viernes, 30 de enero de 2015

Yonkis del poder


Saturados por las redes de información, por la amenaza de incontables conspiraciones y catástrofes bélicas, espaciales y climáticas vivimos inmersos en una paranoia social que no hace sino enriquecer la industria de las editoriales gracias a este nuevo género literario de las conspiraciones. Cada vez son más quienes nos advierten obsesivamente de un poder oculto, una cúpula esotérica que gobierna a la humanidad bajo la sombra. Algo de razón no les falta, aunque muchos de estos denunciantes sigan arrastrando el trauma de unos padres excesivamente controladores. Quizá exista un puñado de multimillonarios aburridos (illuminatis) que tratan de saciar su ego maquinando oscuros planes mundiales que rara vez se llevan a cabo, pero que son hábilmente tergiversados por supuestos investigadores y periodistas que saben dónde huele a dinero. Otra vuelta de tuerca: bien podría existir un «poder oculto» cuya finalidad no sea otra que hacernos creer en conspiraciones. Lo que está claro es que ningún poder, por muy oculto que esté, escapa a las telarañas de la Información, y cuanto más poderoso sea menor posibilidad tendrá de actuar de incógnito con un mínimo de eficacia.

      Es un hecho demostrado que los gestores y dirigentes de las grandes corporaciones (bancos, petroleras, eléctricas, farmacéuticas…) nos gobiernan a través de los políticos, que no son más que títeres, piezas de un tablero. Sólo hay que ver el currículum de algunos ministros y presidentes de gobierno para entender por qué están donde están. Finalizado su contrato en la política regresarán a las filas de esas mismas corporaciones interconectadas, generalmente ascendidos de cargo y sueldo (conviene resaltar que cuanto mejor hayan servido a los intereses de sus amos, aunque ello vaya en detrimento a los intereses de los ciudadanos, más réditos y garantías de futuro tendrán. Muchos políticos que no han estado relacionados con tales corporaciones pueden, no obstante, ingresar más adelante en sus filas si su política de privatización ha producido beneficios a esas mismas corporaciones. No nos extrañe, pues, que algunos de los presidentes y ministros más nefastos de la democracia hayan ocupado posteriormente altos cargos de poder en la industria o en la banca). Nadie ha sido más claro que Hans Tietmeyer, presidente del Bundesbank entre los años 1993 y 1999, cuando dijo a los dirigentes europeos: «Ustedes señores políticos tienen que acostumbrarse a obedecer los dictados de los mercados». O más exactamente: a los dictados de quienes gobiernan los mercados.


     Un informe elaborado por Oxfam afirma que un elenco de 85 multimillonarios atesora más riqueza que la mitad de la población mundial. Dicho de otra manera: sólo el 1 % de la población mundial posee más riqueza que el 99 % restante. Paradójicamente este centenar de pervertidos apenas posee un pequeño porcentaje de la riqueza mundial si lo comparamos a las trece familias más poderosas del planeta como son los Rockefeller y los Rothschid, por citar a los más conocidos, cuyos nombres nunca se publican en la citada lista aun siendo su fortuna casi incalculable. Con el fin de abaratar costos y comprar más barato, estos yonquis del poder –que más bien parecen niñitos ensimismados jugando al supermonopoli–, son quienes hacen caer gobiernos y provocar crisis financieras mundiales, aun llevando a la desesperación y a la ruina a millones de personas de todo el mundo. Para ello utilizan diferentes medios de poder (pues por sí solos muy poco pueden hacer). Tales medios, que actúan como mercenarios de la oratoria o matones de guante blanco, son las llamadas agencias de información, agencias de rating y los «gobernantes», marionetas políticas al servicio del poder.

