demás.

Re-conocer por fin este odio infantil sin disfrazarlo de ideología –como habíamos hecho hasta entonces– nos llevará a experimentar niveles de lucidez y autoconocimiento nunca antes vividos. Una vez seamos conscientes de que nuestros sentimientos de culpabilidad nacieron de la negación a descubrir que nuestros padres no supieron valorarnos ni amarnos, comprenderemos la raíz de nuestros miedos, de nuestra ira descontrolada, de nuestro odio desviado. ¿No es más inteligente dedicar unos días a descubrir la raíz de nuestros problemas que pasarnos toda una vida huyendo de ellos y por ende de nosotros mismos? ¿Toda una vida de adicciones, depresiones y neurosis? Aunque el shock de la verdad sea grande al principio, nuestros sentimientos y percepciones se abrirán progresivamente como si despertáramos de un largo y opresivo sueño.

Sólo cuando seamos capaces de distinguir el auténtico amor del chantaje emocional y el sadismo, estaremos en condiciones de no repetir con nuestros hijos la misma historia de abusos que recibimos. Alice Miller:

«Es comprensible que queramos perdonar y olvidar para no tener que sentir dolor, pero esta vía no funciona. […] Nunca lo hará. ¿Por qué? Porque la rabia, como todas las emociones, no se deja dictar ni manipular, es ella la que nos dicta a nosotros, nos obliga a sentirla y a comprender sus causas. Podemos, no obstante, tratar de reprimir nuestra ira, pero las consecuencias serán enfermedades, adicciones o crímenes. Fíjese en la cantidad de sacerdotes pedófilos. Perdonaron a sus padres los abusos sexuales y otros abusos de su autoridad. Y ¿qué hacen ahora? Repiten los «pecados» de sus padres, precisamente porque se los han perdonado. Si hubiesen juzgado de forma consciente los crímenes de sus padres, no se habrían visto forzados a hacerles lo mismo a otros niños, abusando de ellos y confundiéndolos al condenarlos al silencio. […]  El auténtico perdón no bordea la rabia sin tocarla, sino que pasa a través de ella. Sólo cuando pueda indignarme por la injusticia que cometieron conmigo, cuando advierta el acoso como tal y pueda reconocer y odiar a mi perseguidor como tal, sólo entonces se me abrirá realmente la vía del perdón. La ira, la rabia y el odio reprimidos dejarán de perpetuarse eternamente sólo cuando la historia de los abusos cometidos en la primera infancia pueda ser revelada. Y entonces se transformarán en duelo y en dolor ante la inevitabilidad del hecho, dejando, en medio de ese dolor, cabida a una verdadera comprensión, a la comprensión del adulto que ha echado una mirada a la infancia de sus padres y, liberado finalmente de su propio odio, es capaz de vivir una empatía auténtica y madura.» [“Salvar tu vida”] 

Así pues, ante los maltratos y abusos de los padres, o de cualquier miembro de la familia, no basta con romper la relación o perdonar, es aconsejable someterlos a una pacífica confrontación, sin albergar la esperanza de que hayan cambiado desde entonces, de que nos escuchen y muestren algo de comprensión, pues es posible que se nieguen a admitir sus errores por miedo a perder su posición de autoridad y asumir las consecuencias. No obstante, el sólo hecho de dar este paso, ya es sumamente sanador . En su libro “Padres que odian”, Susan Forward explica en detalle cómo debemos realizarla. Simplemente para que el lector tenga una idea aproximada sobre el tema, mostraré las principales pautas a seguir, pues no es mi intención extenderme demasiado. Hay que tener presente que esta información puede no ser suficiente para llevar a cabo una correcta confrontación.

    La confrontación se puede hacer cara a cara o bien por carta. Una confrontación por carta funciona exactamente como si se la hiciera en persona. Ambas se inician con las palabras: «Voy a decirte algunas cosas que nunca te he dicho antes», y ambas deben incluir cuatro puntos principales:

    1. Esto es lo que me hiciste.
    2. Así es como me sentí yo entonces.
    3. Así es como aquello afectó mi vida.
    4. Esto es lo que quiero de ti en lo sucesivo.

    He comprobado que estos cuatro puntos constituyen una base sólida y concreta para todas las confrontaciones. Esta estructura abarca generalmente todo lo que uno necesita decir y ayudará a evitar que la confrontación se convierta en algo disperso e ineficaz. [Si los padres no están físicamente presentes, hay un método muy eficaz que] consiste en escribir una carta de confrontación y leerla en alta voz ante la tumba del difunto. Eso le da a uno la fuerte sensación de estar realmente hablando con él y de poder expresar finalmente las cosas que durante tanto tiempo ha estado guardándose dentro. (…) Si usted todavía sigue cargando con la responsabilidad de los traumas de su niñez, es demasiado pronto para una confrontación.

      Aunque Susan Forward no lo mencione, pienso que una confrontación inversa –de padres a hijos– sería igualmente beneficiosa. Si realmente deseamos trasmitirles dones y valores a nuestros hijos, como la lealtad, la sinceridad o la empatía, deberíamos sincerarnos con ellos y reconocer nuestros errores a la hora de educarlos, sin justificarnos diciendo que ellos nos obligaron a actuar así, pues los niños no aprenden con la palabra sino con el ejemplo.

      1. Esto es lo que te hice.
      2. Así es como (creo que) te sentiste entonces.
      3. Así es como aquello cambió tu vida.
      4. Esto es lo que verás de mí en lo sucesivo. 