      El mejor momento para desestabilizar la economía o iniciar una gran crisis es cuando todo marcha bien durante un buen tiempo, cuando la situación económica de los países desarrollados es creciente y la Bolsa parece saludablemente engordada. El primer paso es fomentar el miedo y la paranoia de los pequeños y medianos inversores, la base del sistema financiero, en cuya cúspide están los que dan las órdenes: los grandes accionistas. Ahí entran en escena las más «prestigiosas» agencias informativas como Associated Press, Bloomberger o Reuters, que bajo la orden «desaten el pánico» no dudan en vaticinar toda suerte de catástrofes económicas. Ya en 2007, poco antes del inicio de la crisis mundial, conjeturaban que la Unión Europea se rompería y que el euro desaparecería, que se produciría una insolvencia en toda Europa y que la Bolsa se desplomaría. Aquí viene al pelo la acertadísima frase del filósofo Paul Watzlawick, «La profecía de un suceso lleva al suceso de la profecía». No es ninguna casualidad que los mayores accionistas de estas agencias estén entre los cien individuos más ricos del mundo, que son precisamente quienes dictan las órdenes. Ni  es casualidad que se dieran dichas órdenes cuando previamente ya lo habían vendido todo y contaban con sobrada liquidez. Pero de muy poco servirían las agencias de información si no contaran con las «prestigiosas» agencias de rating como Moody’s, Standard & Poor’s y Fitch, cuya finalidad no es otra que poner nota a determinados productos financieros o activos, ya sean de empresas, estados o gobiernos regionales, puntuando su solvencia con la máxima calificación, una triple A, o devaluándolas con calificaciones más modestas como una triple B o una mezcla de ambas, hasta llegar a los bonos basura o junk bonds, bonos calificados de alto riesgo para el inversor, lo que sirve mayormente para generar miedos y recelos muchas veces infundados y que no hacen sino empobrecer y marginar a grandes empresas o países que hasta entonces no habían tenido importantes problemas financieros. O al revés: de generar una confianza desmedida hacia empresas fraudulentas como la ya conocida Madoff, calificada con una triple A por las más «prestigiosas» agencias de rating poco antes de destaparse el fraude, que ascendió nada menos que a 50.000 millones de dólares.

      Tampoco es casualidad que algunos de los más importantes accionistas de las agencias de información lo sean también de las agencias de rating, siendo ellos mismos usuarios de las calificaciones. Ni que algunos de los accionistas de Moody’s lo sean también de la editora McGraw Hill, la propietaria de Standard & Poor’s. Pero ni los mayores gestores de inversiones ni las agencias de información ni las agencias de rating pueden provocar una crisis sin la ayuda de los gobernantes. Aquí entra en escena uno de los actores principales: Mario Draghi, actual presidente del Banco Central Europeo, que bajo los auspicios de la Merkel «deciden» cuándo generar moneda o cuando bajar y subir los tipos de interés. Resulta lógico, pues, que el ciudadano Draghi fuera exvicepresidente y socio de Goldman Sachs, cuarto banco de inversión del mundo, y que durante su cargo ayudara a Grecia a ocultar su deuda a través de instrumentos financieros opacos, operación conocida como swap y que fue sin duda la mayor estafa financiera de la historia. En el año 2009, cuando los tejemanejes de las cuentas griegas quedaron al descubierto, surgió el incendio en toda la eurozona. Fue el principio de la crisis europea, que empezó en Atenas, siguió en Irlanda y Portugal e infectó al conjunto de la UE. «Poner a Draghi al frente del BCE es como tener a un zorro guardando el gallinero», explica a Público el prestigioso economista Simon Johnson, profesor del Massachusetts Institute of Technology (MIT).

      Por muy paradójico que resulte, no es extraño que algunos de los exdirectivos del banco que ayudaron a provocar el incendio –y que sin duda deberían estar en la cárcel– recibieran el encargo de apagarlo, como Petros Christodoulou, director de la gestión de la deuda pública griega durante dos años; Lukas Papademos, primer ministro de Grecia tras la debacle del socialista Yorgos Papandreu; Mario Monti, primer ministro italiano tras la salida de Mario Berlusconi; el ya fallecido Antonio Borges, director del Departamento de Europa del FMI desde octubre de 2010 a noviembre de 2011; y el ya mencionado Mario Draghi, actual presidente del Banco Central Europeo.

      Como era de esperar, ninguno de ellos ha intentado en estos años aplicar nuevas leyes para controlar mejor a los bancos, más bien lo contrario: con sutiles argucias oratorias y eufemismos han conseguido que sean los ciudadanos quienes arreglen con su dinero el desaguisado que ellos mismos crearon. Hoy nuestros gobernantes obedecen a sus amos, «los mercados», con el mismo celo que antes obedecían a la burguesía, distintos perros con los mismos collares.

      Por más políticos y periodistas comprados que haya, sorprende, no obstante, que está burda estafa hipermillonaria no haya sido todavía erradicada. Parece que el poder del dinero sigue siendo más fuerte que el poder de la inteligencia, si bien es cierto que no faltan políticos, economistas y periodistas honestos que conocen bien la trampa y advierten repetidamente de sus consecuencias. El pueblo, que no es tan manipulable como sus gobernantes, ya se ha olido la estafa y no tolera tan fácilmente el descaro y la impunidad del poder financiero y político, que anclados en un decadente idealismo siguen viendo al pueblo como a un temeroso y estúpido rebaño. Un grave error de apreciación que les está pasando factura, ya que esta vez el ciudadano cuenta con suficientes medios de información y poder como para no tragarse los mismos embustes de siempre. El bipartidismo parece desmoronarse mientras nuevos partidos con ideas propias proponen un modelo de gobierno más cercano al ciudadano y menos dependiente del poder financiero.

     Hay que entender que los cien hombres más ricos del mundo –o los cien más ególatras– sólo son poderosos por la debilidad de los que se venden. Hecha la crisis, ya pueden comprar empresas a mitad de precio en las rebajas europeas. No es de extrañar que estos «yonkis» hayan incrementado su patrimonio en 2014 en un 27%, en la misma medida que han llevado a la pobreza a otro buen tanto por ciento de ciudadanos de todo el mundo. Y todo por una dosis, un buen chute de ego cuyos efectos durarán al menos una buena temporada. Parece que todo su campo mental se reduce a un tablero de cifras y letras donde las personas y las empresas tienen el mismo valor que los números. Como bien dice el dicho: «Dime de qué presumes y te diré de qué careces». En vano tratan de compensar sus complejos y traumas de la infancia acumulando ilimitadamente más y más dinero, de manera no muy diferente a quienes, llevados por el síndrome de Diógenes, acumulan sin sentido montañas de basura. Apartados de la realidad, viven en un delirante mundo de fantasía –una yonkilandia perpetua– donde creen ser los amos del universo. Ahora bien, no es precisamente el deseo de «mejorar» la humanidad, de implantar un régimen masónico planetario lo que incita y excita a estos «jefes del mundo», como aseguran muchos conspiranoicos, sino algo tan simple y burdo como la pura codicia y la dependencia al poder. 


José Carlos Andrade García

martes, 27 de enero de 2015

Las mayores víctimas de la sociedad


Lo más espectacular de las redes de Información es la progresiva indistinción de todos los aspectos y variables sociales: la política, el sexo, la publicidad, la religión, la economía, el arte, el cine, el sensacionalismo… A fuerza de entremezclarse, friccionarse y fusionarse se convierten en una única sustancia multiforme, lo cual es positivo ya que nos protege de graves enfrentamientos territoriales o ideológicos, pero también negativo pues semejante promiscuidad engendra una peligrosa proliferación de virus orgánicos y virtuales, de sarpullidos y alergias en forma de racismo, sectarismo y terrorismo.

Niños y ancianos son las mayores víctimas de una sociedad automatizada que avanza más rápido de lo que la experiencia humana puede absorber. ¿De qué sirve la sabiduría, la experiencia de los ancianos en un mundo virtualizado que en nada se parece a los tiempos en que sólo existía la realidad objetiva, el intercambio físico de valores? Pero mucho peor es la situación actual de los niños, ya que el proceso natural de aprendizaje se está viendo trastornado, colapsado por la profusión vertiginosa de imágenes y signos en las redes de Información, pero también por las exigencias cada vez mayores en el ámbito familiar y escolar, lo cual desencadena un raudal de enfermedades nerviosas, neurosis y trastornos que tratamos de combatir de la manera más irresponsable: adormeciendo los síntomas y con ellos a los propios afectados, en vez de buscar y arrancar la raíz que los desencadena. Muchas de las enfermedades que la ciencia va descubriendo no son enfermedades propiamente dichas, sino los síntomas derivados de nuestro sistema educativo familiar y escolar, basado en el consumismo, la competitividad y la supresión de la espontaneidad.

Los niños llamados «hiperactivos», etiquetados como enfermos con el «Trastorno de Déficit de Atención» (TDAH) suelen ser niños que se resisten más que otros a dejar de ser espontáneos y encubrir su verdadera naturaleza, a imitar a los demás, a obedecer órdenes muchas veces contradictorias. No pocos padres, psicólogos y pedagogos verán en este niño vivaz, espontáneo, lleno de vitalidad, lo que ellos mismos fueron antes de ser reprimidos, por ello multiplicarán sus esfuerzos para «enderezarlo» a la manera tradicional, ya que de no conseguirlo sentirán que todo aquello por lo que pasaron no sirvió de nada.