      Una vez seamos capaces de acercarnos con ternura y compasión al niño reprimido que fuimos y descubramos que nuestros sentimientos de culpabilidad no nos pertenecen, sentiremos por nuestros hijos la misma comprensión y empatía. Alcanzada la lucidez –un nuevo nivel perceptivo nunca antes experimentado–, podremos liberar la rabia del niño que nos gobierna, dándole descanso en nuestra conciencia e integrándolo como parte de nuestra identidad. Podremos diferenciar claramente la verdad de la mentira, el amor y la pura bondad del egoísmo y las manipulaciones afectivas. Estaremos en condiciones de poner fin a este asesinato masivo de almas que lleva repitiéndose durante incontables generaciones y que sólo ha traído sufrimiento, violencia, guerras y abusos de toda índole.

Libres por fin de la programación y el automatismo generacional, dejaremos de repetir en el presente las mismas situaciones del pasado. Entonces ya no veremos a nuestros hijos como un reflejo de nuestros miedos sino como un milagro de la vida, un precioso regalo para el mundo.



José Carlos Andrade García

lunes, 23 de marzo de 2015

El gran fraude del sistema educativo


Es importante conocer los orígenes de la escuela, que se remontan a las primeras academias de Platón, lugares al aire libre donde se debatían propuestas y se reflexionaba libremente (la instrucción obligatoria era sólo para esclavos). La escuela moderna hace su aparición a mediados del siglo XVIII, al principio de la revolución industrial, con la finalidad de preparar a los niños para la vida laboral de las fábricas y hacer más eficaz el desarrollo industrial. Para ello los niños debían –como los adultos– acostumbrarse a las rutinas, a los horarios, a obedecer órdenes. La escuela era la respuesta ideal para los poderosos dueños de las fábricas. De hecho los mayores industriales del siglo XIX como Carnegie, J.P. Morgan, John Rockefeller y Henry Ford financiaron la escolarización obligatoria a través de sus fundaciones. La escuela era una herramienta eficaz para formar trabajadores útiles al sistema. El toque de sirena para entrar o salir, la formación de filas, la instrucción y el autoritarismo como modelo educativo, la división de edades, las clases obligatorias, los descansos de treinta minutos, el sistema de clasificaciones, de premios y castigos…, todo ello formaba parte de la metodología utilizada en las fábricas y en los cuarteles. Más adelante, a principios del siglo XX, fueron los sacerdotes y los políticos quienes sacaron tajada del enorme beneficio que representaban las escuelas para sus intereses, politizándolas o contaminándolas con teorías utópicas o de superioridad racial a fin de manipular las frágiles mentes de los jóvenes y facilitar determinados regímenes políticos y religiosos. Un perfecto caldo de cultivo que nos llevaría a dos guerras mundiales.

Lo triste es que en pleno siglo XXI seguimos manteniendo los mismos principios educativos de la era industrial. Es como si este sistema académico se hubiera vuelto esquizofrénico, cerrándose al mundo exterior, a las nuevas ideas pedagógicas y científicas y a las nuevas tecnologías para seguir dando vueltas en un espacio absolutamente irreal. Por desgracia no hay mucha gente a favor de un profundo cambio en el paradigma educativo, empezando por los propios padres, que pocas veces ven con buenos ojos cualquier intento de cambio o renovación del sistema como la mezcla de niños de diferentes culturas y edades en una misma clase, la reducción de horas en la enseñanza, la disminución o desaparición de los deberes o la anexión de asignaturas novedosas como primeros auxilios, técnicas de reciclaje, horticultura ecológica, bricolaje, teatro, cortometraje, psicología sexual o social.

 Si los adultos no sabemos lo mismo ni nos dedicamos a lo mismo ni nos interesa lo mismo, ¿por qué obligamos a los niños a saber lo mismo, sin importar los diferentes talentos o preferencias de cada uno? La respuesta es bien sencilla, siendo la escuela un simple centro de instrucción para niños y jóvenes, carece de la capacidad para atender sus verdaderas necesidades. La continua frustración y desmotivación del estudiante, además, afecta directamente a su capacidad intelectual, ya que el cerebro necesita –sobre todo a esa edad– la energía positiva del estímulo y el desafío para su correcto desarrollo. La desmotivación es para el cerebro lo que la inactividad para un músculo: se atrofia. O lo que es lo mismo: ralentiza o paraliza la formación de neuronas y el entrelazamiento sináptico. Desmotivados con la rutina reglamentaria que les embota la mente y el espíritu, aquellos que descargan su frustración son etiquetados como «víctimas» del Síndrome de Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH). Estos representan el 10% de los niños en las escuelas, siendo alarmantemente alto el número de aquellos a los que se les administra drogas como Ritalin –para hacerlos más fácilmente controlables.   


Desde siempre se ha dicho que la escuela es un lugar donde los niños pueden socializar, compartir inquietudes y aprender a relacionarse, pero la realidad nos dice todo lo contrario. Más que un centro educativo, la escuela es sobre todo un campo de batalla donde muchos niños pueden reproducir sin censuras el comportamiento disfuncional de los padres y dar rienda suelta a todas las tensiones reprimidas del hogar. Apabullados por el entorno, muchos otros niños optan por no participar en esta despiadada lucha de poderes, desvinculándose de los demás compañeros y encerrándose aún más en sí mismos.

A través del fracaso escolar –cada vez más alarmante–, los adolescentes nos están indicando claramente que este sistema no es mínimamente viable o productivo, ya que solo hace hincapié en la inteligencia lógica-matemática, desdeñando otras capacidades como la inteligencia creativa, espacial, cinestésica, interpersonal, intrapersonal, musical, plástica, verbal, emocional, etc.. Es inconcebible que en plena era digital, rodeados por innumerables redes de Información, forcemos a nuestros jóvenes a seguir  remando en un barco de vela que hace aguas por los cuatro costados. Cada fracaso escolar es a la vez un fracaso personal que produce una profunda desvalorización del que lo sufre, lo que conlleva una mayor probabilidad de padecer enfermedades psíquicas como la depresión crónica o conductas antisociales. Según datos de la Unesco, uno de cada cinco alumnos europeos fracasa en la escuela (en España uno de cada tres), lo cual es terrible para la sociedad. Un sistema académico que convierte en fracasados a una quinta parte de la juventud es cualquier cosa menos racional, ya que incide negativamente en la propia estructura social fomentando el malestar generalizado y el deterioro social.