Obligar a un niño a estar (bien) sentado durante horas en un pupitre es una aberración que va en contra de la naturaleza inquieta y espontánea del niño. Si además le castigamos o llamamos su atención por no atender constantemente al profesor ni sacar buenas notas, no nos extrañe las múltiples disfunciones infantiles relacionadas con la ansiedad, el estrés y la depresión. Un niño completamente sano y espontáneo difícilmente es capaz de soportar por mucho tiempo semejante tortura. El TDAH es la consecuencia de este desconocimiento de la psicología infantil, aunque más que desconocimiento es irresponsabilidad ante una evidencia que no se quiere reconocer.

Es evidente que la sintomatología del niño está causada por un sistema educativo inadecuado. La creciente ansiedad e hiperactividad de los niños es consecuencia directa de la desquiciante hiperactividad del sistema. La medicación puede servir para anestesiar los síntomas, pero si los padres y los profesores no cambian su metodología ni sus hábitos de conducta, dichos síntomas se agravarán en las siguientes fases de la edad. Estos niños, que se ven a sí mismos como enfermos o anormales, se verán en la obligación de complacerlos realizando toda suerte de ejercicios pedagógicos que les distraerán y anestesiarán aún más de la realidad.

No sólo estamos estresando y desequilibrando a los niños con nuestro delirante sistema de valores sino que además los tachamos de trastornados cuando sucumben al estrés que les imponemos.

Nos gusta culpar a los grandes brokers, políticos y banqueros de las crisis financieras, cuando en realidad no hacen sino seguir el modelo educativo de nuestros padres y maestros, basado en la competitividad y el enriquecimiento personal. Mientras no se cambie desde las escuelas la totalidad de nuestro sistema de valores, es evidente que ni las instituciones penitenciarias ni los programas sociales contra la discriminación, la violencia y las drogas servirán de nada. No se puede matar un arbusto venenoso arrancando sus hojas.


José Carlos Andrade García

miércoles, 21 de enero de 2015

Mercenarios de las letras



Actualmente la televisión, pero sobre todo los «grandes» periódicos nacionales, nos informan detalladamente no sobre lo que pasa en el mundo sino lo que pasa en la mente de quienes trabajan en los medios. Lo más preocupante es que ni siquiera los periodistas se creen lo que escriben, pues, como mercenarios de las letras, la mayoría simplemente se limita a plasmar en sus columnas lo que sus directores políticos les señalan, disfrazando y pervirtiendo los acontecimientos para utilizarlos como estrategia política o ideológica, a tal punto que una misma noticia puede ser narrada de dos maneras diametralmente opuestas dependiendo de la línea editorial. Esto es especialmente grave ya que el valor de la noticia es sustituido subrepticiamente por el valor de la interpretación. La noticia pierde entonces todo su significado para convertirse en una mediocre bufonada, una caricatura de la realidad.

Igualmente preocupante es el hecho de que muchos de los lectores no quieren conocer la verdad para no verse en la obligación de cuestionar sus propios ideales. Antes que enfrentarse a la dolorosa realidad de los hechos prefieren creer en cualquier trama conspiranoica ideada por algún periodista de tercera fila sediento de notoriedad. De ser un importante medio informativo, el periodismo se convierte en una mala literatura de ficción donde cada cual encuentra un respaldo a sus miedos y prejuicios. Esto crea un ambiente enrarecido de paranoia social que puede dar lugar a graves enfrentamientos, como nos ha demostrado la historia. Julian Assange: 

«Una de las cosas que suscita esperanza, que he descubierto, es que casi cada guerra que fue generada en los últimos 50 años fue el resultado de los engaños de los medios de comunicación, y que estos medios pudieron pararlas si hubieran indagado adecuadamente en los asuntos. Pero ¿qué significa eso? Significa básicamente que la gente no es propensa a las guerras y debe ser engañada para ser involucrada en ellas. Si los medios de comunicación crean un buen ambiente, esto conducirá a un mejor ambiente para todos».



José Carlos Andrade García

lunes, 19 de enero de 2015

La revolución del siglo XXI


Los nuevos filósofos ya no son románticos autodestructivos que se rebelan contra el sistema establecido, ni viejos ilustrados barbudos que debaten conceptos abstractos sin finalidad práctica. Ahora son jóvenes que, gracias a la decadencia, a la corrupción de los poderes establecidos y al surgimiento de las redes sociales, se han liberado sin traumas de las viejas imposiciones y convencionalismos. Son aventureros, artistas multidisciplinados, voluntarios sociales, diseñadores ecológicos, emprendedores capaces de crear, sin ayuda de los poderes, nuevas redes de comunicación planetaria. Lo que está ocurriendo no es sólo un cambio de pensamiento sino también un cambio en la percepción del espacio y el tiempo. Los nuevos filósofos han pasado de los sesudos conceptos teóricos a la comunicación interactiva, hasta el punto de reinventar el lenguaje para adaptarlo a la velocidad de las nuevas tecnologías. Saben que de nada sirven las reflexiones subjetivas en un mundo interactivo donde la instantaneidad prima por encima de todo.

Todos los sistemas sociales: financiero, político, sanitario, educativo y penal han quedado obsoletos ante esta revolución de las comunicaciones. Pero por miedo a perder sus privilegios o a vivir en la incertidumbre de un nuevo mundo, nuestros dirigentes políticos siguen pegando parches y enyesando grietas al viejo modelo social. Capas y más capas de pintura y barniz sobre una estructura carcomida que se cae por su propio peso. Tenemos la tecnología y el personal para cambiarlo todo, pero no el valor necesario para encarar el futuro.

En muchos países supuestamente desarrollados, como el nuestro, el sistema sanitario se ha colapsado con cientos de miles de personas en listas de espera para una intervención quirúrgica; el sistema educativo, adscrito todavía a un régimen industrial y cuartelario, está sufriendo una desbandada masiva de los estudiantes –uno de cada tres en España–, paradójicamente llamados fracasados escolares, cuando es el propio sistema quien ha fracasado estrepitosamente. El irresponsable y enfermizo sistema bancario, inmerso en una aguda ludopatía especulativa, no hace sino explotar cada diez o quince años burbujas financieras que dejan sin empleo a cientos de millones de empleados y empresarios de todo el mundo, motores de la economía mundial.

Pero algo está cambiando. Poco a poco los jóvenes están transformando la sociedad como nunca antes en la historia, y no precisamente corriendo y lanzando piedras contra las fuerzas de seguridad sino más bien sentados plácidamente frente a sus portátiles: difundiendo sus inquietudes, sus ansias de libertad a través de las redes de la Información, centro neurálgico del sistema social. El viejo y primitivo modelo de rebelión juvenil ha dado paso a un nuevo modelo mucho más avanzado, eficaz y difícil de contener. Una revolución interna basada, paradójicamente, en los mismos métodos y principios  «democráticos» que rigen dicho sistema, y que por ello resultará imposible de erradicar. De momento ya le están ganando el pulso a la industria del arte, la literatura y la música, liberalizándola de la propia industria.

La democracia necesita de las redes sociales para no ser destruida. La época de los grandes líderes pro libertarios como Luther King, M. Gandhi, Lenin, Che Guevara, Nelson Mandela, etc, ya es historia. Ahora es el pueblo quien se sirve de Internet para hacer llegar su mensaje al mundo entero. La Primavera Árabe no necesitó de líderes carismáticos ni oportunistas carroñeros decididos a servirse del sacrificio heroico de los ciudadanos para vanagloriarse ellos mismos y politizarlo todo mediante un movimiento sectario de índole fascista o comunista, instaurando así otro régimen aún más dictatorial, como tantas veces ha ocurrido a lo largo del siglo XX. Los grandes héroes que derrotaron los regímenes totalitarios de Túnez, Egipto y Libia fueron los ciudadanos de a pie, en especial los que dieron su vida por la libertad.

Gracias a esa gigantesca máquina de rayos X que es Internet, ahora es el pueblo, el ciudadano medio y anónimo quien tiene cada vez más control sobre los políticos, los industriales, el ejército y los bancos (ahí tenemos casos particulares como el de Edward Snowden, responsable de las filtraciones de espionaje de EE.UU en 2013), y no precisamente con la oscura finalidad del antiguo poder, la de explotar a los desfavorecidos, sino con la sana intención de guiarlos por el buen camino. Michael Moore: «Los dueños de las corporaciones han aniquilado las salas de noticias, lo que ha hecho imposible que los buenos periodistas hagan su tarea. No hay tiempo ni dinero para el periodismo de investigación. En pocas palabras, los inversores no desean que esas historias queden expuestas. Quieren mantener sus secretos… en secreto. […] Apertura, transparencia: son algunas de las pocas armas que la ciudadanía tiene para protegerse de los poderosos y los corruptos. ¿Qué hubiera sucedido si en los días siguientes al 14 de agosto de 1964, después de que el Pentágono fabricara la mentira de que un barco nuestro había sido atacado por norvietnamitas en el Golfo de Tonkín, un WikiLeaks le hubiera dicho a los estadounidenses que todo había sido un invento? Supongo que quizás 58.000 de nuestros soldados (y dos millones de vietnamitas) estarían vivos hoy. En cambio, los secretos los mataron».