Es este rancio sistema académico quien ha fracasado rotundamente, y no el estudiante. No es de extrañar que cada vez más padres se decidan por la Educación Libre o Homeschooling (más de dos millones en EEUU). Educar a los hijos en casa o en el campo es para muchos la única opción verdaderamente educativa. Los niños desarrollan sin obstáculos su creatividad, su pasión por el conocimiento ya sea leyendo, pintando, danzando, haciendo deporte, componiendo música, etc. Cada vez más padres son conscientes de la nociva improductividad del sistema académico. 

La supuesta democracia que rige la mayoría de los países no se sigue en las escuelas. Allí el niño no tiene ningún privilegio, se le niega el derecho a la libertad de expresión, a protestar cuando así lo crea necesario. El niño no es más que un número, un valor: suficiente, sobresaliente o deficiente, un producto manufacturado listo para ser consumido por la sociedad. ¿Cómo vamos a fomentar la paz, la igualdad de derechos y la cooperación si desde las escuelas les negamos sus derechos más básicos? ¿Cómo van a convertirse en personas cívicas y responsables si les estamos enseñando un modelo de conducta autoritario, competitivo y discriminatorio? Cuando los niños dependen en todo momento de lo que los padres o maestros digan o manden, estos niños se convierten de mayores en personas sin iniciativa propia y dependientes crónicos de las autoridades políticas y religiosas como padres-profesores de reemplazo; aceptarán cualquier orden que reciban, incluso cualquier sugerencia, sin cuestionarla jamás, tal como hicieron tantos nazis en la segunda guerra mundial. (Cuántas veces hemos visto en televisión las imágenes de los juicios de Núremberg y a los altos cargos del partido nazi declarando a modo de justificación que sólo cumplían órdenes. Y en cierto modo no mentían.)

Es evidente que al sistema educativo sólo le importa el resultado, no el proceso. Pero el resultado no es más que la consecuencia del proceso. Si los niños no disfrutan con el proceso, el resultado no tiene sentido. Si para obtener la calificación exigida los niños se limitan a memorizar en vez de aprender, la enseñanza se convierte en antienseñanza. Si los niños son tratados como piezas válidas o defectuosas, si nada importan sus sentimientos ni su aportación creativa y todo su cometido es cumplir unas horas de reclusión y hacer lo que se les ordena para así obtener los resultados previstos, el sistema educativo se convierte en una fábrica de humanos disfuncionales, un simple proceso mecánico de producción en serie. ¿Tan difícil es entender que el deseo innato del niño por aprender desaparecerá en cuanto le obliguemos a «aprender»? ¿Que su espontaneidad y creatividad desaparecerán igualmente cuando, día tras día, le reprendamos o amenacemos por llorar, reír o decir lo que piensa? La escuela convencional parte de la idea de que el niño no es más que un objeto, un recipiente vacío que hay que ir llenándolo de manera ordenada y sistemática, cuando la realidad es que el niño nace ya completo, nada le falta ni le sobra, y no necesita que nadie le diga lo que tiene que aprender, sus dones y preferencias ya están fijados en su ADN. La misión del adulto, sea padre o maestro, no es imponer sino proponer. No es limitar ni manipular, sino facilitar el desarrollo de todas sus potencialidades.


Todos los niños son auténticos genios, poseen una enorme creatividad y una insaciable curiosidad por todo, y a diferencia de los adultos tienen la habilidad de no estancarse en una sola línea de pensamiento, siempre tienen la mente abierta. Son grandes artistas porque no tienen miedo a improvisar ni equivocarse, pero suelen perder gran parte de esa creatividad en tanto van creciendo y absorbiendo los prejuicios y neurosis de los adultos. En muchas exposiciones de pintura puede observarse este miedo, este pánico al fracaso en cada uno de los trazos y pinceladas. La mayoría de las obras no están ni bien ni mal, simplemente son trémulas reproduciones fotográficas sin sustancia. Se comprende claramente que sus autores no han encontrado su propio estilo ya que nunca se han enfrentado a sí mismos ni han superado las barreras de su educación por temor a salirse de los márgenes impuestos por la familia y la sociedad. Se empecinan en seguir un estilo estandarizado que solo pone de manifiesto sus debilidades. Un camino incesantemente trazado que muy pocas veces alcanza el objetivo deseado, y cuya intención original no es tanto una búsqueda interior (que es lo que debería ser el arte) como la desesperada necesidad de ser elogiados y ensalzados. 

Lo que un niño aprende en los siete primeros años de vida es más de lo que aprenderá a lo largo de toda su vida. Un bebé no necesita a nadie que le diga cómo poner una pierna y luego la otra, ni cómo debe hablar o reír. Él aprende por instinto, observando, imitando, y no le importa equivocarse una y mil veces. Más adelante aprende a correr, a saltar, a cantar, a bailar, a bromear… puede incluso aprender varios idiomas con más facilidad que un adulto. Pero todo ello se termina el día en que pisa la escuela y le prohibimos seguir aprendiendo por sí mismo. Así es como detenemos su propio avance, así es como matamos su creatividad y curiosidad innatas. Así es como lo deshumanizamos. Grandes logros conseguidos por él mismo como la espontaneidad de los sentimientos, la confianza, la honestidad y el buen humor dejan de tener valor en la escuela, de hecho tales logros son repetidamente censurados por los maestros, que sólo valoran un modelo antinatural de comportamiento basado en la obediencia y el miedo.

Desde el momento en que pisa la escuela, el deber del niño consistirá en ir contra natura, en dejar de ser él mismo, en hacer exactamente lo contrario de lo que ha hecho hasta ahora. Lo único importante que deberá aprender en esta nueva etapa es:

      1.  Trata de dar la impresión de que haces lo que te dicen.
      2.  Finge que lees y estudias.
      3. Para evitar castigos, nunca admitas un error (mejor culpa a los demás).
      4.  Intenta pasar desapercibido ante los maestros.
      5. Si no has hecho los deberes, ten siempre a mano una buena excusa.
      6.  Si tienes dudas, no preguntes.
      7.  Si no te sabes las preguntas del examen, copia.
      8. No digas la verdad, di siempre lo que los maestros quieren escuchar.
     9. Nunca llores ni muestres ningún indicio de debilidad, muestra tu lado más duro y disfraza tu miedo con la violencia.
     10. Si no quieres que te peguen, asóciate con los "matones", doblégate a ellos y ríete de los "débiles" para que no te confundan con ellos.    

Muchos adolescentes que abandonan o terminan la escuela poco tienen que ver con el niño honesto, curioso y ávido de conocimiento que entró. Tras su tediosa y frustrante experiencia con los maestros y los libros de texto, difícilmente sentirán la tentación de seguir formándose por su cuenta ni hojear un libro. Más bien tratarán de hacer todo aquello que con tanto celo le prohibieron: gritar, beber, escupir, ensuciar, destrozar, insultar, etc.

Ni siquiera el maestro disfruta de libertad a la hora de enseñar, ya que está obligado por el sistema –bajo pena de expulsión– a seguir una rutina reglamentaria que prohíbe otros modelos de enseñanza más acordes a las necesidades del niño. El maestro, que debería ser un ejemplo de honestidad, se convierte en un autómata parlante incapaz de comunicarse con sus alumnos (ahora abran el cuaderno, ahora no hablen, ahora cojan el boli, ahora subrayen, ahora pregunten, ahora salgan en fila…), repitiendo día tras día y año tras año el mismo programa curricular. Una buena parte de los maestros que actualmente enseñan en las escuelas simplemente se limitan a reproducir el mismo sistema educativo que recibieron, basado fundamentalmente en el principio de autoridad, en la represión de los sentimientos. Por lo tanto no saben cómo gestionar sus emociones ante el alumno. Al no conocer ni vivenciar otros ambientes pedagógicos más avanzados como la enseñanza libre o activa, carecen del conocimiento y la habilidad para aplicar, o al menos respaldar, otros modelos educativos más acordes a los tiempos actuales. Siguen defendiendo con vehemencia el ruinoso sistema académico que tan bien conocen, y no porque les guste o lo hayan disfrutado sino simplemente porque asimilaron de sus padres y profesores que la educación es un sacrificio necesario, un mal menor que hay que pasar para ganarse la habichuelas y ascender en la jerarquía social (esto mismo puede aplicarse con cualquier ideología o sistema impuesto). Como están convencidos de que para educar hay que intimidar, imponer y castigar –porque es lo único que conocen–, la mayoría de los profesores no disfrutan de su trabajo o piensan que el disfrute y la armonía no forman parte de la enseñanza, que sin mano dura les perderán el respeto. Es importante entender que un maestro no es maestro por lo que sabe sino por lo que hace. No basta simplemente con acumular conocimientos teóricos, es fundamental realizar procesos de autoexploración que permitan desatar nudos emocionales y liberar traumas. Un maestro que no es feliz enseñando en realidad no está enseñando.



No pretendo culpar al sistema educativo de todos los males de la sociedad, es evidente que la inconsciencia de muchos padres también tiene que ver en el comportamiento disfuncional de tantos jóvenes. Ahora bien, si la escuela no es una oportunidad de cambio y progreso y sólo sirve para incidir aún más en la inconsciencia global, sirviendo de colofón, no habrá esperanza alguna para tantos adolescentes nacidos de familias disfuncionales. Cada ser humano es un universo, es inconcebible hacer del sistema educativo una especie de molde donde incrustar todas las mentes. Somos personas no máquinas, ¿tan difícil es hacer un pequeño esfuerzo imaginativo para idear un sistema educativo flexible, adaptado a las capacidades y cualidades de cada alumno?

Es evidente que cuanto más forzamos a un niño a aprender, mayor es su desinterés y animadversión. Esta psicología elemental pocas veces es comprendida por la mayoría de los padres, ya sean analfabetos o licenciados en Harvard, pues llevados por la inercia de la cultura y la educación convencional, aceptan como un hecho común e inevitable lo que es fácilmente evitable. Seamos o no creyentes, muchos seguimos cargando en nuestras mentes con el concepto judeo-cristiano del masoquismo como purificación: de que las cosas sólo entran con dolor («quien bien te quiere te hace sufrir»), de que la vida es un valle de lágrimas o que el mundo verdadero está por llegar. El actual sistema educativo se construyó a partir de esta aberración. La mayoría de los jóvenes son chantajeados emocionalmente para memorizar durante años extensos y tediosos párrafos que rápidamente olvidan tras los exámenes, pues, lo que no se aprende con placer, la mente lo vomita rápidamente como un veneno. ¿Eso es educación? ¿Pero quién disfruta? Nada aprende quien no disfruta aprendiendo. Incluso las denominadas escuelas laicas están completamente influenciadas por la religión, por siglos de autoritarismo y represión a manos de militares y sacerdotes, ya que al niño se le exige –bajo amenaza de castigo– que no dude, que tenga fe en todo lo que se le dice y ordena. Así pues, los libros de texto son tomados como catecismos y no como herramientas formativas; el papel del profesor es el papel del sargento, del sacerdote, donde nada de lo que dice puede ser cuestionado; contradecirle es faltar a lo más sagrado, al establishment, a todo el sistema educativo. Semejante osadía sólo puede conllevar nefastas consecuencias al estudiante curioso e inconformista. Paradójicamente, aquello que nos hizo bajar de los árboles, aprender a caminar erguidos y a pensar: la duda y la curiosidad, será repetidamente reprobado por quienes deberían dar ejemplo y fomentarlo. 