Ahora sabemos que los servicios secretos de EEUU engañaron a The New York Times sobre la existencia de armas de destrucción masiva en Irak en 2002, cuando realmente nunca existieron. Pero el NYT publicó tantos informes y declaraciones de «ingenieros químicos iraquíes» que EEUU se embarcó en una guerra que desmembró el país y llevó a la muerte a miles de civiles inocentes.

Pero todo lo positivo tiene su lado negativo, como es el fin de nuestra privacidad en las calles y en las redes. A esto hay que añadir la automatización progresiva del mundo, que inevitablemente conlleva un descenso de mano de obra humana y por lo tanto a un mayor número de desempleados, aumentando las diferencias entre ricos y pobres. La solución a esta escisión cada vez mayor no dependerá tanto del Estado, de las promesas de los políticos –que cada vez podrán hacer menos– como del talento de cada desempleado para reinventarse a sí mismo con el fin de crear nuevos espacios laborales dentro del marco de la legalidad. Las redes de Información nos ofrecen una infinidad de caminos inexplorados y posibilidades de negocio que están esperando a que las descubramos.

A finales del siglo XX todavía teníamos en occidente la visión de un gobierno que velaba por nuestros intereses. El Estado, en cierto modo, representaba una figura paternal que nos ayudaba a encontrar el trabajo más conveniente a nuestra experiencia y logros académicos. Pero ya no existe tal cosa y ya nadie lo da todo por la patria. El sistema social se ha transformado al ritmo de las nuevas tecnologías y ya no tiene sentido dejar que papá-estado se ocupe de nuestro porvenir y de darnos la paga. Cada vez tenemos el ejemplo de más jóvenes que, conscientes de la impotencia del gobierno para cumplir sus promesas y fomentar el empleo (o hastiados por los contratos basura), han desarrollado nuevas inversiones y vías de comunicación global sin ayuda de los bancos ni de los gobiernos, creando miles de empleos y abriendo nuevos caminos por explorar. Otros muchos se han ahorrado los trastornos del crédito bancario y el metro cuadrado para crear empresas o entidades a través de promotoras e inversores. Son precisamente estos jóvenes, salidos de la nada como quien dice, quienes, sin pegar un solo tiro, han removido y liberado el viejo sistemas de poderes, democratizando buena parte de los recursos administrados por éstos.

Más que en un mundo de ricos y pobres vivimos en un mundo de trabajadores y desempleados.


José Carlos Andrade García

martes, 13 de enero de 2015

El radicalismo ideológico



El peligro de las ideologías es que cada individuo delega su integridad, su compromiso moral, en las instituciones (sean políticas, deportivas o religiosas), así no se ve en la obligación de cargar con la responsabilidad de sus actos, pues la organización decide, actúa por todos. Si ésta se equivoca nadie tiene la culpa, pues la masa señalará a los organizadores y estos se señalarán entre sí sin asumir su responsabilidad. Todos serán víctimas inocentes. En algunas manifestaciones o actos multitudinarios, por ejemplo, hay quienes tratan de olvidar su mediocridad y sus miserias evadiéndose del sentido común para experimentar el subidón de la violencia gratuita. Un hombre incapaz de matar una mosca puede matar a golpes a otro hombre movido por el frenesí de la turba. La masa canaliza la ira o el odio reprimido de cada persona sin ser ella misma consciente de lo que está haciendo, pues uno cae irremediablemente en trance, es poseído por la colectividad, por el instinto de manada, siente las vibraciones del ambiente como propias, creándose una resonancia emocional en toda su extensión. En medio del éxtasis no se necesita más que un gesto, un amago de ataque hacia el «enemigo», para que, simultáneamente, estallen las tensiones y todos se dejen llevar por el desenfreno, interconectados como hormigas o abejas en un sólo cuerpo multiforme.

Puesto que las masas son fundamentalmente pasionales, pueden sacar lo mejor y lo peor del ser humano. El nacismo y el comunismo se sirvieron de esta hipnosis colectiva para llevar a cabo sus purgas, sus genocidios, sus crímenes masivos. Los congresos multitudinarios del nacismo hitleriano y sus megadesfiles sirvieron para implantar en la mente de las masas la semilla del odio y la discriminación; en tales momentos de exaltación, ¿quién no querría imaginar que formaba parte de una raza superior, de un nuevo orden que transformaría el mundo «para mejor»? También las organizaciones religiosas se han servido de la colectividad para crear un ambiente de devoción propicio para la credibilidad de sus dogmas. De igual manera se pueden canalizar energías positivas o sentimientos constructivos de solidaridad, como las grandes manifestaciones por la paz o la igualdad de derechos.

Los terroristas que se inmolan o secuestran a mujeres y niños en pro de un idealismo incuestionable son los mismos que vivieron una infancia secuestrada en aras de otro idealismo no menos incuestionable. En realidad no hacen sino repetir con otros lo que hicieron con ellos. Quienes se someten voluntariamente a esta negación de la realidad son los mismos que en su día fueron sometidos a una negación de su infancia, los mismos que tuvieron que reprimir sus impulsos vitales y sentimientos a manos de familiares y profesores. De ahí esa necesidad vital de asumir la autoridad represiva que padecieron para sentirse por fin poderosos, aniquilando a través de sus víctimas o rehenes al niño frágil y desamparado que una vez fueron, y que emocionalmente siguen siendo.

Hay que tener muy presente que el mayor temor del ser humano no es morir sino carecer de una identidad bien definida. Es la identidad, por encima de la razón, la moral o el intelecto, lo que realmente le da un poco de sentido a su vida. Capaz es de asesinar o de apoyar el asesinato de vidas humanas si eso le sirve para defender o reclamar su identidad: su cultura, su ideología, su religión. Incluso se podría decir que busca el enfrentamiento no tanto para defender su identidad como para reforzar, consolidar la ilusión de tener una identidad, y por ello una responsabilidad, un destino, una meta. El radicalismo ideológico es un refugio para personas inseguras, sin autoestima, desbordadas por el desengaño. Funciona como un sistema de ilusiones retroactivas que les permite desconectarse de la realidad a la vez que les confiere un poder, una motivación: la responsabilidad de ser o sentirse un elegido, un justiciero de Dios, de Hitler o de Stalin, sensación incomparablemente más estimulante que aquella otra que le ofrecía la «cruda realidad».

En el caso de los llamados terroristas «islámicos» la religión es solo una excusa. Una buena excusa. Por sus actos se demuestra claramente que no creen en lo que tanto defienden: «la palabra de Dios». Más bien utilizan el nombre de Alá para justificar lo injustificable, agarrándose muy oportunamente a ciertos pasajes violentos del Corán e ignorando muchos otros donde se insta a la reconciliación y al perdón, como en la aleya 32 de la sura La mesa servida: "Por esta razón prescribimos a los hijos de Israel que quien matara a una persona que no hubiera matado a nadie ni corrompido en la tierra, fuera como si hubiera matado a toda la Humanidad, y quien salvara una vida fuera como si hubiera salvado las vidas de toda la humanidad". En la 93 de sura Las mujeres, se lee "Y aquel que mate a un creyente intencionadamente tendrá como recompensa Yahannan. Sobre el caerá la ira de Alá, que lo maldecirá y le preparará un castigo inmenso". En la aleya 85 de la sura Al Hiyr, dice: "¡Sí, la hora llega! Perdona, pues, generosamente". Dos ejemplos más: aleya 199 de la sura Los lugares elevados: "Sé indulgente, prescribe el bien y apártate de los ignorantes". Aleya 13 de la sura La mesa servida: "Borra sus faltas, perdónales. Alá ama a quienes hacen el bien". ¿No posee también la Biblia espléndidos pasajes que instan al perdón y a la reconciliación en tanto hay otros absolutamente antiespirituales que instan al odio y al asesinato? Afortunadamente las tres religiones del Libro: el judaísmo, el cristianismo y el islamismo están sujetas por diez mandamientos que prohíben muy explícitamente actitudes y actos reprobables, tal como indica el quinto mandamiento: NO MATARÁS.  

Tales contradicciones morales suelen degenerar en graves crisis psicológicas, pues el sujeto -en este caso el llamado terrorista- mantiene una constante lucha entre su conciencia, que desea con vehemencia someterse a la fantasía de su poder, y su inconsciente que la niega sutilmente. Sólo mediante un golpe de efecto contra la realidad conseguirá materializar la ilusión en acontecimiento, convirtiendo al mundo en testigo y víctima de una ilusión que ya no lo parece tanto: "Si puedo someter a víctimas inocentes en nombre de Dios, es porque así lo ha querido Él, que está de nuestra parte". (Un planteamiento absurdo que trata de solapar la voluntad individual o libre albedrío con la voluntad "divina", pues es evidente que cualquier chiflado puede llegar al mismo punto de vista sin importar la finalidad de sus actos, ya sea un satanista, un violador en serie o un dictador como Hitler, que aseguraba tener a la providencia de su parte.) En contra de las apariencias, no es la convicción lo que les lleva a defender con tanto fanatismo su verdad sino todo lo contrario: es la inseguridad, el miedo a profundizar en ella y descubrir grietas, ligeras malformaciones que podrían terminar con la ilusión y derrumbar todo su edificio mental.      