Nadie nace neurótico ni esquizofrénico, es nuestro arcaico sistema educativo el que nos lleva a la disfunción. La mayoría de los padres educan a sus hijos de acuerdo al modelo antipedagógico convencional (premio-castigo) simplemente porque así les educaron a ellos mismos y porque la mayoría de los padres lo utilizan. «Así que no debe ser tan malo: si es bueno para los demás, es bueno para mi hijo». Pero no es bueno para nadie. Sólo hay que mirar los noticiarios, abrir el periódico, leer un poco de la historia humana reciente para ver sus consecuencias. Pero hay quienes prefieren pensar que el ser humano es así por naturaleza, que sus genes son destructivos, demoníacos, que lleva el pecado original. Hay quien dice: «También mis padres me educaron así y no me fue tan mal. Tengo mis depresiones como todo el mundo. A veces, sin querer, se me escapa la mano o grito demasiado, pero es que me vuelven loco/a…». Es un contrato inconsciente firmado con el sistema establecido: no permitir que los niños sean felices, autosuficientes. Anteponen la obediencia al diálogo, el castigo al autoconocimiento con la excusa de que así los endurecen y preparan para triunfar, para enfrentarse a las adversidades de la vida. Pero es todo lo contrario: los preparan para fracasar, para sucumbir ante cualquier infortunio, ya que al no habérseles permitido ser ellos mismos y descubrir sus verdaderos sentimientos, carecen de la suficiente confianza y autoestima para superar las múltiples adversidades de la vida.

Como sirvientes inconscientes del sistema establecido, muchos padres y maestros adiestran a los niños para que se repriman, para que sean obedientes, para que consuman, para que permanezcan sentados en clase durante horas, para que se lo coman todo y terminen los deberes por las buenas o por las malas. Dividen su mente para que él mismo se castigue, juzgue y limite su espontaneidad y energía. Le hacen ver que no le aman por lo que es sino por lo que debería ser, premiándolo si lo consigue. De manera que el niño aprende a luchar contra sí mismo, a quemar sus energías para convertirse en otro, en un personaje ideal, en una quimera. Así es como le enseñan el camino de la falsedad, del temor (a ser él mismo), de la dependencia. Cuando chantajean a sus hijos con dinero, con retirarles la paga si no cumplen una exigencia, ya les están implantando la semilla del materialismo, convirtiéndolos en futuros consumidores impenitentes, pues los niños entienden que el dinero es un premio o un castigo si se tiene o no se tiene.


¿Cuántas personas deciden tener hijos con el sólo fin de darles la felicidad, de ayudarlos a realizarse por sí mismos? No me refiero a esos padres que sobreprotegen a sus niños para así compensar o encubrir un vacío afectivo y de confianza. Es evidente que la mayoría de los padres dan más prioridad al «deber» que a la felicidad, sin preguntarse jamás si ese deber al que ellos mismos se sometieron de pequeños es el adecuado para sus hijos (o fue el adecuado para ellos mismos). Temerosos como niños de incumplir el modelo educativo recibido –por miedo a descubrir que no fueron realmente queridos y valorados–, muchos padres prefieren para sus hijos lo malo conocido que lo bueno por conocer. Si verdaderamente amaran y respetaran a sus hijos, jamás se interpondrían en sus aspiraciones, los animarían para que siguieran su propio camino, pues sabrían que la vida es un regalo demasiado precioso como para negárselo a quienes tratan de perseguir sus propios sueños.

Somos los adultos quienes debemos aprender de los niños: de su espontaneidad, de su frescura, de su insaciable curiosidad y vitalidad, que la mayoría de nosotros perdimos. Lo mejor que podemos hacer por ellos es suministrarles los recursos necesarios para que puedan conservar esa vivacidad. Ahí tenemos el ejemplo de Albert Einstein. En su época de estudiante era considerado un alumno muy mediocre; sólo destacaba en matemáticas. Su profesor, el Dr Joseph Degenhart, le dijo que «nunca conseguiría nada en la vida». No empezó a hablar hasta los tres años, lo hacía muy lentamente y muy bajito. Le costaba construir frases enteras. Sus padres pensaban que tenía algún tipo de retraso mental. El colegio no le motivaba, y aunque era muy bueno en matemáticas y física, no sentía ningún interés por las demás asignaturas, por lo que decidió abandonar el Gymnasium antes de obtener su título de bachiller. Tras suspender una prueba de acceso en la Escuela Politécnica Federal de Zúrich, el director del centro, impresionado por sus resultados en ciencias, se interesó por él, invitándole a sus clases y animándole a continuar sus estudios de bachiller y a obtener el título que le daría acceso directo al Politécnico. El hecho de que alguien confiara en él le motivó para seguir estudiando y aprendiendo. Fernando Alberca, autor del libro “Todos los niños pueden ser Einstein”, comenta que «Por primera vez sintió que le valoraban, que creían en él. ¡Sintió cariño! Más adelante, en otra escuela, un profesor de Historia hizo algo inaudito: pedirle opinión sobre las cosas. Eso lo motivó para creer más en sí mismo». El reconocimiento es el mejor regalo que le podemos hacer a un niño o a un adolescente, ya que así contribuyes a nutrir su propia autoestima, indispensable no sólo para su bienestar psíquico sino también para la propia supervivencia. «Siguiendo su intuición, usó el hemisferio derecho para resolver problemas del izquierdo. Visualizaba una solución y su esposa le ayudaba a formularla matemáticamente. Pero era el hemisferio derecho, el intuitivo y creativo, el que resolvía, no el izquierdo, el matemático. “El aprendizaje es experiencia, el resto información”,  dijo Einstein. “No aprendes cosas porque eres inteligente, aprender cosas te hace inteligente”». ¿Cuántos estudiantes desmotivados que abandonan sus estudios han privado a la humanidad de grandes descubrimientos que podrían haber salvado o mejorado la vida de millones de personas? ¿Cuán lejos habría llegado la humanidad si estos estudiantes hubieran sido escuchados y motivados desde niños?


Sugiero que la transformación del sistema educativo comience por los pupitres, cambiándose por mesas circulares y sillas móviles para un máximo de seis alumnos, para que así puedan rebatir sus dudas y trabajar coordinadamente frente a sus ordenadores. Habrá un mínimo de dos profesores por clase –de ambos sexos–, con amplios conocimientos de psicología, cuyas labores consistirán no tanto en recitar soliloquios como en alentar a los alumnos a tomar decisiones y a pensar por ellos mismos. Siendo el aprendizaje un placer y no un deber, dejarán de existir los deberes. La vieja pizarra será sustituida por una pantalla donde proyectar imágenes o documentales, y el sistema de calificaciones sólo se implantará en la universidad, una vez el estudiante haya elegido la especialidad a la que dedicarse. Finalmente se potenciarán las actividades al aire libre, donde los niños aprenderán jugando y descubriendo in situ los minerales y las  diferentes especies vegetales o animales del entorno. Este sistema educativo conocido como "escuela libre" o "escuela activa" no es nuevo. Su origen se remonta a principios del siglo XX gracias a la pedagogía progresista y la metodología activa que rápidamente se extendieron por toda Europa. Maestros e intelectuales de distintas orientaciones ideológicas como Claparède y Piaget, Georg Kerschensteine, María Montessori, Célestin Freinet, las Hermanas Agazzi, Andrés Manjón o Giner de los Ríos decidieron renovar los planteamientos educativos imperantes e instaurar un nuevo sistema basado en el reconocimiento y la aceptación de las diferencias individuales, procurando el desarrollo armónico de todas las capacidades del niño y fomentando la creatividad, la cooperación y la libre expresión. Por desgracia, el auge de los totalitarismos en la década de los años 30 supuso el fin de esta tendencia. Es evidente la dificultad que entraña semejante cambio en el paradigma educativo, pues la gente educada en la filosofía de la indagación empezaría a cuestionarse muchas de las respuestas inamovibles dadas por la política y la religión, que desde luego utilizarían todo su poder para evitar dicho cambio.     

En la escuela activa no importa que los niños se equivoquen, no están allí para ganar o perder sino para aprender y cooperar, para desarrollar sus capacidades cognitivas y emocionales. Lejos de imponer determinadas reglas y conductas, los maestros son acompañantes de los niños en su proceso de aprendizaje, respetando su ritmo e intereses. Nadie suspende ni es castigado, pues la meta no es el resultado sino el proceso, de hecho se alienta el error, pues no es posible llegar a un descubrimiento si no se avanza a través de un proceso caótico de pruebas y errores. Hay una preciosa anécdota que lo explica perfectamente: un periodista le pregunta a Thomas Edison cómo se siente después de fracasar mil veces en su intento de crear la bombilla, él contesta: «No fracasé, sólo descubrí 999 maneras de cómo no hacer una bombilla». El aprendizaje nace de la pregunta, de la indagación, no de una respuesta ya dada en un orden igualmente dado. No es memorizando respuestas como aprendemos sino buscándolas. Si los niños estudian no para aprender sino para conseguir buenas notas o pasar los exámenes, asimilarán que lo importante en la vida no es vivirla sino alcanzar un resultado, y que el premio y la felicidad se encuentran tras ese resultado (ya sea una buena calificación, un buen coche, una buena casa, una buena suma de dinero…), aunque para ello tengan que perder la dignidad engañando, robando, especulando. De esta manera el tener se convierte en algo más importante que el ser. En vez de tener para vivir viven para tener, y cuanto más tienen más se alejan de sí mismos, un círculo vicioso que no hace sino acrecentar la inseguridad y la frustración. No se les ha enseñado que el premio es vivir la vida, y que la felicidad se encuentra en el proceso mismo de vivir y no en el resultado de un proceso.

Tras un mínimo de doce años de asistencia a clase, con un mínimo de seis horas al día, el estudiante medio no aprende a leer comprensivamente y tan sólo recuerda, poco después de finalizar sus estudios, las matemáticas básicas que le enseñaron en casa (sumar, restar, multiplicar y dividir). De toda esa confusa maraña de batallitas y locuras humanas que tuvo que memorizar en los libros de historia, sólo guarda vagos retazos, palabras inconexas, algunos nombres de personajes variopintos que aparecen y desaparecen de la memoria, y así más o menos con el resto de asignaturas. Buena prueba de ello es la asombrosa ignorancia de tantos jóvenes ante preguntas de nivel cultural básico, tan básico que hasta resultan irrisorias. Incluso las clases de física y matemáticas están basadas en una derivación de la memorización: la mecanización. El estudiante simplemente memoriza las soluciones de los problemas dadas por el profesor para resolver esos mismos problemas. Es decir, no se trata de aprender matemáticas sino de aprender a memorizar soluciones matemáticas, que es bien diferente. No se trata de desafiar la mente del estudiante -como se hacía en la antigua Grecia-, de incitarlo a indagar, a buscar las soluciones por sí mismo, a abordar los problemas desde diferentes puntos de vista, sino de mecanizar su mente para que resuelva un problema como una máquina programada. La indagación y el replanteamiento, que es la base de las matemáticas, se ha sustituido en favor de una mecanización serial y tortuosa de los problemas. No es de extrañar que tantos estudiantes abominen esta asignatura que bien podría considerarse sagrada, pues es el lenguaje mismo del universo.  