Cuanto mayor es la fe de un creyente más pesada y torturante se vuelve su duda, pues la certeza total sólo puede alcanzarse mediante la experiencia, y no mediante la creencia. La fe religiosa sólo puede ser forzada o muy forzada, pero no asimilada o percibida. Y una creencia forzada sólo puede conducir a la ansiedad, a la inquietud, a la agitación colectiva, a la violencia. Buena prueba de ello lo encontramos en quienes idearon las Cruzadas y la Inquisición, personas que actuaron de acuerdo a su gran fe, pero sin la más mínima intuición y sentido común. ¿Qué otra cosa es el actual terrorismo religioso sino un intento vano y destructivo de unos cuantos desequilibrados para convencerse de su fe? Morir por la fe se convierte entonces en la única alternativa posible para «vencer» la duda y encontrar en el otro mundo la certeza prometida. Pero esa aparente victoria es en realidad el fracaso definitivo, pues es la imposibilidad de eliminar la duda lo que lleva al disparate total, al mal llamado martirio, que no es más que un suicidio cobarde y sanguinario. Es como el niño enrabietado que por no conseguir lo que quiere rompe lo que tiene, con la diferencia de que el primero destroza juguetes y el segundo vidas humanas.

Toda creencia ciega funciona como un arma de doble filo: nos proporciona un mayor sentimiento de seguridad, de pertenencia a un clan, a la vez que nos vuelve más rígidos e inflexibles, encorsetándonos en una visión existencial muy reducida y totalitaria. Muchos nazis que participaron en el exterminio de los judíos tenían títulos universitarios, doctorados, algunos eran teólogos, grandes científicos, pero absolutamente ignorantes en cuanto al sentido común. Si en vez de memorizar la Biblia la hubieran analizado sin temor y entendido correctamente, de manera metafórica, no habrían tomado a los judíos como enemigos de Dios ni los habrían perseguido por matar a Jesús, cuando en realidad fueron los romanos. Como les enseñaron desde la infancia a no dudar jamás de las escrituras  bajo pena de castigo eterno, tomaron ambiguas afirmaciones bíblicas de manera literal sin cuestionar ni profundizar su sentido y trasfondo, creándose así un odio legitimado y apoyado durante siglos por instituciones políticas y religiosas, y dando como resultado el más grande genocidio de la historia humana.

No es una creencia ciega afirmar que la Tierra es redonda y que gira alrededor del sol, sino un hecho. Sé que el sol existe, ¿por qué iba a creer en él? La creencia ciega en Dios es el resultado de la imposibilidad de conocer a Dios, pues el que cree en Dios es porque no lo conoce, ni siquiera sabe si es real, por eso necesita creer. Y cuanto más ciega sea su fe, menos lo conocerá.  Siendo la creencia religiosa un sentimiento frágil y voluble, necesita de leyes intolerantes y totalitarias para salvaguardarla, de ahí que las religiones hayan asesinado a millones de inocentes en nombre de Dios.

La creencia religiosa es producto del deseo espiritual, y este deseo nace cuando no aceptamos la realidad, lo que la vida nos ofrece. Para creer en algo, un ideal, una doctrina, primero tienes que desearlo. Si te conviene, crees. Si no te conviene, no crees. El deseo no es la realidad, no es Dios. Si yo deseo ser un hombre más alto, no me convierto en un hombre más alto. Si yo deseo creer en Dios, no por ello existe Dios. Así pues, la creencia en Dios es el resultado de un fracaso: la imposibilidad de conocer a Dios, pues el que conoce a Dios no necesita creer. No necesita matar ni huir de la realidad.

Puedo decir que tengo una gran fe en que el sol saldrá mañana, o bien que mi hijo tomará las decisiones adecuadas. Pero esta fe no es religiosa, es natural, lógica, sana, producto de la experiencia, no de la creencia. No es forzada, no lucha contra nada, no trata de desafiar o reprimir la duda, es pura como la verdad. Esa es la verdadera fe.


José Carlos Andrade García