Creemos que el sistema escolar ha avanzado desde la revolución industrial, pero en verdad sólo se han producido cambios superficiales y decorativos, pues el paradigma educativo de obediencia y competitividad no ha cambiado prácticamente nada. La mayoría de las escuelas siguen siendo fábricas donde se preparan ciudadanos con mentalidad uniforme y en serie, ciudadanos diseñados para competir y consumir antes que colaborar y sembrar. Vivimos en un mundo de sociedades basadas en el individualismo, en el culto al egoísmo y al consumismo, sociedades enfermas de estrés, neurosis, corrupción y violencia. ¿Ese es el futuro que queremos para nuestros hijos y nietos? Bajo la amenaza de la exclusión, de la marginación social y familiar, se ha hecho del sistema educativo un chantaje y una dictadura. Seamos sinceros, a cualquier niño le importa un rábano que el número Pi sea irracional o que los visigodos se establecieran en el sur de Francia. Si el niño memoriza todo eso es únicamente por miedo: sabe que si no cumple con las aspiraciones de los padres perderá su apoyo, sus elogios, quedará sólo ante el mundo, desprotegido, abandonado, y eso será mucho peor que la muerte. Ese es el hilo que sostiene su interés por el estudio. Todo el sistema educativo depende de ese hilo, de ese sutil chantaje emocional. Pero también la religión, la política, la justicia. No hay mecanismo de manipulación más eficaz que el miedo.     


No obstante se percibe un cambio en el ambiente. Para bien o para mal los jóvenes de ahora ya no están tan dispuestos a sacrificarse por los padres para digerir ingentes cantidades de palabra escrita con el fin de conseguir un título académico que no les garantiza nada. Son conscientes de lo absurdo de estudiar unos gruesos y tediosos libros –escritos de manera maquinal, sin el más mínimo entusiasmo– teniendo a su disposición cuantiosos dispositivos digitales conectados a una infinita red de Información. Permítanme exponer mi propia experiencia. Yo he empezado a descubrir la historia, la física y demás ciencias a través de estupendos documentales científicos por Internet y televisión. Yo que tenía auténtica fobia por las matemáticas me he maravillado al conocer el código numérico de la naturaleza; he seguido entusiasmado la extraordinaria historia de los números primos, irracionales e imaginarios y su aplicación en las nuevas tecnologías. Yo que detestaba la física y la química hasta lo indecible, no dejo escapar la ocasión de profundizar en las maravillas del universo, la mecánica de nuestros cuerpos o la formación geológica y biológica de nuestro planeta. Y puedo afirmar que he aprendido infinitamente más viendo esos documentales y leyendo por mi cuenta, que todo lo que he «estudiado» sobre tales temas a lo largo de mi vida académica. De hecho, sinceramente, no recuerdo nada de lo que he estudiado en la escuela. Bueno, sí, ahora me viene a la mente los nombres de los doce hijos de Jacob: Rubén, Simeón, Leví, Judá, etc. Recuerdo que me pasé toda una tarde memorizándolos para pasar un examen. No sé quiénes son todos esos hijos de puta pero los tengo grabados en mi cabeza de por vida. ¿Para eso me han servido tantos años de escuela? Se me podría decir que también aprendí cosas importantes como leer y escribir, sumar, restar, dividir, etc., pero todo eso lo aprendí en casa como casi todo el mundo, y no en la escuela.        

No digo ni mucho menos que no se enseñen asignaturas como física, geografía e historia, que son evidentemente necesarias para un entendimiento global del mundo que nos rodea, lo que sí digo, y estoy plenamente convencido de ello, es que pueden enseñarse de maneras mucho más dinámicas y creativas sin necesidad de exámenes ni soporíferos libros que sólo sirven para matar el placer de aprender. Tales asignaturas nos permiten entender el mundo exterior, la mecánica de las cosas, pero no menos importantes son las asignaturas o actividades que nos permiten mirar hacia el interior, hacia nuestro subconsciente, para así conocernos más profundamente y desarrollar nuestras capacidades emocionales. No es posible conocer la realidad en toda su dimensión si solamente nos centramos en la materia, en el análisis reductivo del mundo exterior, que es lo que mayormente se ha enseñado hasta ahora en la mayoría de las escuelas de todo el mundo. Asignaturas novedosas como psicoterapia, expresión corporal (danza, yoga), composición musical, pintura, escultura, teatro, cortometraje, etc., potenciarían sin duda la inteligencia artística y emocional de los jóvenes, mitigando muchos de los conflictos que afectan actualmente a la sociedad, como es el problema de la violencia y la droga.

Quien compite ya ha perdido incluso aunque «gane», pues la victoria sólo le aportará un momento de euforia que le servirá para separarse aún más de los demás, a quienes verá como rivales despiadados. No hay nada más erróneo que la llamada ley del más fuerte, pues el que lucha solo contra todos perece antes que ninguno. En la vida real, en la práctica, sólo triunfa la ley del más colaborador. El cuerpo humano es un claro indicativo. Cuando una masa crítica de células deja de realizar su cometido y de colaborar por el bien de las demás, se desarrolla el tumor canceroso, que en realidad es –según la medicina alternativa o complementaria– un mecanismo de supervivencia del propio cuerpo para protegerse del cáncer. (En un artículo de la revista «Mundo Natural» se dice que «la persona afectada con las principales causas del cáncer –que constituyen la verdadera enfermedad– hubiera muerto rápidamente si no se hubiera formado un tumor de células cancerosas. El cáncer solo se presenta después de que todos los mecanismos de defensa o de curación del cuerpo ya han fallado. Lo que mata a las personas no es el tumor, sino las numerosas razones que se esconden detrás de la mutación y el crecimiento celular. Estas razones deben ser las que se enfoquen en cada tratamiento del cáncer, pero los oncólogos por lo general las ignoran. Los conflictos constantes, la culpa, la vergüenza, por ejemplo, pueden paralizar las funciones básicas del cuerpo y llevar al crecimiento de un tumor canceroso».) En la concepción, por ejemplo, no hay nada parecido a la ley del más fuerte. Ahora se sabe que sólo un 10% de los espermatozoides son aptos para la fecundación, y que los demás ayudan a éstos facilitándoles el camino, sirviéndoles de guía, anteponiéndose a las defensas del cuerpo. La felicidad del espermatozoide es abrirse camino y aceptar los riesgos de la vida sin pensar en la victoria o en las consecuencias del fracaso. Sencillamente vive lo que es, acepta su papel: avanzar es su meta, su victoria. La fusión con el óvulo será la consecuencia de una actitud, no la finalidad.      

Hay que entender que nuestro raciocinio es el producto de millones de años de evolución. No salimos de las cuevas leyendo libros ni siguiendo pautas establecidas de antemano, sino explorando, experimentando, indagando. Los orígenes de la lógica teórica y de nuestra civilización moderna, tal como la entendemos, se lo debemos a los primeros filósofos atenienses de la antigua Grecia, cuyo sistema de pensamiento estaba basado en el replanteamiento y la pregunta, no en la respuesta. El rápido avance de la ciencia y las humanidades no hubiera sido posible sin ellos. De hecho, los mayores retrocesos de la historia humana ocurrieron precisamente cuando se impusieron y oficializaron por instituciones políticas y religiosas determinados dogmas y respuestas «incuestionables». En contraste a la escuela convencional, un micromundo enfocado únicamente en la respuesta y el resultado, el mundo exterior con todos sus ámbitos laborales está orientado normalmente hacia la indagación y la cooperación. ¿De qué otra manera podría funcionar la estructura social? No obstante las consecuencias de la educación convencional dejan tras de sí un rastro de incompetencia y caos muchas veces intolerable, y que fácilmente puede palparse en todos los aspectos sociales. La escuela libre potencia en los niños sus capacidades intelectuales y emocionales y los prepara para integrarse eficazmente en el mundo laboral, enriqueciendo y fortaleciendo la propia estructura social. 


Debemos diferenciar muy bien entre realidad y teoría, pues más que verdades conocemos sobre todo apuradas interpretaciones de hechos. La historia, por ejemplo, no es más que una interpretación consensuada de lo que pensamos que ocurrió. De manera similar, la física y la biología están hechas de teorías que serán sustituidas por otras teorías. Incluso ambas especialidades terminarán fusionándose para dar lugar a otras ciencias más dinámicas como la psiconeuroinmunología, la geofisiología o la nanofísica, pues todo está interconectado. El lenguaje mismo será transformado, abreviado, para adaptarse a las nuevas tecnologías de la Información; las matemáticas dejarán de ser exactas cuando empecemos a profundizar en la física de partículas, etc. ¿Qué parámetros rigen lo que es verdadero o falso? ¿De qué sirven los exámenes escolares en un mundo donde muy pocas cosas son absolutamente ciertas? ¿Qué diferencia cualitativa hay entre aprobar y suspender, si lo que hoy consideramos verdadero mañana puede ser falso? Más cerca de la realidad puede estar aquel que deja su examen sin contestar que aquel otro que repite sin más lo que su profesor afirma como verdad. Inmersos en la vertiginosidad de la Información, lo que hoy está actualizado mañana estará desactualizado. Sólo tenemos que hojear un libro escolar de hace veinte años para darnos cuenta de la cantidad de patrañas que da por sentadas, afirmando como verdadero teorías que hoy día harían sonreír a la mayoría de los científicos. Y sin embargo los jóvenes se las creyeron y a día de hoy todavía muchos siguen dándolas por ciertas, pues gracias a esas falsedades «cultivaron» su mente y aprobaron los exámenes. No estoy diciendo que no se impartan tales materias en las escuelas, sino que se enseñen como lo que son: interpretaciones aproximadas de hechos científicamente estudiados. De esta manera los jóvenes tendrán una mayor perspectiva de las cosas, y por lo tanto una mayor curiosidad y respeto por la verdad, que ya no verán como un aburrido e interminable palabreo sino como un desafío a sus mentes inquietas.

Ejemplos como el «método natural» de Freinet en Francia, el método educativo de «la autorregulación» de Neil en Inglaterra, la «pedagogía del oprimido» de Paulo Freire en América Latina y la Institución Libre de Enseñanza de Giner de los Ríos en España son intentos fallidos –por parte de unos pocos iluminados– de crear un cambio evolutivo en la sociedad del siglo XX. Lo más triste es que en pleno siglo XXI seguimos defendiendo con vehemencia los mismos principios educativos que nos han llevado a tantas crisis y guerras.


José Carlos Andrade García